Estas 2 populares marcas reciben multa por ralentizar sus dispositivos

Otra vez, las grandes compañías nos demuestran que estamos pagando de más por sus productos. Estamos contribuyendo a un consumo masivo, inútil y que genera grandes cantidades de basura.

¿Tu celular ha estado más lento últimamente? No eres el único que lo ha notado. En Italia, el organismo encargado de regular la competencia efectiva entre los productos acaba de multar a Apple y a Samsung con 15 millones de euros por ralentizar deliberadamente sus equipos.

La demanda marca la primera sanción hacia ambas compañías por obsolescencia programada; esto quiere decir que tanto Samsung como Apple diseñan sus productos para descomponerse después de cierto tiempo. Que tu celular sólo funcione de manera óptima durante menos de 2 años no es una cualidad intrínseca de sus componentes, es una estrategia de mercado.

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Las actualizaciones que se lanzaron este mes, descargables en el iPhone 6 y el Note 4, fueron pensadas realmente para el iPhone 7 y el Note 7. ¿El resultado? Estos equipos, que apenas vieron la luz en el año 2014, no cuentan con las especificaciones para correr el nuevo software y se han vuelto prácticamente obsoletos.

Puede ser que un celular con 4 años de antigüedad ya nos parezca un “modelo viejo”; esto se debe al efecto que la obsolescencia programada tiene en nuestras mentes. Compañías como estas nos bombardean cada año con productos más lujosos, más costosos y  más “nuevos”. La potencia del deseo consumista nos lleva a ponerle fecha de caducidad a los objetos que ya poseemos, aunque sigan funcionando bien.

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Christopher Dombres

Pero incluso esa tolerancia tiene un límite: la agencia italiana que ha impulsado esta demanda abrió la investigación a principios del año gracias a las quejas de los consumidores. Que Apple y Samsung ralenticen sus dispositivos a propósito es deshonesto, pues prácticamente obliga a sus usuarios a sustituirlos rápidamente y con ello contribuir a un consumismo masivo de sus marcas.

Además de afectar la economía de los usuarios, también están las consecuencias ecológicas. En la mayoría de los países no existen regulaciones adecuadas para reciclar la basura tecnológica. México, por ejemplo, genera 350,000 toneladas de e-waste al año, de la que solo el 10% se recicla.

Es cierto que la naturaleza de la vida contemporánea y la cualidad de nuestros trabajos nos obligan a depender de algunos productos, pero no somos autómatas al servicio de las multinacionales. Somos seres conscientes, capaces de ir más allá de la banalidad del consumo. La protesta y el consumo responsable son nuestras grandes armas contra estas compañías que continúan enriqueciéndose a base de engaños.



¿Qué es la obsolescencia programada y por qué debería enfurecernos que exista?

Si sabes lo que es, seguramente ya estás furioso. Si no lo sabes, entérate aquí y conoce lo que puedes hacer

Detrás de tu gadget descompuesto, o de la bombilla fundida de tu habitación, se encuentra la obsolescencia programada: una vil planificación que pone fecha de defunción a muchos de nuestros productos, y que incentiva el consumismo de manera voraz.

Todo empezó como una justificación para salir de la gran depresión durante los años 30 del siglo XX, cuando el agente inmobiliario Bernard London elaboró el concepto de “obsolescencia programada”, es decir: una programación consciente que determina la vida útil de un producto. En aquel entonces, los empresarios lo aplicaron a las bombillas. Éstas duraban mucho más tiempo del que ahora estamos acostumbrados.

Existe una bombilla en California que lleva prendida más de 100 años. En el 2015 le hicieron la “fiesta del millón”, en honor al millón de horas que lleva irradiando luz.

