Por qué la soledad es buena para ti (y cómo diferenciarla del aislamiento)

Buscar recovecos de soledad es actualmente un imperativo para potenciar la creatividad y vivir mejor. Aquí algunos hacks para ser un buen ermitaño

Cuando pensamos en la soledad, inmediatamente aparecen cientos de prejuicios, miedos y hasta tabúes. Y por supuesto, también emerge una asociación en automático con el aislamiento: tendemos a pensar que estar solos es aislarnos del mundo, y que corremos el riesgo de volvernos antisociales o antipáticos.

Pero la soledad no tiene nada que ver con ello, y es tiempo de que lo comprendamos para sacarle provecho a esos momentos que pasamos con nosotros mismos (e incluso, para buscar aún más momentos de soledad si es necesario).

 

Por qué la soledad y el aislamiento son dos dimensiones alternas

Grosso modo, el aislamiento es una forma de soledad involuntaria, a veces coercitiva (como en las prisiones), o producto de formas de trabajo que exigen estar en lugares aislados. Al ser involuntario y prolongarse (en ocasiones de manera indefinida), el aislamiento extremo puede provocar alucinaciones e inestabilidad mental.

Por otra parte, varios estudios han demostrado que la soledad voluntaria puede potenciar la creatividad y estimular las habilidades de liderazgo. De hecho, la etimología de la palabra soledad indica que quien sabe estar solo posee una cualidad; la cual, por cierto, no todos sabemos ejercer pero, como sabiamente aconseja el cineasta Tarkovsky, debemos aprender a hacerlo. He aquí el por qué.

 

Creatividad ermitaña

Es difícil pensar en grandes artistas que no hayan pasado horas y horas encerrados en sus cuartos, solos con sus libros, lienzos o instrumentos de todo tipo. Y es que la creatividad necesita ese pequeño territorio personal, en dónde poder desplegar los pensamientos que normalmente están distraídos en la interacción con otros.

 

En muchas investigaciones se ha comprobado que la creatividad se potencia mediante la soledad. Y más aún: que, paralelamente, esto nos vuelve más felices. Mientras más selectivos somos con las amistades a las que les dedicamos tiempo, mayor es el tiempo que podemos dedicar a nuestros proyectos. Y si los hacemos en espacios introspectivos, podemos desencadenar torrentes insospechados de creatividad ocultos en las distracciones cotidianas. Además, esto ofrece momentos de relajación necesarios para todo proceso creativo.

 

Liderazgo introspectivo

Un estudio del 2011 mostró que existen empleos para los cuales los jefes introspectivos son mejores que los más extrovertidos. Esto porque, a la par de potenciar su creatividad, un jefe introspectivo tenderá más a la reflexión y será más atento a las opiniones de aquellos a quienes dirige. Esto le ayudará a concentrarse y a ser más eficiente.

Se trata de un peculiar hallazgo, pues normalmente un jefe se concibe como alguien que debe ser extrovertido. Esto ha conducido incluso a pequeños movimientos, como el denominado Quiet Revolution de la escritora Susan Cai, que propone espacios de trabajo más tranquilos y amistosos para sacar provecho de las cualidades de los líderes introvertidos.

 

Hacks breves para ser un buen ermitaño

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Ya sea que queramos potenciar nuestra creatividad o probar nuevas formas de liderazgo, podemos probar con encontrar tiempos de soledad (si no los tenemos), o hacer mejores los que ya tenemos. Acondiciona tu espacio y ten a la mano todo aquello que necesites, si lo que quieres es ponerte creativo. O también, si lo que buscas es tener pequeñas sesiones de autoconocimiento, mediante contemplación y meditación.

Quizá te funcione, antes que nada, reflexionar en torno a cómo administras tu tiempo y cuántas cosas sueles hacer con otras personas. Piensa por qué ves a los demás: ¿Qué te gusta hacer con ellos? ¿Qué necesitas hacer con ellos? Y, especialmente, ¿qué puedes hacer sin ellos?

Pero sobre todo, no olvides respetar tus tiempos de soledad una vez que los tengas. Aléjate de redes sociales y enciérrate: sin distracciones, sin presencias ajenas: solo tú y tu soledad. Ya habrá otros momentos donde compartir con los demás.

 

*Fotografía principal: Laura Makabresku 



La soledad se manifiesta con más fuerza cuando llegas a esta edad (pero la sabiduría puede ayudarte a sortearla)

Los sabios nunca están del todo solos. Un estudio determinó algunas habilidades clave para sortear los embates de la soledad.

