La apatía extrema provocada por un trauma psicológico puede ser mortal (Estudio)

La muerte psicogénica es un padecimiento muy real del que apenas existen investigaciones.

Un trauma psicológico puede perturbarte a tal grado que tu cerebro se apague poco a poco, hasta la muerte. Esto queda documentado en un estudio del doctor John Leach, especialista en psicología de la supervivencia de la Universidad de Portsmouth, donde explora el fenómeno de la give-up-itis (algo así como la “rendi-titis”), un término que expresa la muerte psicogénica.

No se trata propiamente de una forma de suicidio. Leach describe la muerte psicogénica como el proceso que sigue después de que la mente de una persona sufre un trauma con el que no sabe lidiar y ante el cual la muerte parece el único fin racional. Esto puede ocurrir en cuestión de días, si no se recibe ayuda. En palabras de Leach:

La muerte psicogénica es real. No es suicidio, no está ligado a la depresión, sino que el acto de rendirse a la vida y morir usualmente en cuestión de días, es una enfermedad muy real, a menudo ligada a un trauma severo.

En términos clínicos, esta muerte autoinducida podría explicarse por un mal funcionamiento del circuito cingulado anterior, una zona del cerebro responsable de la motivación y el comportamiento dirigido a la consecución de objetivos. Cuando el trauma sufrido por la persona interfiere con la motivación, “la apatía es casi inevitable”.

Sin embargo, no todo está perdido. Para Leach:

Revertir la caída de la rendititis hacia la muerte tiende a llegar cuando el sobreviviente encuentra o recupera el sentido de elección, de tener algún control, y tiene que ver con que esa persona se sobreponga a sus heridas y encuentre un interés renovado en la vida.

Es importante conocer e identificar las cinco etapas de la rendititis:

1. Aislamiento social

Luego del trauma, la gente se aísla e interrumpe el ritmo normal de su vida hasta un grado de extrema pasividad. Según Leach, esta puede ser una estrategia de afrontamiento, pero si se extiende puede dar pie al aislamiento absoluto.

 

2. Apatía

Descrita como una melancolía desmoralizante, la apatía no se parece a la ira, la tristeza ni la frustración. Se traduce en gestos como falta de limpieza y cuidado de uno mismo, así como una falta total de energía para realizar tareas en apariencia sencillas.

 

3. Abulia

Severa falta de motivación que va de la mano con una respuesta emocional estancada, así como falta de iniciativa e incapacidad para tomar decisiones. En este punto, la gente puede dejar de hablar y comer. Tampoco reaccionan frente a los intentos de otros por ayudarlos, y ni siquiera frente a los ataques físicos.

 

4. Acinesia física

La persona está consciente, pero parece ausente, e incluso se muestra indiferente ante el dolor físico. Aparece la incontinencia urinaria y fecal, y la persona puede quedarse tendida sobre sus propios desechos.

 

5. Muerte psicogénica

La etapa final entre acinesia y muerte psicogénica toma entre 3 y 4 días. A menudo se presenta un breve lapso de conciencia. Leach describe este estado como semejante a cuando un prisionero de un campo de concentración decidía fumarse un cigarrillo. Los cigarros eran escasos, y por lo tanto, muy valiosos: un prisionero podía intercambiarlos por raciones extra de comida o protección. El gesto de fumar denotaba que la persona en realidad no tenía interés en continuar viviendo en esas condiciones.

 

Recuerda que aun frente al trauma psicológico extremo, no todo está perdido. Si alguien que conoces está en una situación similar, procura ayudarle a buscar tratamiento psicológico especializado.



Viktor Frankl: el psicólogo que recetaba un poco de “sentido de la vida” a sus pacientes

Parece simple, pero esta podría ser la mejor medicina contra los trastornos psíquicos contemporáneos.

