El arte japonés de la moderación: una forma de cambiar tus hábitos alimenticios expandiendo la conciencia

Tener una mejor nutrición puede no ser tanto cuestión de dietas como de espiritualidad, tal como lo demuestra la sabiduría oriental.

La manera en la que nos alimentamos puede decir mucho de nuestra sociedad, y es a la par una expresión individual de nuestra espiritualidad, así como de la forma en la que navegamos la existencia. Porque los hábitos alimenticios de cada cultura son una reminiscencia de prácticas y creencias milenarias, las cuales subyacen tras las modificaciones que el pasar del tiempo ha impuesto en la nutrición de cada comunidad humana.

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Alimentarnos es, así, mucho más que el simple acto de comer. Ínfimas cuestiones como pueden ser el tipo de vajilla que elegimos o cuántas veces masticamos un bocado, reúnen el total de rituales que giran en torno a la nutrición, mismos que trascienden el momento de comer y que pueden tener un impacto –positivo o negativo– en el resto de nuestras prácticas.

Incluso pueden incidir en nuestra longevidad

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Por eso, un principio básico de la filosofía japonesa –desde el zen hasta Confucio– es el de la moderación: una norma que permea todos los aspectos de la vida, incluido el de la alimentación. Pero por moderación no debemos entender una restrictiva dieta hipocalórica, sino una visión multidimensional de la vida, misma que parte de la nutrición y que confía a la sabiduría de nuestro organismo el destino de nuestro bienestar en el plano material.

Y como siempre en la filosofía oriental, no hay pensamiento disociado de la práctica. Esta es la base del hara hachi bu, un principio del confusionismo que instruye a la gente a comer hasta que estén llenos en un 80% de su capacidad, lo que significa una ingesta de entre 1,800 y 1,900 calorías al día. 

En cambio, el mexicano promedio puede llegar a consumir hasta 3 mil calorías por día, pues solemos comer mucho más allá de la saciedad.

El principio del hara hachi bu es desarrollado a lo largo de los textos del confusionismo. En el libro 7 de las Analectas de Confucio, una sentencia nos dice:

Cuando el Maestro estaba cerca de alguien que estaba en duelo, nunca comía hasta la saciedad. 

Y en el libro 10: 

Aunque su arroz sea de la mejor calidad, no come en exceso; aunque su carne esté finamente picada, no la engulle.

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Hara hachi bu

¿Cuánto no cambiaría si adoptásemos nuevos hábitos alimenticios desde un enfoque filosófico y práctico como el del confusionismo? Podría parecer exagerado, pero una autotransformación sólo puede empezar desde la base. Y esa base, en el confusionismo, son los alimentos y la manera en la que nos relacionamos con ellos desde la conciencia.

Así que no se trata solamente de contrarrestar lo que los malos hábitos alimenticios ocasionan –cientos de enfermedades producto de la obesidad, o una “mala” apariencia física–. El objetivo no es ni siquiera vivir más tiempo –como los japoneses: la población más longeva de la Tierra, gracias a sus hábitos alimenticios–. Esas son, digamos, metas secundarias; se trata, en realidad, de que toda práctica se sustente en una conciencia expandida: desde cómo comemos y qué comemos, hasta cosas aparentemente más importantes como el cuidado que prodigamos a nuestros proyectos personales.

Por supuesto que, adicionalmente a poner en práctica el mantra hara hachi bu antes de ingerir cualquier comida, vendrán a la par todos los beneficios que podríamos esperar de cualquier dieta, e incluso más en términos de salud. Pero ello estará sustentado en una primigenia reconexión con las bases mismas de la vida, que es lo que fundamentalmente nos enseña la filosofía oriental.



Slow Food: el estilo de vida que promueve la dignidad cultural de tus alimentos

Comer lento (y no globalizado). Este estilo de vida ha llegado al mundo para promover el consumo local y defender tu derecho al placer y al gusto por la buena comida.

Dignidad cultural, biodiversidad, cultura alimentaria, calidad de vida y el derecho al placer y al gusto por la comida son parte de la filosofía de un estilo de vida que se hace llamar Slow Food: el arte del buen comer. 

