Que decenas de tribus indígenas del mundo encabecen desde los años 70 buena parte de los movimientos en defensa de la Tierra no es casualidad. En algún momento, ‘la sociedad civilizada, la del progreso’, extravió el camino. 

Algunos ubican este desvío desde el descubrimiento de la agricultura: apuntan a que con este hallazgo el humano consiguió un poco más de seguridad alimentaria, y a lo mejor, ‘se nos subió’. Quizá porque descubrimos las mieles de no peligrar al cazar animales o al recolectar hierbas, algunas malas hierbas, o el ser acechados por las especies salvajes como cuando la humanidad era nómada.

Algunos geólogos, entonces, sitúan el descubrimiento de la agricultura como  el inicio de la ‘era antropocena’. Por primera vez acumulamos alimento como nunca antes: esto a su vez aceleró el desarrollo de las artes y la cultura, pero también generó un cambio de mentalidad por la concentración de capital, y una actitud de mucho mayor dominación hacia la naturaleza. La domesticación de animales también formó parte de este cambio de cultura, la ilusión de controlar a la naturaleza, de estar por encima de ella.  

Ahora, sin idealizar al hombre nómada y a las sociedades indígenas actuales, es verdad que su relación con la naturaleza es de mayor respeto y veneración: aún hoy múltiples comunidades nativas honran a deidades-animales, la naturaleza se funde con su espiritualidad; es decir, su sentido tanto existencial como de supervivencia está ligado al todo con el entorno natural.

 

El brutal antropocentrismo

Como sabemos, la geología ha dividido la historia de la Tierra en eras, a su vez separadas a partir de cambios significativos que marcaron un antes y un después. La mayor parte de estas transformaciones fueron provocadas por fenómenos naturales: como la llegada de un meteoro o el cambio climático de la Tierra, pero, desde el año 2000, el holandés Paul Crutzen acuñó el término antropoceno para nombrar a una era, la primera en la historia del mundo, en la que el cambio significativo ha sido provocado por una sola especie: los humanos. Como antecedente de esta idea, el geólogo Antonio Stoppan había inventado el término Antropozoico en el siglo XIX para definir una nueva era geológica afectada por la actividad de la humanidad.

Y así, mientras algunos ubican la era antropocéntrica desde hace 100 años cuando empezamos a ensuciar más que nunca el mundo, con la Revolución Industrial, otros la sitúan al inicio de la agricultura, (aunque quizá te suene a que esto fue hace mucho tiempo, en realidad es poco considerando que los humanos llevamos habitando este mundo por lo menos desde hace más de 300,000 años). 

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Sentirnos superiores a la naturaleza y sus consecuencias

En una conferencia de 1959 llamada El hombre y su planeta, Aldous Huxley citaba uno de los libros pioneros que hablaban de cómo el hombre generaba cambios nocivos en el equilibrio de la naturaleza. Se trataba de un escrito de George Perkins Marsh, de 1865. Para Huxley “la verificación de que el hombre es un transformador de la naturaleza no empezó hasta fines del siglo XVIII”.

Lo anterior es gravísimo, ya que es una muestra de que al ‘hombre civilizado’ durante siglos no le pasó por la cabeza el hecho de que creía estar por encima de la naturaleza, simplemente lo consideraba algo natural.

Otro perfecto ejemplo de esta patológica relación con nuestro entorno es la famosa carta que el Gran Jefe Seattle de la tribu de los Swamish envió en 1854 al presidente de Estados Unidos de ese entonces, Franklin Pierce, quien intentó comprar las tierras de este grupo. Su respuesta muestra lo equivocada que estaba la visión del hombre blanco respecto al entorno, su fatal idea de ‘progreso’ que hoy nos está llevando a una crisis climática sin precedentes; también, los científicos han señalado que la covid 19 tiene que ver con la destrucción de la naturaleza y el habernos sentido tanto tiempo como sus dueños, y no como parte de ella. 

 

¿En qué momento perdimos el rumbo? 

Hoy más que nunca, en estos tiempos de incertidumbre y reflexión, las palabras del Jefe Seattle resuenan en la conciencia y en el corazón de buena parte de la humanidad; aquí un fragmento: 

¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del brillo del agua, ¿cómo podrán ustedes comprarlos?