Sé amable y verás cuán poco importa lo demás

Nada más que un simple recordatorio.

La amabilidad es una forma de afirmar nuestra humanidad. Claro que, sin amabilidad, todo sigue avanzando: el mundo sigue girando. Pero, sin amabilidad, no quedaría nada de lo más importante, de lo que nos hace lo que somos.

Basta imaginarnos perdidos en una cordillera infinita o cualquier sitio desolado. Lo único que pensaríamos en un momento así es: ¿quién podrá ayudarme? Aunque nosotros fuésemos de los que nunca tiende una mano a otro, ya sea en momentos cruciales o en los más mundanos –como ayudar en una tarea o a encontrar una dirección–, aun así estaríamos esperando desesperadamente a aquel que pueda ayudarnos.

Pero el ser humano ha sobrepasado el ámbito de la necesidad que le hace ser –o hacer– algo sólo por supervivencia. Adquirimos actitudes y realizamos acciones movidos, a veces, por la sutileza y la sencillez de lo que implica ser un humano. Incluso lo hacemos movidos por un simple deseo: ayudar a otro. Es como hacer arte: nadie sabe por qué lo hacemos, pero lo hacemos.

No obstante, es cierto… la amabilidad no siempre estuvo ahí. Nació, quizá, como un instinto de supervivencia comunitaria. Pero ahora es un lenguaje. Y como tal, es una cualidad humana que nos ha hecho evolucionar colectivamente. La compasión moldeó nuestro cerebro y nuestro corazón, haciéndonos adquirir dotes que nos hacen lo que somos.

Es por eso que no debemos dejar de ser capaces de hablar el lenguaje de la amabilidad.

Sin importar cuán difícil se ha tornado existir en este planeta, cuánto odio emanan nuestros gobernantes y cuánto odio se reproduce en los canales de comunicación digital, no podemos dejar de ser amables. Porque fomentar el apoyo mutuo y la solidaridad, practicar la empatía, es nuestro valor y nuestro futuro. Como dicen el psicoanalista Adam Phillips y la historiadora Barbara Taylor, autores del libro On Kindness:

La amabilidad siempre es peligrosa porque se basa en la susceptibilidad a los demás, la capacidad de identificarse con sus placeres y sufrimientos. Ponerse en los zapatos de otra persona, como dice el dicho, puede ser muy incómodo. Pero si los placeres de la bondad, como todos los placeres humanos más grandes, son inherentemente peligrosos, también son algunos de los más satisfactorios que poseemos.
¿Que siempre habrá quien no sea amable? Claro. Y de hecho, está bien, porque lo último que queremos es un mundo homogéneo donde se supriman las diferencias. Pero todo el que no sea amable sólo estará potenciando la amabilidad ajena: funcionará como la reacción que impulsa una acción. Así, incluso el que no es amable cumple una función social.

Sin embargo, para quien prefiera sumarse a un modo de vida que cuesta más sustentar pero que está repleto de goces y privilegios emocionales, ser amable es lo único que tiene que hacer. Cuando somos amables, vemos cuán poco importa lo demás. Nuestros problemas –o aquello que consideramos problemas, pero que en realidad son experiencias– se diluyen. Dejamos de orbitar en nosotros mismos y nos asomamos a los vacíos de otros para tenderles una mano. Y, curiosamente, así es como más aprendemos de nosotros mismos y, finalmente, aprendemos a amarnos.

 

* Ilustración: Nicole Xu para NPR



Cuidar del otro nos hace más humanos

Esto pudo haber desarrollado tanto nuestro cerebro como nuestro corazón, dos elementos vitales de la evolución.

Mucho nos preguntamos sobre por qué nuestro cerebro se desarrolló como lo hizo, pues la evolución de la inteligencia –humana y animal– sigue sin ser plenamente entendida. Y es que muchos factores podrían estar relacionados con esto, entre ellos, hábitos que es difícil discernir si pertenecen a la inteligencia racional o, quizá, a una especie de inteligencia emocional que seguramente comenzó a darse desde épocas tempranas.

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Pero según parece, la evolución de la inteligencia está ligada al cuidado de los miembros enfermos de la comunidad.

Muchos animales sociales se cuidan entre sí: los canes, los primates, los felinos y los caballos lamen las heridas de los miembros de su clan, algo que realmente ayuda a curarlas más rápido y evita infecciones, pues la saliva tiene enzimas que ayudan a matar bacterias y estimulan el crecimiento de las células. Así, lamer es una forma primigenia de medicina natural, como la que luego usarían nuestros ancestros utilizando plantas y flores –y que hoy sigue siendo fundamental–.

 

Entonces, ¿por qué cuidarnos entre nosotros nos hizo humanos?

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Existen rasgos humanos que se desarrollaron más a partir del cuidado de miembros enfermos de la comunidad, específicamente de aquellos que contraían una infección altamente contagiosa. Según la bióloga Sharon Kessler, esto tiene mucho que ver con la evolución de nuestra inteligencia.

Y es que fueron nuestros antepasados quienes desarrollaron más mecanismos para hacer notoria su enfermedad, a través de síntomas físicos como los cambios de coloración en el rostro o las erupciones en la piel que provoca la fiebre. Esta “somatización” habría comenzado a ocurrir a partir del desarrollo de la inteligencia, pero también la habría estimulado, pues implicaba una capacidad de reconocer esos cambios por parte de los cuidadores.

Además, aunque poco se sabe sobre qué cuidados le brindaban nuestros antepasados más lejanos a los miembros de su comunidad, de acuerdo con Kessler, algunos huesos parecen proporcionar cierta evidencia al respecto. Pero la evolución de estos cuidados nómadas muestra también cambios en el tiempo, pues empezó a haber menos muertes o transmisiones de enfermedades producto de un mejor cuidado, teniendo en cuenta que las comunidades crecían y se conectaban cada vez más entre sí. 

Esto quiere decir que la humanidad evolucionó a partir del cuidado como estrategia para controlar enfermedades.

No obstante, Kessler parte de otra cuestión para llegar a sus conclusiones: que la inteligencia se hereda vía materna; aunque esto no puede ser así, ya que los rasgos no están ligados a un solo gen –y menos la inteligencia–. El hecho de que las madres procuraran un mayor cuidado a sus hijos y los amamantasen no sería un factor involucrado en la evolución de la inteligencia, por lo menos no desde el lado biológico. En cambio, desde el lado de la adaptación a los factores externos la hipótesis sí es factible, pues ser un “enfermero” permite desarrollar inteligencia específica.

Todo esto permite pensar también que la evolución de la humanidad tiene mucho que ver con la inteligencia emocional, pues en el cuidado de otros estaría involucrada la empatía –el giro supramarginal– y el desarrollo de otras zonas del cerebro ligadas tanto a la inteligencia racional como a las emociones.

Lo que nos hizo humanos fue sobrepasar la mera supervivencia y comenzar a entender a los otros para poder curarlos.

Esto, como apunta Kessler, facilitó el desarrollo de sociedades más complejas, incluso antes de la aparición de la agricultura. Así que cuidar de los otros no sólo es una forma de reconectar con la empatía, sino también de promover la evolución tanto de la inteligencia racional como de la emocional.

Así que la próxima vez quizá no lo pienses tanto para ir a cuidar del otro.

 

* Fotografía: Laura Makabresku