Michel de Montaigne fue un político, aristócrata y sabio francés del siglo XVI quien, retirado de la vida pública a una edad relativamente joven, escribió:

“Lo más maravilloso del mundo es saber cómo pertenecer a uno mismo”.

Este tipo de saber no se da (solamente) por acumular muchos conocimientos, sino por la experiencia de estar en paz con la propia presencia. Después de todo, desde que nacemos hasta que morimos estamos “acompañados” de nosotros mismos. ¿Entonces, por qué nos es tan difícil a veces estar solos? ¿Por qué nos sentimos insuficientes o rechazados si no tenemos a alguien cerca?

El doctor Dilip Jeste, de la Universidad de California en San Diego, ha abordado la relación de la sabiduría con la soledad. Ninguno de estos conceptos es fácil de definir, y han corrido ríos de tinta desde la antigüedad para tratar de ponerlos en claro. Sin embargo, para Jeste, comprender su relación es clave para nuestro bienestar, así como para combatir lo que llama “la epidemia de soledad” que vivimos hoy en día.

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También en Ecoosfera: Aprender a estar solo como remedio contra la soledad

La imagen popular de un sabio es la de alguien que está bien consigo mismo, como Montaigne en su torre o Henry D. Thoreau en su cabaña en el bosque, y que desprende una especie de aura tranquilizante. Asociamos a los sabios con maestros, mentores e incluso líderes religiosos. Pero antes de entender qué es un sabio, debemos preguntarnos: ¿en qué consiste su sabiduría (y en todo caso, cómo se obtiene)?

Según Jeste (a partir de un análisis a fondo de la literatura sobre el tema):

la sabiduría es un complejo rasgo humano con componentes específicos, tales como la regulación emocional, la autorreflexión, comportamientos prosociales como la empatía y la compasión, la capacidad de decisión, la orientación social, la tolerancia a valores divergentes, y la espiritualidad.

Nada más y nada menos.

Por extensión, un sabio sería aquella persona que logra hacerse de una o varias de estas cualidades, por lo que es sencillo entender por qué sería deseable ser una persona así o tener a alguien así cerca de nosotros.

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¿Pero cómo se relaciona la sabiduría con la soledad?

Jeste y sus colegas desarrollaron instrumentos de medición para tratar de determinar variables como la soledad, la salud física y emocional, así como la sabiduría, en una muestra de voluntarios cuyo rango de edades era de entre 27 y 101 años de edad.

Los participantes de ciertas edades dijeron sentirse más solos que la mayoría, lo que los investigadores asociaron con otra serie de malestares. La soledad puede manifestarse como un problema de salud física y no sólo emocional o espiritual.

La soledad puede provocar depresión, agravar la dependencia a sustancias adictivas o provocar desnutrición y problemas para dormir, entre otros efectos indeseables.

Las tres edades en que la soledad se siente con más fuerza, según este estudio, fueron a finales de los 20 años, a mediados de los 50 y a finales de los 80.

Aunque el estudio de Jeste no ofrece explicación sobre por qué la soledad subjetiva se percibe con más fuerza durante esas edades, podemos especular que existe un vínculo importante en los cambios en las relaciones sociales que se dan durante esas etapas de la vida.

Por ejemplo, a finales de los 20 la gente se topa con las primeras consecuencias de sus decisiones en la edad adulta: sus elecciones de carrera, de pareja, de amistades pudieron haber sido afortunadas o no, y tendemos a compararnos muy duramente con amigos de edades similares. Si además lo hacemos a través de las redes sociales, el efecto puede agravarse.

Durante los 50, algunos amigos o conocidos pueden enfermar y morir por causas asociadas a las decisiones de vida. La salud comienza a ser un tema recurrente, así como la llamada crisis de la edad adulta. Según Jeste, “es la primera vez que te das cuenta de que tu esperanza de vida no es eterna”.

Por último, si llegas a vivir más allá de los 80 años, te das cuenta de que las personas más importantes de tu vida han muerto o están próximas a morir. La mayor parte de tu vida, estadísticamente, ha quedado atrás.

 

Saber pertenecer a uno mismo

Sin embargo, otro descubrimiento clave del estudio fue que la gente más “sabia” de entre los participantes no sentía la soledad como algo opresivo, y su salud no se veía afectada. Los parámetros con los que los investigadores midieron la sabiduría fueron: altruismo, sentido de justicia, introspección/visión (insight), conocimiento general de la vida, manejo de emociones, aceptación de valores divergentes y capacidad de decisión.

