Fue hace ya algunos años cuando acudí a las carreras de caballos. Recuerdo sentir una gran fascinación por observar de cerca a los grandes corceles, uniformados por colores y con un número a sus costados, listos para correr.

Me habían explicado que el objetivo de las carreras era apostar por el caballo que creía era el mejor, el más rápido y ágil para que, con algo de suerte, me hiciera ganar dinero. Sin embargo, rápidamente me di cuenta de que algo me atraía inmensamente hacia esos seres y no eran las ganancias que me podían otorgar.

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Antes de salir a formación para la carrera, todos los caballos reposan en un pequeño establo junto a sus jinetes. En ese pequeño patio -abierto al público- pude admirar con mayor cercanía a los caballos y cuando uno de ellos se acercó, en seguida lo supe. Lo que me fascinaba era contemplarlos en la cercanía.

Admiraba su brillante pelaje negro, sus largas patas, la fuerza de su estructura y su pose digna de un ser extraordinario. Pero, también noté su mirada. Se mantenía alejado, con cierta desconfianza. Intenté acercar mi mano y titubeó unos pasos hacia atrás. Percibí las fuertes venas marcadas en su cuerpo y una respiración exaltada, entonces supe que algo no era tan fascinante como lo pensé.

Carreras de caballos: atletas de alto rendimiento a un alto precio

Después de ese encuentro no disfruté ninguna carrera como se suponía que lo haría. Me percaté de que cada percherón llevaba a su organismo al límite por unos cuantos segundos de satisfacción humana, hecho que les suponía mucho más daño del que me imaginaba. Meses después lo supe, las carreras de caballos son una práctica que ante pone el bienestar de muchos antes de la estabilidad y salud del caballo.

Y es que, de acuerdo con David Poole, fisiólogo de la Universidad Estatal de Kansas, cada carrera supone sangrado, inflamación, daño tisular y disminución de la capacidad pulmonar para los caballos.

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Lo más común es el sangrado, ya que el volumen y presión de la sangre y el aire mientras corren son tan intensas que atraviesan la barrera de los alveolos. Esto provoca que una cierta cantidad de sangre ingrese a los pulmones, un hecho que experimentan cerca del 90% de los caballos de carreras.

Pero esto es sólo el inicio, World Animal Protection denuncia crueldad animal a través de lesiones, traumatismos, golpes con látigo durante la carrera, el sacrificio de animales que no llegan a competir e incluso la atadura de la lengua de los caballos para evitar que se ahogue durante una carrera.

De acuerdo con una investigación de BBC Panorama, miles de caballos de carreras y jóvenes purasangre llegan a los mataderos más grandes del Reino Unido para terminar con su vida, después de que la industria decide que no son “aptos para competir”.

De una máquina de velocidad a un ser libre

Al día de hoy, las víctimas implicadas en una de las prácticas más famosas de élite del mundo siguen creciendo. Desde la lejanía los vemos como veloces máquinas de carreras, pero en un sencillo acercamiento podemos reconocer el verdadero sufrimiento.

En muchos sentidos, las carreras de caballos son una industria que sostiene el maltrato animal. El único objetivo es la satisfacción humana y es algo que no podemos fomentar. Nuestra fascinación por los animales en ocasiones nos acerca ellos de forma perjudicial. Pero, una vez que reconocemos que detrás de un número de carrera, un espectáculo de circo o una jaula de zoológico hay un ser vivo que siente y experimenta, entonces todo puede cambiar.

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