¿Qué hay en el refrigerador de 10 familias de alrededor el mundo? (📸)

Las diferencias son sustanciales (y nos ponen a pensar sobre la alimentación mundial).

¿No te ha pasado que vas a una casa y quieres abrir el refrigerador? Es una especie de morbo, ¿no es así? Pero como todo morbo, esta curiosidad sucede porque queremos conocer de manera más íntima a las personas. Y sí: saber qué hay en un refrigerador nos puede decir mucho de una persona o de una familia, pues somos, en gran medida, lo que nuestros hábitos hacen de nosotros –y quizá no existe hábito más cotidiano y al mismo tiempo vital que comer–.

Por supuesto, hay que evitar que el morbo nos lleve a espiar o a llevar a cabo otras conductas indeseables o inoportunas. Lo bueno es que ahora podemos saciar nuestra curiosidad por saber qué hay en el refrigerador ajeno con la serie de fotografías It’s a Cool World, de Admiral Home Insurance.

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En este caso, el vistazo nos permite conocer más sobre los hábitos alimenticios de 10 familias del mundo. Y nos hace conscientes de la gran brecha alimentaria que existe. Porque en la misma serie podemos apreciar refrigeradores rebosantes –¿cuánta comida no se desperdicia?– y refrigeradores muy desprovistos. En algunos podemos ver mucha comida sana y orgánica y, en otros, gran cantidad de comida chatarra e industrial.

Pocas cosas son culturalmente más exquisitas que la diversidad culinaria. Pero una cosa es eso y otra que haya tanta desigualdad en lo que a alimentación se refiere. No por nada vivimos en un mundo donde conviven por igual la obesidad y la desnutrición pero en el cual, paradójicamente, los niños ricos adelgazan y los pobres engordan.

Así que, sin duda, estas fotografías son para reflexionar (y no sólo para saciar nuestro morbo): ¿cómo solucionar el problema de la alimentación a nivel mundial? Quizá regresar al campo sea un elemento clave, así como repensar la manera como nos relacionamos con la comida.

Compártenos lo que te hagan reflexionar a ti estas fotografías: ¿quizá algo sobre tus propios hábitos alimenticios? ¿o los de tu familia? O más aún, ¿dicen algo sobre tu propia cultura?

México
Vanessa:

Siempre tengo leche vegetal, pan, vegetales y alguna salsa picante. No me compro muchos “gustos”, sólo crema de almendra. 

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Estados Unidos
Meghan:

Siempre tenemos una buena cantidad de productos de temporada a la mano (nuestras dietas son principalmente vegetarianas). Tenemos bolsas de tela donde ponemos las compras. En nuestro pueblo cobran por las bolsas de papel y de plástico, así que nos hicimos del hábito.

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Venezuela
Rene:

Sólo desperdicio un poco de comida en la preparación, pero las sobras siempre se comen. En el refrigerador siempre tengo carne, huevos, pollo, vegetales, queso y jugos. Mi gusto especial son las mermeladas.

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Rusia
Anastasija:

Los vegetales van en los cajones de abajo, luego el queso y las salsas. La leche y las bebidas están en la puerta. Un gusto especial son el yogurt y las salchichas.

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Pakistán
Asif:

Para nosotros un “gusto” podría ser un plátano o una manzana, a veces pastel. Quizá desperdiciamos un 5% de la comida.

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Kenia
Nicholas:

En el refrigerador tenemos frutas y vegetales de temporada, como naranjas, mangos, piñas, uvas, calabazas, zanahoria, kale. También tenemos refresco, jugo de fruta, yogurt y leche. Para obtener nuestra comida usamos transporte público (conocidos localmente como matatus).

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Rumania
Daniel:

Los “gustos” en nuestro refrigerador son crema de maní, chocolate y miel. Somos muy cuidadosos en no desperdiciar comida, así que normalmente no compramos más de lo que necesitamos para algunos días.

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Bangladesh
Bashanti:

Los guisados están en la parte más fría del refrigerador, junto con la carne y el pescado. La leche, el queso, los yogurts y la mantequilla están todos en partes menos frías.

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Argentina
Miguel:

Tratamos de no desechar mucha comida. Si algo sobra, lo recalentamos al día siguiente, y cualquier sobra va para el perro. Como “gustos” tenemos dulce de leche, y a veces dulce de papa.

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Finlandia
Laurene:

Amamos los condimentos y elementos como la mostaza, la soya, la salsa de chile, de pescado, la cátsup, la Tabasco, el jugo de limón, el jengibre, los pepinos y huevos.

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Slow Food: el estilo de vida que promueve la dignidad cultural de tus alimentos

Comer lento (y no globalizado). Este estilo de vida ha llegado al mundo para promover el consumo local y defender tu derecho al placer y al gusto por la buena comida.

Dignidad cultural, biodiversidad, cultura alimentaria, calidad de vida y el derecho al placer y al gusto por la comida son parte de la filosofía de un estilo de vida que se hace llamar Slow Food: el arte del buen comer. 

En una era en la que nos hemos propuesto hacer de la vida una carrera y una competencia, tomarnos unos instantes para apreciar el universo que engloba el comer bien es casi un sueño. La sed de inmediatez y el miedo a perdernos cada actualización de la existencia han promovido en nuestra cotidianidad pésimos hábitos alimenticios, y si se quiere ver así, han empujado estilos de vida que nos llevan a desvirtuar la importancia de los alimentos en el sentido social, cultural, ambiental y de salud humana.

