10 citas de Alan Watts para reencontrarte en el aquí y el ahora

Divulgador del zen en Occidente y maestro laico del asombro, Alan Watts es un árbol abundante cuyos frutos nos invitan a sumergirnos en el momento presente.

Alan Watts es una de las figuras más fascinantes y controversiales del pensamiento del siglo XX. A pesar de que se le conoce como un gran divulgador de la filosofía oriental (especialmente el zen) en Occidente, Watts dejó una vasta obra filosófica, así como charlas, conferencias y programas radiales sobre temas como filosofía de la ciencia, historia de las religiones, taoísmo, ecologismo y la música de vanguardia.

Resumir su pensamiento en un puñado de frases sería imposible. Sin embargo, como todo gran pensador, el germen de sus enseñanzas puede encontrarse también en sus fragmentos.

Esta breve compilación de frases ofrece no sólo un abanico de los intereses de Watts, sino también una miríada de ventanas a través de las cuales podemos observarnos a nosotros mismos y reencontrar el asombro de ser sencillamente quienes somos, en el aquí y el ahora.

 

10 citas para reencontrarte en el aquí y el ahora

Alan Watts

1

El hombre aspira a gobernar la naturaleza, pero mientras más estudiamos la ecología, más absurdo parece hablar de cualquier característica de un organismo, o de un organismo/terreno medioambiental, como si éste gobernara sobre los otros.

2

El verdadero esplendor de la ciencia no es tanto que designe y clasifique, archive y haga predicciones, sino que observa y desea conocer los hechos, cualesquiera que resulten ser.

3

Nosotros no ‘llegamos’ a este mundo; salimos de él, como las hojas de un árbol. Como el mar ‘hace olas’, el universo ‘hace personas’. Cada individuo es una expresión del ámbito completo de la naturaleza, una acción única del universo total.

4

El agua enfangada se aclara mejor dejándola reposar.

5

Uno se siente mucho menos ansioso si se siente perfectamente libre de estar ansioso, y lo mismo puede decirse sobre la culpa.

6

Si no puedes confiar en ti mismo, entonces tampoco puedes confiar en tu desconfianza sobre ti mismo; de modo que, sin esta confianza subyacente en el sistema completo de la naturaleza, simplemente estás paralizado.

7

Encuentro que la sensación de mí mismo como un ego dentro de una bolsa de piel en realidad es una alucinación.

8

El zen es una liberación del tiempo. Pues si abrimos los ojos y observamos claramente, se vuelve evidente que no existe otro tiempo que este instante, y que el pasado y el futuro son abstracciones sin ninguna realidad concreta.

9

Pues nunca existe otra cosa que el presente, y si uno no puede vivir en él, no puede vivir en ninguna parte.

10

No estás bajo ninguna obligación de ser la misma persona que fuiste hace 5 minutos.

Bonus track

La paz sólo puede hacerse por aquellos que son pacíficos, y el amor puede mostrarse sólo por aquellos que aman. Ninguna obra de amor surgirá a partir de la culpa, el miedo o la vacuidad de corazón, así como ningún plan válido para el futuro pueden hacer aquellos que carecen de la capacidad de vivir en el ahora.

 

* Imagen principal: Ecoosfera



Alan Watts y la filosofía zen: sobre cómo vivir con naturalidad los tiempos modernos

Intenta soltar las riendas un poco: navegar la existencia siendo espontáneos e impredecibles es mucho más agradable…

Si algo distingue a la filosofía zen es que tiene como base a la naturaleza, entendida como principio y final de la vida, pero también como un medio de la existencia individual y colectiva. Captar la esencia de la naturaleza es captar sus flujos, los cuales pueden estar preestablecidos o ser casi por completo espontáneos y totalmente impredecibles.

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No obstante, en estos tiempos casi siempre nos dejamos dominar por uno de los dos polos, ya sea lo preestablecido o lo espontáneo. Jamás aprendemos, o jamás nos enseñan, a navegar la existencia con las dosis justas de espontaneidad y cordura. De hecho, en tiempos como los nuestros (donde los juicios sociales están más presentes que nunca gracias a Internet), retomar la naturaleza del ser –la sencillez, la naturalidad– es un franco acto de rebeldía. Y también, de originalidad.