Los tiempos que corren son tiempos de psiques aturdidas y espíritus cansados. Y no faltaba más: cada día, las noticias nos recuerdan que el mundo como lo conocemos hasta ahora está colapsando, mientras que nuestras experiencias cotidianas parecen querer convencernos de que nuestra vida no tiene sentido. Esto nos conduce a la ansiedad y a la depresión, trastornos que son ya epidémicos pero siguen siendo muy poco comprendidos.

No obstante, y aunque decenas de filósofos y pensadores han asumido que la vida carece de razón alguna, lo cierto es que hay quienes se resisten a pensar que así sea. Quizá el mejor exponente de un pensamiento positivo –más no ingenuo– y que diverge con mucho de la escuela moderna, sea Viktor Frankl.

Este psicólogo vienés, sobreviviente del holocausto, tenía razones para pensar que cada vida tiene un porqué. Lo creía tan firmemente que todo su método terapéutico se basaba en convencer a los pacientes de ello, por lo cual les recetaba un poco de “sentido de la vida”. La logoterapia se basa en la “voluntad de sentido” como principal motor de la experiencia humana, por encima de la “voluntad de placer” en la que creía Freud. Suena simple, pero el método terapéutico de Frankl se basaba en las reflexiones que tanto su profesión como sus experiencias en los campos de concentración le habían proveído.

 

El sentido de recetar “sentido de la vida”

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Para Frankl, el sentido de la vida provenía de tres fuentes primordiales: el trabajo significativo, el amor y el coraje. Tanto el trabajo como el amor debían basarse en disfrutar de la experiencia sin pensar en obtener felicidad, mientras que el coraje es un rasgo de la personalidad que debe fortalecerse para asumir los golpes de la vida. Porque para este psicólogo, una queja al estilo de “por qué me pasa esto a mí” no era valida, ya que a todos nos determinan cosas como lo son la naturaleza o la sociedad. Esto no significa que todos estemos en igualdad de condiciones pero sí que, en última instancia, todos pasamos por momentos que parecerían “injustos” o “demasiado malos”.

Si todos estamos conformados por condiciones externas a nosotros mismos, no podemos pensar que específicamente nuestra vida es la que carece de sentido. Por eso, Frankl centró parte de su análisis en lo que significa la libertad. Y sin duda, lo que reflexionó al respecto en su libro El hombre en busca de sentido parece la mejor medicina contra los trastornos psíquicos contemporáneos:

Pero ¿qué pasa con la libertad humana? ¿No hay libertad espiritual con respecto al comportamiento y las reacciones a un entorno dado? [… ] ¿No tiene el hombre opción de acción ante tales circunstancias?

Podemos responder a estas preguntas desde la experiencia, así como desde los principios. Las experiencias de la vida en los campamentos muestran que el hombre tiene una opción de acción. […] El hombre puede preservar un vestigio de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en condiciones tan terribles de estrés psíquico y físico.

[…] Todo puede ser tomado del hombre, excepto una cosa: la última de las libertades humanas. Elegir la propia actitud que se tomará en todo conjunto de circunstancias, es decir, elegir el camino propio.

 

Hay que asumir el sufrimiento 

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Para Frankl, cada momento es un momento en el que podemos decidir dejar a nuestros demonios. Porque son nuestros, y no del entorno exterior. Sea como sea nuestra realidad en un momento dado, a nosotros nos toca mantener a raya a nuestros demonios. Y es que éstos, por cierto, pueden aparecer hasta en los buenos momentos. Así que aprender a lidiar con la depresión, la ansiedad, el estrés o los comportamientos compulsivos es algo que sólo podemos lograr plenamente aprendiendo a cultivar el coraje, y no buscando la felicidad en todos lados, sino viviendo plenamente cada experiencia.

En ese sentido, el sufrimiento no es sino un elemento con el que hay que aprender a vivir. Porque, de hecho, para Frankl el sufrimiento podría tener significado en sí mismo, y quizá ser uno de los componentes fundamentales del propio sentido de la vida. Algo parecido a lo que enseñaban algunos monjes zen, con respecto a cómo lidiar con los pensamientos obsesivos.