El reciente caso de la población de China, que se está uniendo al sofisticado movimiento Slow Food, es un ejemplo de que retomar esos buenos valores alimenticios es posible. Pero, ¿por qué el Slow Food? Porque este movimiento, que es más bien un estilo de vida, promueve otros ritmos. La finalidad es anteponer a los vértigos de la globalización una pausa para respirar y voltear a ver lo que hay a nuestro alrededor. Así, el Slow Food, que es parte del Slow Living, propone un consumo de alimentos sin impacto, orgánicos, locales y no procesados, lo que para su fundador, Carlo Petrini, se puede conseguir a través de la producción y consumo local de alimentos.

Al sumarse al movimiento Slow Food con el proyecto “Slow Villages”, China espera regresar a sus raíces en términos de agricultura local y sostenible, lo que no sólo reactivará la economía sino que puede traer grandes beneficios de salud y bienestar para la población, pues además irá acompañado de programas de educación sobre alimentación, tradición culinaria y preservación ambiental. Incluso, será una forma de incentivar que los jóvenes regresen al campo y reactiven la noble labor de trabajarlo, algo elemental para la vida.

 

Comer lento (y no globalizado)

No cabe duda de que la cocina es el gran factor civilizatorio de la raza humana, pero ahora hemos sido testigos de una globalización de los sabores. Nunca como ahora los paladares habían estado en contacto con tantos ingredientes y sazones distintos, provenientes de las cocinas de todo el mundo. Sin duda esto ha enriquecido la historia culinaria tanto como ha deleitado a todos los habitantes del orbe, pero, ¿no podría tener consecuencias negativas? Vale la pena echar un vistazo, porque, curiosamente:

La capacidad productiva de alimentos creció 100% entre 1960 y 1990,
mientras que la población creció un 72%
y el consumo individual sólo un 13%
.

Es decir, la comida creció como un mercado, y no tanto para deleitarnos o nutrirnos. Esto último viene a ser secundario para el capitalismo, lo que queda demostrado en el hecho de que los alimentos sufran procesos nocivos para ser comercializados; por ejemplo, la refinación de las harinas y los azúcares, el uso de aceite de palma, el congelamiento de verduras y frutas, y el uso de hormonas y antibióticos en los productos de origen animal. Ello, sin contar con que hasta ahora no parece importarle mucho a las multinacionales o a las cadenas de supermercados la ingente cantidad de alimentos que son desechados cada año.

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A esto hay que sumar la realidad de que el hambre sigue siendo una constante:

52 de 119 países tienen niveles de hambre que son serios, alarmantes o extremadamente alarmantes.

Además, aún hay una gran brecha en el consumo per cápita de alimentos entre países –siendo China en donde menos ha crecido esta cifra–. Así que estamos ante una extrema desigualdad que reclama un cambio radical, pero no a través del sacrificio de nuestro paladar.

Es por eso que adoptar el estilo de vida que propone el Slow Food sería un primer paso para cambiar esta situación, ya que es un llamado a la sustentabilidad local y nacional, a la reactivación del campo no por vía de empresas multinacionales sino de los jóvenes y las familias, y a que reavivamos las tradiciones culinarias de nuestros países, pues éstas son más que suficiente para deleitar nuestros paladares mientras generamos una cultura de buena nutrición y resiliencia.

 

* Referencias: Ceceña, Ana Esther, y Marín Barreda, Andrés, Producción Estratégica y Hegemonía Mundial, Siglo XXI Editores, México, 1995.


* Imágenes: PxHere



Un estudio comprueba que comemos peor que nuestros abuelos

Los alimentos procesados con alto contenido de azúcar, grasa y almidón están impulsando el aumento de comidas poco saludables.

La globalización ha traído cosas muy positivas, como la expansión en las tecnologías de la información que diversifican las plataformas para la libertad de expresión. También la comunicación antes casi impensable, y en tiempo real, de personas que se encuentran en distintas partes del mundo. 

Sin embargo, como casi todo, la parte oscura de la globalización está presente y está estrechamente relacionada con la expansión en el poder de las corporaciones, que han alienado ideologías y creencias, además de hábitos de consumo, entre ellos, el del alimento. Es común escuchar que la dieta de nuestros abuelos solía ser mucho más sana que las de las nuevas generaciones, ¿pero qué tanto es verdadero? 

Según uno de los nutriólogos más importantes del mundo, Dariush Mozaffarian, el decano de la Escuela Friedman de Ciencias y Políticas de Nutrición de la Universidad Tufts, y citando un estudio que coescribió para le edición de marzo de la publicación especializada The Lancet Global Health:  “La globalización” de las dietas occidentales, en las que un pequeño grupo de compañías de alimentos y agricultura tienen un poder desproporcionado para decidir lo que se produce, está causando parcialmente el cambio hacia una alimentación no saludable” “Los alimentos procesados con alto contenido de azúcar, grasa y almidón están impulsando el aumento de comidas poco saludables.”

Los países que han empeorado su dieta 

Según Mozaffarian, los países pobres en el África subsahariana y Asia han visto el aumento más rápido en el consumo de alimentos poco saludables. China y la India registraron los aumentos más altos en consumo de alimentos poco saludables.

Países que mejoraron su alimentación

La situación mejoró levemente en Europa Occidental y América del Norte.

“La mayoría de los esfuerzos globales de nutrición se han enfocado en las calorías”, dijo Mozaffarian a la Fundación Thomson Reuters. “Necesitamos enfocarnos en la calidad de las calorías para los países pobres, no solo en la cantidad”(…)“Los jóvenes están creciendo con dietas mucho peores que sus padres o abuelos”.