Por eso, recordar lo que Alan Watts –el genial filósofo de la simplicidad– nos tiene que decir sobre la importancia de la espontaneidad es importante hoy en día. En su libro The Way of Zen, Watts escribe:

En algunas naturalezas, el conflicto entre la convención social y la espontaneidad reprimida es tan violento que se manifiesta en crimen, locura y neurosis, que son los precios que pagamos por los, de otra forma, indudables beneficios del orden.

Hay un conflicto, y quizá eso sea lo más importante a considerar para, luego, buscar ser espontáneos sin caer en el extremo de abandonar toda convención establecida. Ya que antes de liberar nuestra espontaneidad, debemos saber qué es exactamente esta gran fuerza inherente a la naturaleza:

La espontaneidad no es bajo ninguna circunstancia un ciego y desordenado deseo, ni un mero capricho de poder.

Ser espontáneo tampoco es para Watts un reflejo meramente automático, sino una suerte de equilibrio elemental y vital. La espontaneidad es una disrupción natural de los flujos, lo que en los seres humanos –o en los practicantes del zazen– será la única vía para liberar al pensamiento de ataduras y desbloquearlo. Porque nuestro pensamiento también es espontáneo e incontrolable, pero a veces no queremos dejarlo fluir.

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En una lectura titulada Why Can’t You Be Spontaneous?, Watts parte de la práctica de la esgrima para ejemplificar la espontaneidad en el pensamiento, vista como liberación.

El arte de la esgrima, nos dice, no consiste en saber lo que hará el otro, sino en estar listo para recibir lo que sea. Ningún combatiente puede concentrarse en cómo responderá al ataque enemigo, pues ello lo bloqueará terriblemente; debe más bien improvisar, ayudándose de su técnica, pero no confiándole todo a ésta.

Más aún: cualquier espadachín debe poder defenderse con lo que tenga a mano, sea una espada, un palo o una pluma. Ser espontáneo es sobrevivir, sin que la supervivencia sea el eje rector que conduce nuestras acciones.

Eso no significa renunciar a la técnica o al raciocinio, sino vivir en dos niveles: el de lo determinado, por un lado, y el de la espontaneidad inherente a la naturaleza, por el otro. Para Watts esto significa poder “controlar el accidente”:

Esa es la lección más difícil de la vida: poder efectuar lo que es llamado por mis amigos artistas japoneses un “accidente controlado”.

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Controlar un accidente es sin duda una paradoja, de lo cual está repleta la filosofía zen, como lo está la propia naturaleza, dual y llena de mediaciones. Por eso, Watts nos alienta a aprender a equilibrar la espontaneidad en nosotros y a usarla con inteligencia, tanto emocional como racionalmente:

La idea no es reducir la mente humana a una vacuidad, sino tomar en cuenta su innata y espontánea inteligencia, usándola sin forzarla.

Sin duda, ser espontáneo es sobrevivir mientras jugamos. Una simple lección que nos puede llevar toda una vida aprender.

 

* Pinturas: Martin Beaupre



Carl Jung sobre cómo iluminar la conciencia por medio del zen

La psicoterapia y el zen son muy diferentes, pero persiguen un objetivo común: iluminar el inconsciente.

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Hasta que el inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y tú le llamarás destino.

Carl Jung era una especie de arqueólogo del ser: buscaba en lo más hondo de la mente las maneras de desbloquear el inconsciente. Esa misma inquietud la encontró en una práctica de más de 2,000 años de existencia, al otro lado del mundo: el budismo zen.

En su libro de 1957 The Undiscovered Self, Jung intenta responder a la pregunta de cómo un ser individual puede realizarse sin “disolverse” en los demás, y lograr conservar su individualidad. En el budismo zen descubrió un concepto para esa realización llamado satori,una especie de iluminación de la conciencia sobre la cual Jung ahonda en el prefacio que hace al libro de D. T. Suzuki, An Introduction to Zen Buddhism.