En una era en la que nos hemos propuesto hacer de la vida una carrera y una competencia, tomarnos unos instantes para apreciar el universo que engloba el comer bien es casi un sueño. La sed de inmediatez y el miedo a perdernos cada actualización de la existencia han promovido en nuestra cotidianidad pésimos hábitos alimenticios, y si se quiere ver así, han empujado estilos de vida que nos llevan a desvirtuar la importancia de los alimentos en el sentido social, cultural, ambiental y de salud humana.

El reciente caso de la población de China, que se está uniendo al sofisticado movimiento Slow Food, es un ejemplo de que retomar esos buenos valores alimenticios es posible. Pero, ¿por qué el Slow Food? Porque este movimiento, que es más bien un estilo de vida, promueve otros ritmos. La finalidad es anteponer a los vértigos de la globalización una pausa para respirar y voltear a ver lo que hay a nuestro alrededor. Así, el Slow Food, que es parte del Slow Living, propone un consumo de alimentos sin impacto, orgánicos, locales y no procesados, lo que para su fundador, Carlo Petrini, se puede conseguir a través de la producción y consumo local de alimentos.

Al sumarse al movimiento Slow Food con el proyecto “Slow Villages”, China espera regresar a sus raíces en términos de agricultura local y sostenible, lo que no sólo reactivará la economía sino que puede traer grandes beneficios de salud y bienestar para la población, pues además irá acompañado de programas de educación sobre alimentación, tradición culinaria y preservación ambiental. Incluso, será una forma de incentivar que los jóvenes regresen al campo y reactiven la noble labor de trabajarlo, algo elemental para la vida.

 

Comer lento (y no globalizado)

No cabe duda de que la cocina es el gran factor civilizatorio de la raza humana, pero ahora hemos sido testigos de una globalización de los sabores. Nunca como ahora los paladares habían estado en contacto con tantos ingredientes y sazones distintos, provenientes de las cocinas de todo el mundo. Sin duda esto ha enriquecido la historia culinaria tanto como ha deleitado a todos los habitantes del orbe, pero, ¿no podría tener consecuencias negativas? Vale la pena echar un vistazo, porque, curiosamente:

La capacidad productiva de alimentos creció 100% entre 1960 y 1990,
mientras que la población creció un 72%
y el consumo individual sólo un 13%
.

Es decir, la comida creció como un mercado, y no tanto para deleitarnos o nutrirnos. Esto último viene a ser secundario para el capitalismo, lo que queda demostrado en el hecho de que los alimentos sufran procesos nocivos para ser comercializados; por ejemplo, la refinación de las harinas y los azúcares, el uso de aceite de palma, el congelamiento de verduras y frutas, y el uso de hormonas y antibióticos en los productos de origen animal. Ello, sin contar con que hasta ahora no parece importarle mucho a las multinacionales o a las cadenas de supermercados la ingente cantidad de alimentos que son desechados cada año.

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A esto hay que sumar la realidad de que el hambre sigue siendo una constante:

52 de 119 países tienen niveles de hambre que son serios, alarmantes o extremadamente alarmantes.

Además, aún hay una gran brecha en el consumo per cápita de alimentos entre países –siendo China en donde menos ha crecido esta cifra–. Así que estamos ante una extrema desigualdad que reclama un cambio radical, pero no a través del sacrificio de nuestro paladar.

Es por eso que adoptar el estilo de vida que propone el Slow Food sería un primer paso para cambiar esta situación, ya que es un llamado a la sustentabilidad local y nacional, a la reactivación del campo no por vía de empresas multinacionales sino de los jóvenes y las familias, y a que reavivamos las tradiciones culinarias de nuestros países, pues éstas son más que suficiente para deleitar nuestros paladares mientras generamos una cultura de buena nutrición y resiliencia.

 

* Referencias: Ceceña, Ana Esther, y Marín Barreda, Andrés, Producción Estratégica y Hegemonía Mundial, Siglo XXI Editores, México, 1995.


* Imágenes: PxHere



Slow living: evolucionando la calidad de vida con sencillos hábitos

La vida es un vértigo que necesita de ritmos lentos y pausas más prolongadas para poder disfrutar de sus más ínfimos detalles.

Detenerse un momento. Observar y no sólo mirar. Escuchar y no sólo oír. Inhalar profundo y percibir los aromas, descifrando todo lo que nos rodea: a nuestra ajetreada vida le hacen falta estos ritmos.