Los investigadores interpretaron que, debido a que estas personas cultivaban tanto su relación consigo mismos como con los demás, tendían a ser compañías deseables. En otras palabras, los participantes “sabios” eran aquellos a quienes otras personas recurrían o en quienes podían confiar, pero sobre todo, eran aquellos que sabían pasársela bien consigo mismos.

Por desgracia, este estudio no puede darnos las claves de la sabiduría. Pero los parámetros clave (los rasgos de personalidad que tendría una persona más o menos decente que no se hace ilusiones ingenuas porque conoce bien la vida, pero tampoco se deja amargar por ella) son aspectos que todos deberíamos cultivar en nuestra propia vida.

Tal vez la sabiduría no sea otra cosa sino ese “saber pertenecerse a sí mismo” del que hablaba Montaigne, en la soledad alegre de su torre.

 

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La gente muy inteligente es más feliz en soledad, ¿por qué?

Esto podría tener una explicación ancestral y, sin embargo, ser señal de evolución.

Hoy en día, hablar de soledad resulta más complejo que nunca. Aunque estamos cada vez más expuestos al contacto masivo y cotidiano que implican las grandes urbes, lo cierto es que cientos de personas experimentamos la soledad,y más aún: la vivimos como algo nocivo.

Esto se debe quizá a que la soledad viste hoy peculiares disfraces –por ejemplo, el de las redes sociales, que se han convertido en espacio de múltiples y paradójicos aislamientos–. Pero también a que hemos hecho de la soledad un tabú, señalándola como algo nocivo e indeseado.

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Foto: Sanja Marusic

No obstante, la ciencia se ha interesado en desmitificar la soledad, para poder comprenderla en toda su dimensión y como parte inherente de la condición humana. Así tenemos que hace poco se comprobó cómo estar solos modifica la química de nuestro cerebro, y puede hacerlo para bien.

Esto es algo que, al parecer, las personas más inteligentes saben instintivamente, según se concluyó en un reciente estudio de psicología evolutiva. Para realizar esta investigación, publicada en el British Journal of Psychology, se partió de lo que se conoce como “la teoría de la felicidad de la sabana. Esta teoría plantea la hipótesis de que aquello que hacían nuestros ancestros en la sabana africana podría servir para saber qué tanto seguimos teniendo una programática biológica heredada por ellos, y por qué algunas cosas muy concretas nos hacen felices.

En el caso de la soledad, podría ser que siga siendo necesaria para nosotros, como lo era para nuestros ancestros

 

Pero, ¿por qué?

En dicho estudio se analizaron datos de 15 mil adultos, que incluían estatus socioeconómico, así como cociente intelectual y el estado actual de sus relaciones personales. La información arrojó elementos en común como, por ejemplo, que los participantes que vivían en entornos de alta densidad poblacional estaban menos satisfechos con su vida, en comparación a quienes vivían en zonas menos pobladas o rurales.

Pero otro elemento salió a relucir: las interacciones sociales parecían hacer más felices a quienes tenían un menor cociente intelectual, mientras que los que tenían un cociente intelectual superior a la media eran más felices si pasaban menos tiempo con amigos o en lugares con mucha gente.

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Foto: Sanja Marusic

Esto podría explicarse desde un enfoque evolutivo con la teoría de la sabana, pues nuestros ancestros vivían en entornos con una población no mayor a los 150 habitantes y en grandes extensiones territoriales muy alejadas de otras tribus. Según los investigadores, el cerebro humano evolucionó para programar una convivencia de ese tipo y no como la actual, que implica que compartamos el mundo con 8 mil millones de personas.

Así que quienes tienen una inteligencia mayor a la media podrían estar dejando evolucionar a su cerebro, no en un sentido de adaptación –es decir, de tener que acostumbrarse a ambientes densamente poblados–, sino de mantener algunos elementos que se hallaban en nuestros ancestros y que actualmente pueden potenciar la inteligencia –y nuestra felicidad–, como lo es el saber estar solos.

Aunque claro, citando a Honoré de Balzac:

La soledad está bien, pero necesitas a alguien para contarle que esa soledad está bien.

Es verdad que a fin de cuentas somos seres sociales, y nos necesitamos mutuamente. Pero aprender a estar solos es restablecer un vinculo con lo ancestral sin dejar de evolucionar. Es una manera, incluso, de aprender otros caminos a la felicidad, que no necesariamente tienen que estar cimentados sobre la vieja idea de que “a más amigos, mayor felicidad”. Más bien se trata de qué tanto sabemos ser nuestros propios amigos –estando en soledad– y cómo eso puede hacer que reinventemos nuestra convivencia.