Perderse en el desierto para perder el miedo: lecciones del Sahara, cortesía de Antoine de Saint-Exupéry

Una experiencia al filo de la psicodelia llevó a este aviador a conocer la verdad de la tierra y del hombre.

Noches aéreas, noches del desierto… Son ocasiones singulares que no se ofrecen a todos los hombres.

Antoine de Saint-Exupéry

El desierto es un lugar de imbatibles espejismos, de áridos delirios, y uno que otro oasis que deviene verdad. Por eso, bien puede ser el lugar en el cual recobrar la humanidad perdida. Eso lo convierte en un ecosistema peculiar, que evoca ambiguos placeres, y en el cual nada está dicho ni definido. Es un espacio que no presupone nada, y sólo perdiéndose en él es como puede conocérsele.

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Leah Kennedy

Fue en el desierto del Sahara donde Antoine de Saint-Exupéry se reencontró consigo mismo. Ahí, acarició una verdad que no comprendía del todo:

Me he visto perdido, ha querido tocar fondo en mi desesperación y, una vez aceptada la renuncia, he conocido la paz. Me parece que es en esos momentos cuando uno se encuentra consigo mismo y se transforma en su propio amigo.

¿Es necesario perderse en el desierto para perder el miedo? Quizá sí, porque nuestro miedo más acérrimo nace de profundas escisiones: de la naturaleza, de la comunidad. Y de la tierra. Por eso, nos dice el filósofo de la vida cotidiana:

La verdad no es lo que se demuestra. Si en esa tierra, y no en otra, los naranjos echan sólidas raíces y se llenan de frutos, esa tierra es la verdad de los naranjos.

Así es también la verdad para el hombre cuando camina sobre territorios indómitos como el Sahara: cuando se pierde en el desierto, como Antoine de Saint-Exupéry y su mecánico, André Prevot, quienes se estrellaron en el desierto libio el 30 de diciembre de 1935.

Sólo contaban con medio litro de café en un termo pulverizado, 1/4 de vino blanco, un racimo de uvas, una naranja y una aferrada esperanza de que podrían encontrarlos. Pero los hombres no llegaron: Prevot y Saint-Exupéry los tuvieron que encontrar –real y metafóricamente–, y sólo tras caminar decenas de kilómetros.

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De esta experiencia que auguraba una muerte segura surgiría la inspiración para Le petit prince, la más icónica novela de Saint-Exupéry, un hombre a quien su oficio lo hizo filósofo. Un hombre que usó su avión como un medio para encontrar la verdad campesina del mundo.

En las memorias tituladas Terre des hommes, Saint-Exupéry no sólo narraría esta experiencia psicodélica en el Sahara, sino que intentaría bosquejar lo que ser aviador de Aéropostale le había enseñado sobre el ser humano. En las últimas páginas de este trabajo autobiográfico, concluyó parte de sus reflexiones con una verdad inconmovible:

[…] si ha parecido que quería empujaros a admirar en primer lugar a los hombres, he traicionado mi objetivo. Lo que es en primer lugar admirable es la tierra que los ha fundado.

Con la garganta degollada por una sed que embriaga, con la desesperación a flor de piel por caminar sin llegar a ningún lado, con la imaginación desparramada que a falta de espejismos los inventa a cada paso, así deliraban en el Sahara Saint-Exupéry y su mecánico, entre pozos ficticios y árabes nómadas fantasma. Ambos llegaron a maldecir su suerte y odiar ese territorio salvaje donde no llovía.

Pero poco a poco, como se muestra en Terres des hommes, Saint-Exupéry comulgó con el desierto y develó sus verdades. “He querido mucho al Sahara”, rememora con melancolía en el texto: “He pasado noches en territorio rebelde”.

Así se reencontró a él y a todos los seres humanos. Perderse en el desierto lo hizo perder el miedo, y lo dejó ver al hombre desnudo sobre la tierra y sin temor a la intemperie.

Sandra Vanina Greenham Celis
Autor: Sandra Vanina Greenham Celis
Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio. Le gusta potenciar la depresión en su psique consumiendo productos culturales de las postrimerías del siglo XX. Cree teleologicamente en el arribo de la humanidad al comunismo.


Conoce el “Sahara Brasileño” en Lençóis Maranhenses, las dunas en la selva (FOTOS)

No hay vida vegetal en este desierto acuático, que sin embargo es el hogar de una enorme variedad de peces

La primera impresión de Lençóis Maranhenses puede ser la de estar en un sueño: ¿de qué otro modo podríamos estar frente a una red de oasis en medio del desierto? Pero más importante, ¿cómo es que puede haber un desierto en Brasil, uno de los lugares de mayor humedad en el mundo? El nombre “Lençóis Maranhenses” significa sábanas de cama, y desde que los indios caeté vivían en sus inmediaciones hace cientos de años, la tierra en este lugar sólo puede dar pesca de temporada.

Lençóis Maranhenses se sitúa justo en las inmediaciones del Amazonas y las enormes pilas de agua se forman debido a la larga temporada de lluvias, entre julio y septiembre. No hay vida vegetal en este desierto acuático, que sin embargo es el hogar de una enorme variedad de peces; se cree que sus huevecillos fueron traídos a este lugar en las patas de las aves migratorias.

El área de Lençóis Maranhenses, de unas 600 millas cuadradas, es conocida también como “el Sahara Brasileño”, por el peculiar contraste del agua clara con las dunas secas, y es una de las menos visitadas en el noreste de Brasil, una verdadera belleza escondida.

 

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