Tenemos una tendencia a “humanizar” a los animales, aunque rara vez esto se traduce en un intento por comprenderlos mejor y otorgarles mayores derechos como seres vivos. En realidad, esta insistente antropología del reino animal suele ser más un reflejo de nuestra vanidad, o acaso un síntoma de nuestra suplencia y su correlativa necesidad de afecto.

Pero en realidad deberíamos buscar, con humildad, aprender más de nosotros mismos a través de los animales y sus complejas emociones. Eso es lo que propone el imprescindible primatólogo Frans de Waal en su nuevo libro Mama’s Last Hug, un ensayo de sugerente nombre que rememora un acontecimiento que causó furor.

 

El último abrazo de Mama

Hace 3 años falleció Mama, una chimpancé de 59 años de edad. Una semana antes, el biólogo –y amigo de De Waal– Jan van Hooff visitó a Mama. Habían sido amigos desde 1972 y aunque la chimpancé estaba casi en estado catatónico, cuando vio a Van Hoof salió de su letargo y lo abrazó con emoción.

Esto fue grabado en un video que llevó a las lágrimas a millones de internautas y televidentes por igual. Según De Waal, esto no se debió únicamente al hecho de la muerte de Mama, sino porque la gente reconoció algo muy humano en la forma como actuó: empatía pura.

 

La clave está en la empatía

Sin duda, la empatía es una de las herramientas cognitivas más importantes que tenemos, y este caso lo demuestra. Algunos aseguran que fue esta habilidad para sentir al otro lo que nos hizo humanos.

Lo que a De Waal le interesa del caso de Mama y la conmoción que causó es, por un lado, las emociones de los animales, y por el otro, el hecho de que sean tan similares a las emociones humanas. Pero no porque los chimpancés, cuervos o elefantes –aquellos que se cuentan entre los animales más inteligentes– estén en proceso de “humanización”, sino porque sus emociones han sido desarrolladas como parte de su evolución y de manera paralela a la nuestra.

Quizá por eso nos generan empatía las reacciones animales.

Así, De Waal nos lleva por una senda amplia, donde vincula la herencia emocional que compartimos con otras especies mientras explora las miles de formas de expresión que hay en el mundo natural para emociones tan “sencillas” como la tristeza, la felicidad y el miedo, y para otras más complejas, como la angustia, la empatía y el rencor.

Más allá de que los animales no puedan nombrar las cosas como nosotros lo hacemos, es indudable que sienten de manera similar. Y después de todo, de eso se trata la empatía: de ir más allá del lenguaje. Cuando se observan comportamientos como el de los elefantes, animales que pueden llegar a experimentar traumas y superarlos, uno no puede dudar de su conciencia. La pregunta es: ¿cuándo conseguirán que los tratemos como iguales?

 

* Fotografía principal: Jayaprakash Joghee Bojan, 2017 National Geographic Nature Photographer of the Year