El concepto de arbolado urbano se comenzó a utilizar en la década de 1960 en Estados Unidos y en la década de 1980 en Europa (Ponce et al., 2016). En este enfoque se considera que un árbol urbano es un elemento complejo ya que involucra aspectos sociales, ambientales y económicos, por lo cual puede ser tratado con los principios del desarrollo sostenible para su defensa y conservación.

Complejo resulta valorar un árbol económicamente, ya que es un bien que posee características que representan bienestar para la población pero que no son elementos mercadeables. Se han desarrollado fórmulas con bases multiplicativas y/o paramétricas. Algunas consideran variables como mantenimiento, valor comercial, edad y condición del árbol. Otras metodologías reconocen otras variables, como el daño a los árboles. 

El investigador Chueca (2001) señala la necesidad de reducir la subjetividad en la metodología. Existen diferentes instituciones a nivel mundial que han publicado y adoptado diferentes fórmulas al respecto. Algunos ejemplos de estas son: Council of Tree and Landscape Appraisal y i-Tree de Estados Unidos, Standard Tree Evaluation Method de Nueva Zelanda y Amenity Valuation of Tree and Woodlands y CAVAT de Gran Bretaña, además de métodos usados por otros países como el método francés, el método italiano, el método danés, el método suizo, entre otros, siendo uno de los más conocidos el método de la Norma Granada de España.

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Sin embargo, para Donovan y Butry (2010) estos métodos son inferiores a las técnicas de precios hedónicos o valoración contingente, que nos permiten valorar los elementos que no encuentran similares en el mercado. Es decir, otros métodos, como la valoración contingente, reconocen valores superiores percibidos por la sociedad. Se pueden reconocer valores como la significación histórica y simbólica. 

Una posible aplicación de la valoración de árboles urbanos es buscar una compensación económica frente a hechos relacionados con la pérdida del bien  público que está representado por el árbol urbano, producto de accidentes viales, modificaciones por proyectos gubernamentales o vandalismo. 

“El llegar a un valor monetario respecto a un árbol urbano no debe ser un motivo para que sean talados con mayor facilidad de la ciudad. Recordemos que la cantidad monetaria representa sólo una parcialidad de los beneficios que un árbol brinda a la sociedad”.

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La Norma Granada

En el año de 1990 la Asociación Española de Parques y Jardines Públicos  (AEPJP) publicó la Norma Granada, un protocolo a seguir en la valoración de parques y jardines. Ha tenido dos revisiones o modificaciones, la primera en 1999 y la segunda en 2006. Uno de los atractivos que tiene la norma es que hace distinción entre dos tipos de árboles, de tipo longevo, es decir que no pueden ser reemplazados, y de tipo más comercial o jóvenes, es decir, árboles que pueden ser conseguidos en viveros.

En caso de que un árbol sea catalogado como insustituible, no se puede partir de un valor básico. La norma propone medir el perímetro del tronco a una altura de 1 metro; se establece un coeficiente de idoneidad, un coeficiente climático, factores intrínsecos (se refiere a la calidad sanitaria en distintas zonas del árbol como tronco, ramas principales, ramas secundarias y terminales, hojas) y factores extrínsecos (estética, funcionalidad, rareza, situación). 

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Si el árbol es catalogado como árbol sustituible, habrá que tomar como base el precio promedio reportado en los viveros de la zona. Hay dos escenarios para llevar a cabo la valoración de un árbol sustituible: para efectos de valoración y para efectos de sustitución; según el caso, habrá que considerar diferentes tipos de costos. Por ejemplo: de traslado, de preparación de terreno, de mitigación y obras de adaptación; es decir, todos los gastos en los que se incurra para llevar a cabo dicha tarea. 

La norma sirve para un par de aplicaciones más, que son: valoración de heridas y valoración de arbustos. La primera se refiere al caso en el que no hay que sustituir al elemento, sino únicamente sanar sus heridas y los daños que haya sufrido. En este caso no se toma el precio promedio reportado en viveros, sino una serie de factores y coeficientes propios del método.

La valoración de arbustos es la cuarta forma de aplicar la Norma Granada; la norma basa sus resultados en el valor de mercado y una serie de costos como son: eliminación de ejemplar, transporte, poda, interés oficial, mantenimiento, entre otras. 

 

Fuente

Mauricio Ponce-Donoso y Óscar Vallejos-Barra (2016), Valoración de árboles urbanos, comparación de fórmulas. Facultad de Ciencias Forestales, Universidad de Talca, Casilla 747. Talca, Chile.