Si hay un significado en la vida, entonces debe haber un significado en el sufrimiento. El sufrimiento es una parte ineludible de la vida, incluso como el destino y la muerte. Sin sufrimiento y muerte la vida humana no puede ser completa.

Así que la felicidad no lo es todo cuando se trata de encontrarle sentido a la vida. Una vez que entendemos esto, podemos entablar un diálogo con nuestros demonios y aprender a convivir con ellos y con las malas experiencias.

 

* Imágenes: 1) CC edición Ecoosfera; 2 y 3) Maya Beano



No todo está perdido: sobrevivir a un trauma te vuelve más empático (nuevo reporte)

El trauma es doloroso, pero diversos estudios de psicología afirman que es una oportunidad para crecer.

El trauma psicológico puede ser devastador. Un accidente, la muerte de alguien querido o el abuso son ejemplos de experiencias que pueden paralizar la psique durante años. Por fortuna, no todo es oscuridad: la mente humana tiene una asombrosa capacidad para regenerarse y sanar. Un grupo de psicólogos de la Universidad de Cambridge lo confirmó en un estudio reciente.

Resulta que el dicho “lo que no te mata, te hace más fuerte” no es sólo una fórmula repetida hasta el cansancio, sino un hecho comprobado.

La investigación encontró que los niños sobrevivientes al trauma se convierten en adultos más empáticos con el paso de los años. Parece ser que enfrentarse al dolor a una temprana edad termina por sensibilizarlos ante el dolor del otro. En consecuencia, estas personas son más capaces de comprender las complejas emociones que permean toda relación humana. Los lazos que forman con otros en su adultez están colmados de empatía.

Esta valiosa cualidad pareciera ser difícil de medir, pero en psicología es posible hacerlo gracias a cuestionarios especializados. Los psicólogos de Cambridge aplicaron dos cuestionarios distintos a varios adultos que vivieron experiencias traumáticas para determinar sus niveles de empatía. Uno de estos cuestionarios mide la empatía afectiva, que es la habilidad para reaccionar ante las emociones de otros de forma adecuada. El segundo se encarga de la empatía cognitiva y cuantifica la habilidad para comprender los sentimientos del otro.

Los sobrevivientes al trauma demostraron gran habilidad en ambos tipos de empatía, pero fue la empatía cognitiva la que marcó la diferencia. Quienes vivieron experiencias difíciles fueron más capaces de ponerse en los zapatos de sus congéneres y de entender a profundidad sus estados mentales. En comparación, aquellos que no se enfrentaron a un trauma tuvieron una calificación promedio.

De manera sorprendente, se encontró que la empatía y el trauma eran elementos correlacionados. Así, entre más severa había sido la experiencia dolorosa, más grande era la empatía del sobreviviente. ¿Por qué sucede esto? Es posible que se relacione con la gran capacidad de resiliencia que tiene la mente humana.

El trauma severo en la infancia es algo que nadie debiera experimentar, pero cuando ocurre, hay salidas más allá de lo negativo. En otros estudios se ha comprobado que las adversidades contribuyen al desarrollo de rasgos que nos unen a los demás en vez de aislarnos. Ante el dolor, la mente se vuelve más atenta a las emociones propias y al ambiente externo. En otras palabras, la mente se conecta con algo que va más allá del dolor mismo para trascenderlo.

Mucho de lo que se ha dicho acerca del trauma se enfoca en sus consecuencias negativas, pero este hallazgo muestra que existen mejores perspectivas para tratarlo. La mente tiene la resiliencia para sobreponerse incluso a las situaciones más oscuras, y eso es algo que debe quedar siempre claro. Incluso ante un gran dolor, no todo está perdido.

 

* Imagen: Brandon Moreno