El slow living es un movimiento que supo captar la delicia detrás de la lentitud, convirtiéndola en un modo de vivir que ha encontrado muchos entusiastas en todo el mundo, antes asolados por la idea de que la vida contemporánea parece sólo ir en fast track, sin pausas ni mediaciones. Ante este vértigo, el slow living propone lo opuesto para reconectarnos con nuestras capacidades cognitivas, nuestra sensibilidad e incluso nuestras tradiciones.

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A paso lento…

Todo empezó en 1986 con el movimiento slow food en Italia, antes llamado Arcigola, que fue creciendo lentamente, hasta tener en la actualidad más de 100 mil miembros en 132 países. A esta iniciativa se fueron sumando otros elementos que han hecho de la lentitud una característica revalorada en muchos campos de la vida, que hizo eco en miles de personas y que sin duda tiene mucho que aportar en la construcción colectiva de un mundo diferente (y mucho más pausado).

El slow living propone un consumo sin impacto, preferentemente orgánico, local y no procesado. Es una revolución de la lentitud, una “batalla épica”, según la define su fundador, Carlos Petrini. Este profesional gourmet vio entrar con recelo la vorágine del boom económico en Italia tras la segunda guerra mundial. Sabía que los cambios económicos ocasionarían la aceleración de la vida en la barroca Italia, muchas de cuyas localidades seguían siendo virtualmente idénticas a como eran siglos atrás.

Cuando Petrini supo de la apertura, en 1986, del primer McDonald’s en Italia, se convenció de que había que tomar acciones para defender las tradiciones italianas. Más aún, defender lo sustentable y local tenía que ser más que un pasatiempo, sobre todo tras la muerte por intoxicación de 19 personas que tomaron un vino barato adulterado.

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Con el tiempo, este movimiento fue ampliando sus horizontes hasta convertirse en slow living: una propuesta integral para cambiar por completo los ritmos con los que habitamos el mundo (que, lamentablemente, asemejan más a los de una fábrica o los de Wall Street que a los de la naturaleza o nuestros antepasados).

Para Petrini, las generaciones futuras que hereden este movimiento deben luchar por regresar a la pequeña escala, lo hecho a mano, la distribución local, y un cúmulo de cosas que suenan como un plan de emergencia perfecto ante las crisis sociales, económicas y ambientales que enfrentamos, que nos están llevando directo al colapso mundial a una velocidad asombrosa.

Aquí te dejamos unos pequeños hakcs para que pongas en práctica el slow living paso a paso…

Haz de cada rutina un ritual

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Un café, preparar las comidas, limpiar la casa, hacer la cama, pasear al perro: todo puede ser más que un hábito rutinario y convertirse en un ritual de relajación y limpieza mental (lo cual es precisamente lo que recomienda la filosofía zen).

 

Detente a comer

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Siéntate en una mesa o donde quiera que puedas comer con tranquilidad y comodidad. Aleja cualquier distractor y disfruta tu comida: saboréala, mírala, mastícala lentamente. Y trata de comer acompañado y hacer sobremesas placenteras.

 

Ralentiza el paso

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Vayas a donde vayas, no lo hagas corriendo o con prisa. Intenta que tus horarios te permitan ir a un paso relajado y que no te obliguen a tomar algún transporte a los lugares a los que podrías ir a pie. Si tu trabajo o escuela queda muy lejos, intenta desplazarte cuando no hay tráfico y aprovecha las horas libres para hacer otras actividades de manera relajada, como meditar o leer.

 

Evita ver televisión o navegar en redes sociales

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Netflix y YouTube son tentadores, y parecen momentos de relajación. Pero le quitan muchas horas a tu día, que podrías usar para poder hacer tus ocupaciones más relajadamente o, sencillamente, para contemplar el cielo o la vista desde la ventana.

 

Cultiva tu comida

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La filosofía del slow living es consumir local y orgánico: ¿qué más local y orgánico que algo cultivado por ti? Puedes intentar cultivando tus alimentos, por ejemplo, lo que también requerirá que hagas un poco de composta. Esto te hará apreciar más lo que comes y promoverá tus hábitos de slow living.

 

* Imágenes: Haarkon