En Occidente, dos de los conceptos de las prácticas budistas más difíciles de digerir son la reencarnación y el renacimiento, pues atentan contra nuestras ideas sobre la muerte. Nuestra cultura nos enseña que el cuerpo muere, a lo que le siguen algunos rituales funerarios, y ya está: fin del camino. Algunas religiones creen en un juicio final donde Dios juzgará a vivos y muertos, inaugurando una eternidad de dicha para algunos y dolor sin límite para otros. Pero donde termina el diálogo entre culturas es precisamente donde comienza la experiencia directa, clave en la filosofía y práctica del maestro Yongey Mingyur Rinpoche.

Yongey Mingyur Rinpoche es un conocido lama tibetano, depositario de conocimientos ancestrales y casi olvidados, así como pieza fundamental de la Comunidad de Meditación Tergar, que aproxima estas prácticas a todos los rincones del mundo. También es un colaborador frecuente de equipos de investigación neurológica que buscan conocer el funcionamiento de los cerebros de meditadores experimentados.

Para Mingyur Rinpoche, la angustia que produce la idea de la muerte, la inseguridad en nosotros mismos y el miedo en general, son oportunidades para reconocer el bardo, es decir, el cambio continuo.

A decir de Mingyur Rinpoche, “cuando sentimos gran miedo, gran confusión, sentimientos de inseguridad, sentimiento de perder el sentido de la vida, todos estos aparecen cuando experimentamos el vacío [the gap], cuando aparece en nuestra vida”.

Según su práctica, es precisamente este vacío el que puede llenar, por así decir, la falta de sentido de nuestras vidas, si estamos dispuestos a reconocer que cada obstáculo es una oportunidad para apreciar el bardo.

 

El bardo budista: un instante entre dos eternidades

En diversas tradiciones budistas, el bardo es un concepto sumamente importante. Una explicación inexacta pero ilustrativa sería pensar el bardo como un aeropuerto, en donde cada avión te conecta con una nueva encarnación y un nuevo propósito.

Pero bardo también puede entenderse como un vacío, un hueco, un paréntesis, una interrupción, incluso un estornudo. Aquello que rompe la continuidad y el estancamiento también es bardo. Según Mingyur Rinpoche, “bardo es intermedio, en medio, en nuestra vida la mayor oportunidad para saber quién eres, para explorar y ver la realidad”.

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Yongey Mingyur Rinpoche en uno de sus frecuentes retiros en solitario

Mingyur Rinpoche tuvo una experiencia de primera mano con el bardo, cuando cayó enfermo y estuvo al borde de la muerte. Para la tradición, el bardo son los días posteriores a la muerte de una persona, en la cual se limpian las heridas kármicas de todos los actos de la vida antes de volver a comenzar. Aunque había pasado su joven vida meditando y aprendiendo en los monasterios, Mingyur Rinpoche se encontraba en un retiro voluntario, sin hogar ni ayuda, y frente a frente con la muy real posibilidad de que su existencia física llegara a su fin. En ese momento, cuenta que decidió dejar ir su miedo a morir, a perder su nombre y su identidad, miedos que lo habían perseguido desde niño… y sintió una enorme libertad. 

Dicha experiencia le permitió plantear su idea más extrema: que es posible aprender incluso después del último aliento. Que cualquier interrupción de la continuidad es el bardo, y que en el bardo está la clave para la transformación si aprendemos a dejarnos ir:

es este hueco, este momento. Ese hueco se vuelve aterrador o de pronto el problema puede convertirse en solución y alegría, todo depende de ti, que lo aceptes todo, que sientas el bardo… entonces puedes transformar ese momento en una aventura y dejar ir la vieja mente [la mente fija].

 

La mente fija y el dejar ir

Para el budismo, la mente fija es la que opera cuando nos atamos a las identidades y dualidades, al gusto y al disgusto, a las preferencias y aversiones. Dejarnos llevar por la mente fija es, hasta cierto punto, inevitable, incluso cuando vives una vida de retiro. Pero a eso que nos lleva inevitablemente, y que puede presentarse como angustia o miedo, podemos anteponerle la conciencia del bardo: dejar ir nuestro viejo ser y saludar a quien sea que seamos en ese momento único e irrepetible, dejar ir el apego a nuestra vida como era hace apenas un instante, y decidir a cada paso si esta grieta que se presenta es un agujero que nos sumerge o un peldaño que nos permite subir.

La historia de Yongey Mingyur Rinpoche demuestra precisamente que no existe preparación total para la muerte; que lo único que podemos hacer es reconocer el cambio continuo a través de nuestro día a día, en las cosas más pequeñas. Haciendo referencia a la vida monástica, Mingyur Rinpoche afirma que ni siquiera es necesario salir a buscar las oportunidades para transformarnos, pues sólo necesitamos abrirnos a dejar ir la mente fija y reconocer el cambio continuo en todo a nuestro alrededor:

hay muchas oportunidades, no necesitas salir a buscarlas, están frente a ti. Donde existe un desafío, hay un hueco; ¿un problema? hay un hueco; ocurren cosas inesperadas: hay hueco. Estas son grandes oportunidades.

Dicho de otra manera, no existe “un” instante de muerte, “un” solo morir: nuestro cuerpo muere y renace a cada momento, en la intimidad de nuestra regeneración celular. Lo más cerca que podemos estar del aprendizaje del morir tal vez consista en reconocer que “algo en nosotros está muriendo todo el tiempo, pero si lo dejas morir, aprenderás mucho más sobre ti, sobre quién eres”, según Yongey Mingyur Rinpoche