Poco espacio hubo entre los afiches creados para las guerras y el arte que sostuvo las guerras. Aunque ligeras, sus diferencias se basaron en intereses muy poderosos. Se construyeron en torno a ciertos propósitos y funcionaron como enérgicas armas sociales y visuales en pro del poder.

Cuando una guerra se desata, no todo lo que está en juego son vidas humanas y territorios. Por sobre todas las cosas se encuentran las ideologías, las maneras como debe estar y ser el mundo. Y, seamos honestos, un mundo no se construye sin cultura y sin arte.

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No todo el poder es económico o territorial, también hay batallas que deben ganarse desde otros órdenes, como la cultural. Construir un “orden social”, una idea de lo que somos o lo que queremos ser no es nada sencillo. Sin embargo, al final del día completar este paso puede ser de gran ayuda para mantener la victoria.

El arte ha sido siempre una herramienta sumamente poderosa en las guerras. Así como funcionaba de artefacto para propiciar el control, también fue muy utilizado para replantear las ideas de civilización. Desde tiempos históricos, el arte y la guerra viven relacionados. Esta complicidad mutua alimenta a las sociedades faltas de esperanza y drena a las mentes llenas de pasiones y creatividad.

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No se vive la guerra sin el arte, no se construye el arte sin la guerra. No se piensa uno sin lo otro, y si no nos crees, basta con recordar aquella historia que la CIA ha confirmado: el uso del expresionismo abstracto como promoción de los ideales estadounidenses en el extranjero durante la Guerra Fría.

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Una historia de arte y guerra

Tomar una tarde para recorrer las galerías europeas llenas de obras de artistas como Jackson Pollock, Willem de Kooning y Mark Rothko no era algo extraño durante los años de la Guerra Fría. Los agentes de la CIA habían reconocido que el arte expresionista era un movimiento artístico que indudablemente podía sostener la idea de que Estados Unidos era un país de libertad intelectual, creativo y con mucho poder cultural.

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En comparación con el arte ruso que se encontraba atado de manos bajo la ideología comunista, el país americano era el lugar ideal para expresar la creatividad artística. Fue así como la CIA encontró en las exposiciones artísticas, tales como The New American Painting, el medio perfecto para compartir el mensaje estadounidense a nivel mundial. 

El nuevo arte americano era promovido por los funcionarios de la CIA bajo la cubierta de “correa larga”. Esta era una división de activos que contaba con 800 periódicos, revistas y organizaciones de información pública. Poco después la División de Organizaciones Internacionales, repleta de funcionarios de la CIA, subsidiaba proyectos artísticos de todo tipo, tales como recitales de ópera y jazz.

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Hoy en día, esos agentes aceptan que no sólo se encontraban promoviendo la industria musical y del arte, también estaban en el cine, las editoriales, el turismo y más. El objetivo era simple: difundir el movimiento vanguardista anárquico de Estados Unidos.

La CIA no ha confirmado la historia, pero el exoficial Donald Jameson rompió el silencio y asegura que el expresionismo abstracto fue el canal para hacer ver al realismo socialista como algo más estilizado y rígido.

La “correa larga” fue la pieza central de la campaña de la CIA para unir mentes en contra de la Unión Soviética. La libertad de expresión sin barreras fue la esencia del expresionismo abstracto y el gancho para alcanzar el poder. Esto demuestra que, en ocasiones, hay otros métodos que conquistan desde lo más profundo del pensamiento.

 

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