Las prisiones emanan vibraciones particulares. Al pasar cerca de estos recintos, es imposible no estremecerse. Porque sabemos que al interior de las prisiones, en sus celdas y patíbulos, los condenados viven todo tipo de suplicios y castigos. Y todos, de alguna manera, sentimos vergüenza por estas instituciones.

Vale la pena preguntarnos: ¿Por qué se encierra a las personas? ¿Por qué se les busca “corregir” de esta manera? ¿Existe otro paradigma posible que no sea el de las prisiones para subsanar las heridas de la sociedad?

Exconvictos intentan responder a estas preguntas desde el arte

en la exhibición The OG Experience.

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Desde la perspectiva del arte conceptual, la exhibición The OG Experience intenta adentrar a propios y extraños a la cotidianidad carcelaria: aquella donde los rumores son la única forma de comunicación posible –las bembas, analizadas por el filósofo Emilio de Ípola–; aquella donde se encarcela a minorías –como los negros americanos, que superan por cinco la población blanca en las cárceles de Estados Unidos–. Aquella cotidianidad carcelaria a donde todos podríamos caer en algún momento, incluso por error.

A partir de la experiencia de los exconvictos, podemos conocer lo que los complejos carcelarios producen en la psique de quienes han sido condenados al encierro y han logrado sobrevivir a sus sistemáticos abusos. Así, podemos empezar por sensibilizarnos, lo que es el primer paso lógico para poder reflexionar sobre la posibilidad de nuevos paradigmas.

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Los lienzos del artista Russell Craig exploran el trauma tras 7 años de encierro, a través de un estilo que retoma las siluetas de la ya clásica prueba de personalidad de Rorschach. La imagen de arriba –y portada de esta nota– es su autorretrato. 

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Daniel McCarthy utiliza elementos presentes en las cafeterías de toda prisión para hacer alusión a las historias cotidianas, vividas por los prisioneros políticos encerrados específicamente en Leavenworth, Kansas.

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Con la pieza Knock Out, Jhafis Quintero explora uno de los dramas más persistentes de los complejos carcelarios: las cotidianas peleas entre presos, y la presión psicológica que éstas promueven debido al abuso de poder y al miedo por ser abatido. La pregunta para él es: ¿Puede alguien inhalar tanta violencia y no cambiar?

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La exhibición también permite entrar al performance de la prisión a través de la recreación de una celda, hecha por Sherril Rolland. En ella, se invita a los espectadores a rayar una pared, la cual busca ser lugar donde dejar un testimonio sobre lo que el recorrido les hizo sentir y pensar.

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Jesse Krimes, Apokaluptein (detalle). Sábanas de prisión que sirven como lienzo para un collage de recortes de periódico transferidos, lápiz de color y grafito.

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