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Esto cambió, y los fabricantes de bombillas comenzaron a hacer productos que no alcanzaban las mil horas. Pero la obsolescencia programada no se limita a las bombillas. Ahora que la tecnología se ha posicionado en nuestra vida como un must, la obsolescencia ha alcanzado niveles realmente obscenos. Hemos visto ejemplos de ella en decenas de gadgets y herramientas, por ejemplo:

  • Los iPods

Sus baterías dejaban de funcionar justo pasada la garantía. Como era imposible repararlo, había que comprar uno nuevo.

  • Las impresoras

Los fabricantes colocan al interior de las impresoras una esponja que absorbe la tinta sobrante de cada impresión. Cuando ésta se llena, la impresora deja de funcionar. En el servicio técnico, invariablemente, sugieren comprar una nueva.

  • Las medias

Éstas eran hechas de nylon, lo que las hacía casi indestructibles, o por lo menos más durables, como cualquier prenda. La marca DuPont rediseñó el material para hacerlo más frágil y elevar sus ventas.

Pero las empresas han ido más lejos todavía: no sólo programan los productos sino, a veces, también nuestras mentes. Esta es la obsolescencia del deseo: la caducidad que nosotros ponemos a la ropa, a los celulares o a los automóviles, que cambiamos irresponsablemente cada año o menos.

Esto tiene gravísimas consecuencias ecológicas, pues la basura que genera este esquizofrénico consumo está inundando hectáreas enteras de territorio: en el 2014, la chatarra producida ocupaba lo mismo que dos veces la distancia entre Tokio y Nueva York, y sólo se recicló el 17%. A esto se suma la basura orgánica que se desecha por la obsolescencia alimentaria, es decir, la fecha de consumo preferente, que es una caducidad engañosa, no basada en la integridad de las virtudes nutritivas y sanitarias reales de la comida.

 

¿Qué hacer, además de enfurecernos?

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Imágen: Christopher Dombres

La obsolescencia programada no se resolverá sólo con el avance de tecnologías de reciclaje, ni a partir de economías circulares (y tampoco sólo con nuestra furia). Debemos comprender que ningún recurso es infinito y que, por ende –aunque exista el reciclaje–, debemos consumir a tono con ello y ser resilientes.

Modificar nuestros hábitos de consumo es, por ello, primordial: no dejarnos llevar por el banal deseo del consumo, y buscar comprar productos cuya obsolescencia no esté programada. Para esto, es bueno apoyar las economías locales y comprar productos artesanales de los cuales podamos saber su procedencia. Si sumamos a esto las compras de segunda mano ­–para darle una segunda vida a los productos que los demás ya no ocupan– estaremos aportando mucho a la lucha contra la obsolescencia programada, uno de los más viles residuos del capitalismo.

 

*Imágen principal: Tumblr gepflanzteobsoleszenz



Investigadores construyen chip que se disuelve en agua (VIDEO)

El software tiene una vida útil limitada, ¿por qué el hardware debería quedarse atrás? Si esta tecnología llegara a implementarse, podríamos reducir a cero nuestra basura electrónica.

La obsolescencia programada hace que nuestros dispositivos electrónicos dejen de ser útiles después de un tiempo; si los sistemas operativos terminan su vida útil, ¿por qué seguir guardando los contenedores físicos de la información? Investigadores de la universidad de Illinois imaginan que el futuro de la tecnología, además de seguir siendo rentable para las marcas de software, verá una generación de hardware que puede disolverse y no convertirse en basura.

El objetivo es desarrollar tecnología “que pueda disolverse al final de su vida útil, salvando así espacio en basureros y reduciendo la basura.” Y aunque aún no hayan conseguido deshacer una tablet completa, al menos ya existe un chip hecho de fibras de seda que se disuelve al ser mojado con agua.

John Rogers, profesor en ciencia e ingeniería de materiales, afirmó que “uno no necesita que su celular dure 25 o 50 años. Nadie quiere conservarlo tanto tiempo después de todo.” Aunque no se tiene un panorama de salida al mercado, esta tecnología abre interesantes líneas de investigación, además de planear un futuro sin desechos de procedencia electrónica.

[Tree Hugger]