¿Qué ocurre en nosotros momentos antes de morir?

La hipótesis sobre por qué vemos una luz al final del túnel no ha cambiado en más de 3 siglos. Pero, ¿por qué?

¿A dónde se va la mente cuando estamos a punto de morir? Todos nos lo hemos preguntado. Pero no hay consenso en la respuesta. Sólo existen pistas de quienes han estado a punto de morir –o creen haberlo estado, pues la mente es engañosa–. Muchos creen que la conciencia se expande, ya que el cerebro produce una gran cantidad de impulsos eléctricos y entra en una insólita fase de alerta.

Esto haría de la muerte una epifanía luminosa.
Pero, ¿qué más sucede?

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Yoshi Sodeoka

En lo que sí existe consenso es en que la mística que rodea a los roces con la muerte puede ser explicada neurocientíficamente.

Quien al parecer fue el primero en detallar un caso de muerte cercana fue el médico francés Pierre-Jean du Monchaux, quien especuló que los sentimientos místicos que esta experiencia proveía podrían explicarse por el cambio del flujo sanguíneo en el cerebro. Por cierto, este fue un curioso hallazgo del doctor y arqueólogo Philippe Charlier, quien encontró la descripción por casualidad, en un libro que compró en una tienda de antigüedades.

Lo más sorprendente es que la hipótesis de Du Monchaux no ha sido rebatida. Actualmente, la ciencia sigue creyendo que el fenómeno de la “luz al final del túnel” es ocasionado cuando el flujo de sangre y oxígeno inunda los ojos, y quizá por los impulsos eléctricos. Pero esto no es un hecho irrebatible.

 

Los sentimientos que rodean a la muerte

Lo que esto no explica es por qué muchos de quienes han visto esta luz –incluido el paciente cuyo caso fue estudiado por Du Monchaux– generan emociones positivas cuando sienten que dejan su cuerpo y, de hecho, éstas se perpetúan. Quizá eso tenga más que ver con el impacto que las expresiones culturales tienen en nuestra psique. O quizá con que la conciencia se está expandiendo cuando morimos.

Después de que Antoine de Saint-Exupéry –autor de El principito– chocase en su avión y pasara vagando entre las dunas del Sahara 3 días y 3 noches, ya no sentía nada. Sólo sintió que se fundía con el desierto, como lo relata en su libro Tierra de hombres. Aunque el día anterior, el piloto había sentido un arrobador sentimiento de empatía para con la humanidad.

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Saint-Exupéry posa junto a su avión varado en el Sahara / Bureau d’Archives des Accidents d’Avions

Lo que sucede es que hay muchas formas de experimentar la muerte. Saint-Exupéry pasó días bajo temperaturas extremas, alimentándose sólo de unos gajos de naranja, un racimo de uvas y un poco de vino. Sus alucinaciones fueron producto de muchas condiciones, que desataron en su cerebro procesos inéditos.

Otras personas han experimentado alucinaciones y mucho temor debido al trauma que supone someterse a una operación –un extraño síndrome llamado delirio postoperatorio–, mientras que algunos pacientes con síndrome de estrés postraumático o con esclerosis múltiple han desarrollado el síndrome del “cadáver viviente”, el cual les hace mantener la creencia delirante de que han muerto.

Esto, según investigaciones científicas, tiene que ver con cambios en la corteza parietal y la corteza prefrontal, dos zonas que nos proporcionan una indispensable conexión con la realidad.

 

¿Deliramos porque nuestra conciencia se expande?

El cerebro, antes de “apagarse”, comienza a actuar de otra manera. Según se ha podido observar mediante electroencefalogramas, las ondas cerebrales de los pacientes que han muerto de alguna manera semifulminante –por ejemplo, de un paro cardíaco– son predominantemente lentas, las llamadas “ondas delta”.

Estas ondas son las mismas que son generadas durante la meditación profunda. Sumando esto al incremento de los impulsos eléctricos y los posibles cambios en zonas de la corteza cerebral, podemos pensar que la muerte es más que el proceso final. Tal vez sea un momento de expansión de la conciencia. Tal vez la mente no se “ponga en blanco”, y el famoso túnel blancuzco no sea sino un viaje a otras instancias.



Cuando mueras tu cerebro entrará a un estado similar al de la meditación

Una inesperada correlación entre la ciencia y el budismo que profundiza en los misterios de la muerte.

