El público podrá ver… una obra verdaderamente significativa, cuyas innovaciones no consisten en múltiples hallazgos técnicos, en externos y superficiales juegos de formas, sino en una profunda renovación de la materia plástica de las imágenes, en una verdadera liberación, en ningún caso azarosa, sino ligada y precisa, de todas las fuerzas ocultas del pensamiento.

 

Con esta contundencia recomendaba Antonin Artaud la película basada en su guión La concha y el reverendo, dirigida por Germaine Dulac. Diferenciaba de este modo la verdadera innovación cinematográfica, que según su parecer debía penetrar en los entresijos ontológicos del medio para extraer de él todas sus potencialidades, de la mera apariencia vanguardista por la innovación técnica.

antonin artaud y el cine teatro
Extracto del filme La coquille et le clergyman

La relación de Artaud con el cine siempre fue tirante. Trabajó como actor en numerosas ocasiones, llegando a estar bajo la batuta del legendario Abel Gance en Napoleón y en Lucrecia Borgia, y a las órdenes del genial Carl Theodor Dreyer en La pasión de Juana de Arco. En su contacto con el cine,  Artaud pronto se dio cuenta de que estaba ante un medio de expresión artística dotado como ningún otro para dar forma a los imprevisibles movimientos del pensamiento. El creador del teatro de la crueldad intuyó como nadie el poder específico de las imágenes para penetrar en la psique del espectador y conducirlo a experiencias vedadas en el arte teatral. Lo que en el teatro depende de la presencia física y del voluntario juego de ficción, en el cine se vuelve participación mágica, involuntaria; el espectador es absorbido por un mundo autónomo hermanado por forma y movimiento con su propio mundo interior.

El cine es un excitante notable. Actúa directamente sobre la materia gris del cerebro. Cuando el sabor del arte se haya amalgamado en proporción suficiente con el ingrediente psíquico que detenta, dejará atrás largamente al teatro… El cine tiene, sobre todo, la virtud de un veneno inofensivo y directo, una inyección subcutánea de morfina.

Artaud soñó una nueva época en la que el dominio de la lógica convencional tocaba a su fin y un nuevo período, comprometido con los abismos de la psique, se anunciaba fértil a este nuevo arte del movimiento. 

El cine se acercará cada vez más a lo fantástico, ese “fantástico” que cada vez se advierte más claramente que es en realidad todo lo real, o no vivirá.

El cine deseado por Artaud era un cine sin historia, caracterizado por el fluir dialéctico de imágenes cuya significación no se debía a una lógica consensuada, sino que brotaba de su misma esencia interna y en su mutuo contacto.

Que Artaud hiciera estas reflexiones sobre un arte que prácticamente acababa de nacer nos da una idea de lo visionario de sus concepciones. Incluso el aparentemente novedoso sistema de imagen tridimensional ocupó un lugar en sus elucubraciones, tratado con un no menos profético desdén:

Probablemente, en un futuro próximo, se llegará al cine en relieve, y aun en colores. Pero todos estos no pasan de ser medios accesorios que no pueden añadir gran cosa a lo que es el sustrato específico del cine.

Cuando, al día de hoy, visionamos el único de sus guiones materializado en imágenes, La concha y el reverendo, encontramos serias dificultades para penetrar en el misterio de sus transiciones, en la desconcertante lógica de su onirismo, en su aparente insensatez. La lucha de Artaud por liberar al cine de las garras metálicas de la industria y los dogmas heredados del teatro, continuada posteriormente por autores como Andrei Tarkovsky o Robert Bresson, no parece haber dado, sin embargo, grandes resultados. En un tiempo de carteleras copadas por productos comerciales carentes de toda profundidad, sus opiniones sobre lo que pudo y debió ser el cine, aunque nos puedan parecer extremas, son un buen revulsivo para nuestras miradas, en su mayoría amaestradas por el contacto soporífero con narrativas convencionales preocupadas exclusivamente por el valor de cambio. 

 

* Fuente: Antonin Artaud, El cine (Alianza Editorial)