En París las abejas son un valioso insecto, al igual que la miel que producen. Los apicultores parisinos lograron entender la fragilidad de la supervivencia de las abejas, y gracias a sus jardines comunitarios dedicados a la apicultura estos insectos prosperan y su número aumenta.

París esconde misteriosos tesoros, uno de ellos es la escuela de apicultura Rucher du Jardin du Luxembourg. Cerca de los terrenos de Hemingway en un huerto de frutas donde Le Conservatoire National des Pommes et des Poires ha plantado más de 379 variedades de manzanas y 247 variedades de peras, miles de abejas realizan intuitivamente la producción de miel.

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Lisa Houlihan

Alrededor de casi 1 millón de abejas comparten las 17 colmenas de Rucher, en las cuales se producen unas 450 libras de miel. Pero más allá del producto que estas abejas le otorgan a los parisinos, los jardines son un espacio lleno de historia.

El kiosco de la escuela de apicultura que data del siglo XIX permanece intacto a pesar del tiempo. Henri Hamet, el fundador de este espacio de convivencia entre los animales y el ser humano, albergaba cerca de 20 colonias de abejas mientras escribía el primer manual de apicultura.

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Hoy en día, la escuela de apicultura continúa sus labores. Los estudiantes llegan ansiosos por descubrir el proceso en el que abejas y humanos se conectan. Un procedimiento lleno de profundo respeto que, a su vez, va guiado de la mano de la naturaleza.

Como un espacio alejado del bullicio citadino, del romance de la Torre Eiffel y de los turistas ansiosos por conocer La Mona Lisa, esta escuela de apicultura resguarda a las abejas y desenmascara el complejo proceso de obtención de la miel.

La historia de la producción artesanal de la miel ha evolucionado hasta una producción masiva que amenaza el equilibrio de la vida de las abejas. Las habilidades de las abejas dentro de las colmenas se transformaron en procesos de ganancias y pérdidas económicas que dejaron de lado el bienestar de estos maravillosos insectos. 

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Hoy, el resto del mundo intenta construir santuarios para salvar a las abejas y sus distintas especies. Mientras tanto, en París los jardines comunitarios protegen el valor de esta actividad, la conexión entre las abejas y el respeto de los humanos por ellas. Resguardar estos sitios es parte de nuestra labor, pues reproducen el conocimiento y cuidado ancestral de la naturaleza. 

 

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