La muerte es el punto final de la existencia. O por lo menos de la existencia en este mundo, pues se puede suponer que después nuestra alma arriba a otro lugar: quizá al origen mismo del ser o a un reino sagrado, dependiendo de la tradición filosófica o religiosa que nos inspire tales creencias. No obstante, la mayoría de estas acepciones tienen algo en común: la creencia de que aquello que somos seguirá siendo en ese otro lugar al que lleguemos.

Pero cuando la ciencia descubre que el cerebro sigue activo durante horas después de que el corazón dejó de latir, no podemos sino repensar filosóficamente qué es la muerte y, con ello, si morir realmente es el final, o si no será algo más parecido a una peregrinación, como sugiere el budismo. Una travesía que bien nos puede conducir a una reencarnación más, hasta llegar definitivamente a la unificación, donde nuestra ilusoria individualidad por fin vuelve a mezclarse con el todo.

Y es que la actividad cerebral que se presenta después de que el cuerpo “muere” podría ser una muestra de lo que el budismo enseña: el cuerpo es ilusión. Por lo tanto, también lo sería el cerebro, ¿no es así? Pero sabemos que este órgano es el que nos permite navegar el mundo mientras vivimos: es aquel que activa nuestros cinco sentidos, y el que aloja nuestra memoria, nuestros pensamientos y quizá también nuestra conciencia. Es así que lo que buscamos pacificar cuando meditamos es el cerebro, algo que en gran parte se logra por vía de la respiración consciente. 

 

Pensar la muerte desde la ciencia, el arte y el budismo

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Es verdad que sabemos de estos extraños fenómenos post mortem, al parecer neuronales, gracias a la ciencia, así como a los estudios sobre personas que han enfrentado experiencias cercanas a la muerte. La luz al final del túnel es uno de ellos –que está aunado a un mayor flujo sanguíneo, que al parecer se dirige a los ojos–. No obstante, otras miles de experiencias alrededor del mundo demuestran que aquello que conocemos como “muerte clínica” no es ni mucho menos la muerte definitiva de nuestra conciencia, pues muchas cosas ocurren antes de “irnos” definitivamente, sea lo que sea que significa “irse”.

Un buen ejemplo de lo anterior está en el artista Shiv Grewal, un actor londinense que tras sufrir un paro cardíaco masivo, fue declarado muerto y permaneció en ese estado durante 7 minutos. Pero después los paramédicos lograron que su corazón volviera a latir. Ahora, Grewal no sólo plasma lo que vio en esos momentos en sus pinturas, sino que asegura que estuvo consciente de que su cerebro moría. Esto, sin duda, es revelador: ¿cómo se sentirá que el cerebro se apague lentamente y durante tanto tiempo?

Aunque esto último no puede ser comprobado por la racionalidad científica. Si acaso sólo por la sensibilidad artística, y más aún, por prácticas budistas como la meditación.

 

Cuando morimos, nuestro cerebro medita

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Otro hallazgo que puede abonar a una nueva concepción de la muerte es el que realizaron investigadores de la Universidad Western de Ontario. Y es que el cerebro no sólo tarda mucho en “apagarse”, sino que comienza a actuar de otra manera cuando el corazón ha dejado de latir. Según pudieron observar mediante electroencefalogramas, las ondas cerebrales de los pacientes que han muerto de alguna manera semifulminante –por ejemplo, de un paro cardíaco– son las llamadas “ondas delta”. Estas ondas son las mismas que se generan durante la meditación profunda.

Si sumamos esto a experiencias como las del artista Shiv Grewal, no podemos dejar de pensar que la muerte es más bien un proceso de expansión de la conciencia. Desde una perspectiva budista, dicha expansión no terminaría cuando el cerebro deja de tener actividad –lo que en algún momento tiene que pasar–. Más bien es un momento más en ese viaje, sea cual sea, que hacemos al morir, que ultimadamente no es sino una transformación más.

