En cada rincón de la naturaleza se esconden pistas sobre el pasado y el futuro del planeta. Un ejemplo de clarividencia natural son los anillos de los árboles, los cuales guardan celosamente los secretos de nuestro pasado, pero también son capaces de predecir patrones que podrían presentarse en un futuro. 

Si existe vida en este planeta que persista durante miles de años, esos son los árboles. Estos gigantes verdes han visto pasar miles de acontecimientos durante su permanencia en la Tierra y son cronometradores de la vida. No obstante, su nobleza nos alcanza y comparten su sabiduría con nosotros a través de sus troncos anillados.

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La dendrocronología es la ciencia que estudia los anillos de los árboles y no, con ella no solo se puede determinar la edad de estos. La sabiduría que guardan en sus troncos va más allá de su propia historia. De hecho, son meticulosos registros de las condiciones climáticas.

Al descifrar los complejos datos almacenados en los troncos, los especialistas pueden hacer de todo. Desde fechar sitios arqueológicos, hasta documentar la historia planetaria y ofrecer proyecciones sobre nuestro futuro ambiental. Y tiene sentido, tan solo imagina cuánto tiempo permanecen en el mismo sitio, habitando su espacio como guardianes celosos de la tierra.

“Los árboles son archivos naturales de información. Permanecen en un lugar durante mucho tiempo, como registrando en sus anillos el entorno que los rodea. Cualquier cosa que afecte a un árbol (precipitación, temperatura, nutrientes en el suelo, incendios, lesiones) puede aparecer en los anillos”, dice Ronald Towner, del Laboratorio de Investigación de Anillos de Árboles de la Universidad de Arizona.

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Los árboles son archivos naturales 

La madera de sus troncos crece constantemente, agregando una nueva capa al año. Así, estos guardianes terrestres construyen troncos progresivamente más resistentes con el tiempo, capaces de soportar más ramas cada vez. Alzan sus ramas hacia al sol como una ventaja evolutiva para captar mayor luz solar y así obtener el alimento que requieren para sobrevivir.

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Si miramos una sección transversal del tronco de un árbol, podremos observar decenas de anillos que se abren como en abanico. Desde los anillos interiores más viejos, hasta los más nuevos que se abren hacia el exterior.

Pero el número de anillos no solo nos da pistas sobre la edad de los árboles. Su grosor ofrece datos sobre las condiciones de crecimiento en cada temporada. Towner explica que “generalmente, en un buen año, los árboles forman un anillo grueso. Y en un año malo, un anillo estrecho”. Cabe destacar que, en el proceso de extracción de muestras, los árboles no son dañados. Por el contrario, se trata justamente de conservar la permanencia de estos gigantes milenarios.

Lo que los árboles nos cuentan a través de sus anillos son datos valiosos. Los dendrocronólogos son capaces de descifrar cosas asombrosas a través de metodologías específicas.

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Prevención de incendios forestales

La cronología datada a través de los árboles del siglo XVI muestra que los pequeños incendios forestales solían ocurrir naturalmente cada tres a cinco años en el suroeste de los EEUU. Según estos datos, los incendios no mataban a los árboles, solo les dejaban cicatrices. Además, ayudaban a promover el crecimiento de nuevos bosques, quemando ramas de pino viejas, matorrales y madera muerta.

No obstante, este ciclo natural se vio interferido por las actividades antropogénicas a finales del siglo XIX. Según los árboles, el humano intervino en el equilibrio perfecto de la naturaleza. Así, en ese momento llegaron millones de ovejas y vacas que arrasaron con los matorrales, que fungían como combustible para los incendios naturales.

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Más tarde sucedió el caso contrario. En la década de 1990, la acumulación excesiva de matorrales comenzó a causar mega incendios que arrasaron con millones de árboles de la zona. El daño ya estaba hecho. 

Es importante hacer conciencia sobre el cuidado de nuestros bosques. A final de cuentas, los árboles llevan más tiempo habitando la Tierra que la especie humana y son hogares de millones de especies más que se refugian en su equilibrio perfecto. Si dejamos que sigan su curso, quizá podamos aprender de ellos y predecir condiciones climáticas para estar mejor preparados para ellas. 

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