Los perros y sus primos salvajes, los lobos, han acompañado a la humanidad en la carrera evolutiva durante los últimos miles de años. La sonoridad de sus aullidos despierta algo inexplicable en nosotros, ya sea por la fama del lobo salvaje aullándole a la luna o por nuestro perro doméstico, cuyo instinto le indica hacer eco de la sirena de alguna ambulancia distante en medio de la noche.

Brenda Peterson es autora de Wolf Nation: The Life, Death, and Return of Wild American Wolves, donde incluye una entrevista con la pianista y activista de los lobos Hélène Grimaud. En 1996 Grimaud se alejó de la música y ayudó a fundar el Centro de Conservación de Lobos (WCC) en Nueva York, especializado en los lobos mexicano y rojo. 

Como parte de las actividades de este centro, se ofrecen programas como Aullido para Cachorros de Todas las Edades y Aullido para Adultos, en la que los participantes se suman a los coros nocturnos de la manada de lobos. Peterson le preguntó a Grimaud cómo es que los lobos son capaces de responder a los aullidos de los visitantes y qué será lo que nos estarán diciendo (o diciéndose entre ellos):

Una de las cosas más interesantes y aleccionadoras de trabajar con animales salvajes es que tienes que interactuar con ellos en sus propios términos. A menudo pasan por alto nuestros torpes intentos de conectar de una forma digna y adecuada, en términos lobunos. Puede ser solamente que los lobos interpreten a los humanos aullando como una amenaza de invasión de otra manada. Así que los lobos anuncian que este territorio ya está ocupado.

El lobo, ese familiar desconocido

La ciencia no ha sido ajena al estudio de las asombrosas y misteriosas habilidades de los lobos. Se sabe que los lobos cooperan mejor que los perros en tareas que requieren trabajo en equipo, que su coordinación durante las cacerías obedece a un silencioso código de miradas, e incluso se sabe que aúllan cuando extrañan a un miembro de su manada. 

Grimaud sigue practicando piano cerca de donde viven los lobos y relata que, en una ocasión, una lobezna comenzó a responder al violín de una grabación. “Salía de su guarida y alzaba la cabeza y aullaba a la par de los violines”. En ocasiones los lobos aullaban “aleatoriamente, como coincidencia” cuando ella practicaba piano. Pero la pequeña lobezna que aullaba con los violines “parece tener una relación directa”.

Y es que, como cualquier músico excelente, los lobos no sólo saben ejecutar bien sus aullidos, sino que escuchan y trabajan con la información que reciben como respuesta o como llamado. Para Grimaud, la palabra “armonía” es clave: el aullido no sólo ayuda a los lobos a transmitir información a otros miembros de la manada sobre su localización, territorio, aspectos de cacería, etc., sino que ellos se responden modulando el aullido y entonándose en intervalos de terceras y quintas, lo que en la teoría musical también se conoce como “armonía”.

¿Has notado, se pregunta Grimaud, que cuando los humanos (menos dotados por la naturaleza para el lenguaje de los lobos) se unen a los aullidos y su afinación coincide en la misma nota, los lobos alteran su afinación para prolongar la armonía? Es muy interesante. Si llegas a la misma nota que la de un lobo, éste va a subir o bajar el tono para modular su voz con la tuya.

Probablemente la música tenga una función similar en la vida de los lobos que en la sociedad humana: al reunirnos con miembros de nuestra enorme manada, por ejemplo, durante un concierto masivo, nos sintonizamos y afinamos a través de sonidos que nos hacen sentir bien. Esta sensación contribuye a fomentar los vínculos sociales y, entre especies salvajes, dichos vínculos son fundamentales para asegurar la supervivencia.

Uno de los elementos más intrigantes del aullido de los lobos, finaliza Grimaud, es lo que los científicos conocen con el nombre de ‘cemento social’. Esta transmisión de buenas emociones, como humanos cantando alrededor de una fogata, sintiéndose más cerca unos de otros, es la misma idea: uno aúlla o armoniza para reafirmar los vínculos sociales con los demás. Y no es de sorprenderse. Cualquier manada de animales depende realmente de los demás para sobrevivir.