Para indagar más sobre el tema de la muerte –que ha inspirado a tantos filósofos– parece que ciencia y budismo aún tienen un largo camino que recorrer. Y no separados, sino juntos. Porque como afirma el maestro Thich Nhat Hanh, la ciencia tiene mucho que abonar al budismo, y viceversa:

La ciencia moderna está de acuerdo con el Buda respecto a que no puedes asesinar nada; no puedes hacer que nada desaparezca. Nada puede morir. Nada se crea, nada se pierde, todo se transforma. Sólo existe la transformación; no existe la muerte. Parece que existe la muerte y el nacimiento, pero si vas a lo profundo, verás que no es verdad. Si estudias ciencia, química, o biología profundamente, entrarás en contacto con la verdad del no nacimiento y no muerte.

Así que… ¿qué es la muerte? Quizá la pregunta sea más bien: ¿qué no es la muerte?

 

* Imágenes: 1) Public Domain Review, edición Ecoosfera; 2 y 3) Yoshi Sodeoka



¿Conciencia después de la muerte? La ciencia sugiere que es muy posible

Saber lo que pasa después de dejar este plano podría ayudarnos a entender la conciencia (y cómo iluminarla).

Una vez que nuestro corazón deja de latir, y que por nuestro cuerpo dejan de navegar impulsos eléctricos, hemos muerto. Por supuesto que tal cosa –la muerte– es un concepto del cual no podemos hacernos una idea cognitiva, puesto que no podemos sentirla ni ahora, ni tampoco después de muertos… A menos que sí.

Mucho se ha estudiado sobre cómo funciona la muerte en los organismos y cómo son las experiencias cercanas a la muerte. Se sabe que el cerebro produce grandes impulsos eléctricos antes de morir, y que entra en una fase de gran alerta que es una especie de conciencia maximizada a toda su potencia, lo que podría explicar la famosa “luz blanca” que algunos han visto en momentos cercanos a la muerte.

La muerte es, entonces, un proceso que algunos han podido conocer más de cerca.

Pero, ¿es realmente el proceso final?

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Sodeoka

A juzgar por las experiencias que se viven en momentos antes de la muerte, y que científicos como Sam Parnia (director de cuidados intensivos y resucitación en la Escuela de Medicina del Centro Médico Langone de la universidad de Nueva York) han podido estudiar a fondo, es probable que no sea tan fácil pensar en la muerte sólo como un momento en el que todo se apaga.

Según este experto, que ha realizado estudios en animales para examinar los momentos antes y después de la muerte, muchos de sus pacientes –que lograron ser resucitados– han hablado de experiencias casi místicas y que rayan en lo psicodélico. En ellas, los pacientes han sentido que flotan en la habitación y dicen haber sido conscientes de todo lo que pasaba a su alrededor, pese a estar clínicamente muertos.

Esto, al parecer, lo posibilita el cerebro durante al menos 20 segundos después de morir. Ese es el tiempo que este órgano puede resistir sin oxígeno y es cuando, de acuerdo con Parnia, se pierden otros reflejos, como el de las pupilas. No obstante, y aunque las ondas cerebrales son ya indetectables, el cerebro sigue sin estar completamente apagado, incluso durante horas.

A juzgar por otros estudios realizados por este experto, parece que la muerte –o estar cercanos a ella, como quienes sufren ataques al corazón– podría revelarnos un mundo desconocido e iluminar tanto el cerebro como la conciencia. Esto no puede dejar de recordarnos la filosofía zen y sus prácticas, las cuales conducen al ser –que es supuestamente indivisible– a fundirse con algo más grande que él: lo que los monjes llaman el zazen.

Según dijo Parnia en una entrevista para Live Science:

Lo que suele pasar en la gente que ha estado inmersa en estas profundas experiencias es que regresa positivamente transformada. Se vuelven más altruistas, más comprometidos con ayudar a otros. Encuentran un nuevo significado a la vida tras encontrarse con la muerte.

La muerte, asegura este experto, seguirá siendo un campo abierto de investigación para la ciencia, y se buscarán respuestas neurocientíficas a la pregunta de qué pasa en el cerebro cuando está en el proceso de la muerte. Por supuesto, no se dejará de lado el factor espiritual: la mente humana y la conciencia en el contexto de la muerte son dos cuestiones quizá indivisibles.

A fin de cuentas, la muerte sigue siendo aquel lugar al que todos vamos. Sería trascendental poder conocer a través de la ciencia si, una vez ahí, podemos transformar esa experiencia en un momento de epifanía luminosa y engrandecer nuestra conciencia.

 

* Arte: Yoshi Sodeoka