En cuestión de minutos, Anthony Mmesoma Madu se convirtió en el mejor ejemplo de la pasión por la danza. Con sólo 11 años, el niño tomó el patio de su casa y la lluvia como escenario y, al ritmo que le marcaba su corazón, emprendió una de las más cautivantes interpretaciones de ballet.

Con saltos, piruetas y gran entusiasmo, Anthony Mmesoma desató la pasión y el amor en un pequeño video que después subiría a redes sociales. A los pocos minutos, millones de personas presenciaban el talento de este joven estudiante de la Academia de Danza Leap de Nigeria.

Enfrentando una dualidad dura y racista, el joven de 11 años asegura que no fue fácil practicar ballet en un lugar donde reiteradamente se recuerda que es una danza extranjera. Pero para Anthony se trata de hacer arte, ¿y quién ha dicho que el arte no es parte de Nigeria?

 

La pasión vs el racismo latente

La otra cara de la moneda es aún más dura. Anthony representa a todos aquellos bailarines africanos que en busca de una carrera profesional de ballet se han visto invisibilizados e ignorados por su origen. Sin embargo, hoy el destino ha jugado en otra dirección para este joven bailarín. Impulsado por un profesor que vivió en carne propia el racismo y acompañado por una ola de transformación social, Anthony Mmesoma será alumno del American Ballet Theatre de Nueva York.

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Stephen Tayo para Vogue

Gracias a la viralidad que alcanzó su maravillosa interpretación bajo la lluvia, el joven recibió la invitación de la institución estadounidense para convertirse en uno de sus estudiantes. Este sin duda es el sueño de Anthony hecho realidad, pero un poco más allá de la satisfacción individual, es asimismo el reconocimiento de una comunidad nigeriana que también crea extraordinarios bailarines y bailarinas de ballet.

 

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Stephen Tayo para Vogue

Lejos del ballet europeo y cerca del moderno ballet nigeriano

Europa y Estados Unidos han conquistado los escenarios de la danza con grandes y reconocidas academias. Sin embargo, lejos de esos nichos que aún reflejan los poderosos pensamientos del racismo y las ideologías coloniales, están las pequeñas academias de ballet africanas.

El maestro de Anthony Mmesoma, Daniel Owoseni, vivió en carne propia el racismo al inicio de su carrera de danza. Tras varios intentos de incorporarse a una academia de danza europea y ser rechazado, el bailarín decidió abrir su propia escuela de ballet.

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Stephen Tayo para Vogue

La Academia de Danza Leap es el nido en donde Mmesoma y otros 12 estudiantes desarrollan su amor por la danza clásica. Sin estudios profesionales o vestuarios presuntuosos, los bailarines y bailarinas de Owoseni aprenden desde los principios básicos hasta la esencia del ballet.

Es posible que las academias del resto del mundo anulen para estas comunidades la esperanza de construir una carrera profesional. Pero lejos de continuar intentando integrarse a un sistema que se aferra a sus creencias, Owoseni construyó un camino propio. Ahora los bailarines saben que la danza no tiene dueño absoluto y que mientras el compromiso y la dedicación sean inquebrantables, habrá un espacio para bailar.

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Stephen Tayo para Vogue

 

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