Alan Watts fue uno de los autores que abrió, para el inconsciente colectivo ­de este lado del planeta, las puertas a la sabiduría del pensamiento oriental, y las infinitas y prácticas lecciones que éste tiene para nosotros.

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Pero la grandeza de Watts reside no sólo en la titánica tarea de divulgación que realizó, sino en que dedicó su vida a un simple propósito: hacer que nos observáramos a través del gran espejo que es el pensamiento oriental, e instarnos a hacer algo con ese acervo de conocimientos para aprender a vivir de otra forma a partir de sus enseñanzas, de maneras más libres y espontáneas.

Y también nos enseñó, en sus libros y conferencias, que no hay mejor guía para aprender a vivir que la naturaleza. Por eso, el mundo natural siempre estaba presente en sus reflexiones.

 

Por qué naturaleza, cosmos y humanos somos una unidad

En una lectura ilustrada por Omega Point, Watts nos recuerda que somos uno con la naturaleza y el cosmos:

¿Cuál es la diferencia esencial entre el mundo de la naturaleza y el mundo del hombre? Yo soy parte de todo esto. Soy, como quien dice, una de las células de este tremendo cerebro, porque la parte no puede comprender el todo. Y aun así, al mismo tiempo, no me siento –como muchas personas parecen sentirse–, un extranjero del mundo o un extraño.

Así como la flor florece en el campo, yo me siento como “personizando”, humanizando, poblando el universo entero.

En otras palabras, parece que soy un centro, una suerte de vórtice, en el cual la energía entera del universo se realiza, y cobra vida. Una especie de apertura, a partir de la cual el universo cobra conciencia de sí mismo.

 

Por qué no hay tal cosa como “bien y mal”

En otra de sus lecturas Watts utilizó una parábola china para demostrar que la realidad es más parecida a la naturaleza de lo que creemos, y que aprender de la resiliencia del mundo natural a partir de su observación nos puede a ayudar a vivir mejor. En la lectura, bellamente animada por Steve Agnos y Sustainable Man, Watts dice:

El proceso entero de la naturaleza es un proceso integrado de inmensa complejidad. Y es realmente imposible saber si nada de lo que pasa es para bien o para mal, porque nunca sabrás cuáles serán las consecuencias del infortunio, o cuáles serán las consecuencias de la buena fortuna.

Esta es la conclusión que Watts, como todo un alquimista del conocimiento, extrae de la parábola china en cuestión:

Érase una vez un agricultor chino cuyo caballo huyó. Esa noche, todos sus vecinos vinieron a compadecerse. Dijeron: “Lamentamos mucho que su caballo haya huido. Esto es muy desafortunado”. El granjero dijo: “Tal vez”.

Al día siguiente, el caballo regresó con siete caballos salvajes, y por la noche todos volvieron y dijeron: “Oh, ¿no es eso suerte? Qué gran giro de los acontecimientos. ¡Ahora tienes ocho caballos!”. El granjero nuevamente dijo: “Tal vez”.

Al día siguiente, su hijo intentó huir con uno de los caballos, y mientras lo montaba, fue arrojado y se rompió una pierna. Luego los vecinos dijeron: “Oh, Dios mío, eso es muy malo”, y el granjero respondió: “Tal vez”.

Al día siguiente, oficiales del servicio militar llegaron a reclutar personas para el ejército, y rechazaron a su hijo porque tenía una pierna fracturada. Una vez más, todos los vecinos se acercaron y dijeron: “¡¿No son esas grandes noticias?!”. Una vez más, dijo: “Tal vez”.

Lo que demuestra esta parábola y la actitud del campesino –que es la voz de su inherente lección– es que nunca podemos pensar la existencia en términos de “fortuna o infortunio”. Porque la naturaleza no lo hace, y la realidad no está programada para ello. Por eso es que la naturaleza tiene resiliencia: ésta es un mecanismo contra todas esas cosas que pasan, más allá de si sean buenas o malas, porque, en realidad, nunca podremos saber de antemano si algo nos beneficiará o no.

Todo en la naturaleza, como en nuestra vida, dependerá de cómo se acomoden los elementos del azar y lo inexorable. Por eso vivir el aquí y el ahora, observando a la naturaleza, es importante para cultivar la felicidad y el bienestar.