 

El satori en el zen y el desbloqueo del inconsciente de Jung

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La psicología de Jung veía que la posibilidad de la realización en la sociedad occidental estaba en la examinación e introspección del propio ser. De esta manera se puede llegar al inconsciente que, de acuerdo con Jung, es “la única fuente accesible para una experiencia religiosa”, pero no en el sentido de encontrarse con alguna entidad divina, sino con lo más profundo del “yo”. Una de las maneras más conocidas para hurgar en la mente que propuso la psicoterapia era mediante la examinación de los sueños.

En cambio, para el budismo zen, alcanzar el satori (la sabiduría sin la cual no existe el zen, según Suzuki) es sólo posible mediante un profundo compromiso y una gran disciplina, que los monjes budistas practican mediante el zazen, o “meditación estando sentado”. El principal objetivo de ésta es llegar a una experiencia básica en el budismo, que es el anātman o “no-ser”: un estado de plena conciencia sobre lo universal de nuestro ser, que es indivisible de la vida que le rodea.

Satori es, de hecho, una cuestión de ocurrencia natural; algo tan sencillo que uno falla cuando sólo ve el bosque sin ver los árboles.

Así, aunque la inquietud sobre el ser gira en torno al develamiento de algo más grande tanto en el zen como en la psicoterapia de Jung, las nociones del “yo” son casi diametralmente opuestas. Pese a ello, en su prefacio Jung dice que:

El zen es, de hecho, uno de los retoños más hermosos del espíritu chino.

Según las enseñanzas de Buda (quien transmitió el conocimiento del zen, precisamente, mediante una flor), la idea del “yo” es algo imaginario: una creencia falsa que no tiene correspondencia con la realidad y que produce pensamientos dañinos en torno a uno mismo. Deseos egoístas, ansiedad, odio, orgullo y otros problemas e impurezas son producidos por la idea del individuo. En el budismo, en cambio, se trata de una concepción del individuo como parte de una unidad (el cosmos) que, para Jung, ni la religión ni los conceptos filosóficos de Occidente permitirían comprender.

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La única forma de desembarazarse del ser en el pensamiento de Occidente (sumamente racional) es sacrificándolo a un dios. En cambio, el budismo zen es una experiencia donde se trabaja en aras de la liberación de la individualidad, lo que puede llevar al budista a realizar, por ejemplo, la transmigración. En el zen, esto va más allá de Buda, quien más bien representa una forma de cultura espiritual, sin ser él mismo la divinidad suprema a la cual el practicante del zen pretende llegar mediante el satori.

Es fácil comprender por qué Jung estaba fascinado por el pensamiento del lejano Oriente y el zen (como otros grandes escritores). Veía en éste importantes manifestaciones culturales y arquetipos que, creía, no podían pasarle desapercibida a la disciplina psicológica: una suerte de “curación espiritual” cuyos conceptos (como el anātman o el satori) no tenían que ser experiencias comprobadas por ninguna disciplina.

Según Jung, para comprender profundamente el zen se le debe entender como una práctica de perpetua expectación, y no de resultados ya comprobados o esperados. Por eso, Jung concluye el prefacio de esta inspiradora manera:

El zen demanda inteligencia y fuerza de voluntad, así como todas las grandes cosas que desean convertirse en realidad.

A su manera, tanto la disciplina de Jung como el zen buscan lo mismo, pero por diferentes medios y bajo distintas concepciones. Por su parte, el concepto del satori quizá permanezca por siempre misterioso para nosotros, pero la labor de difusión que Jung y otros pensadores han hecho del zen nos acerca a un pensamiento que no puede sino nutrir nuestro espíritu.

 

* Referencias: Masao Abe, The Self in Jung and Zen (Eastern Buddhist Society).

 

* También en Ecoosfera: ¿Quién eres y por qué? Estos son los tipos de personalidades según Carl Jung