La posibilidad de la mente de cambiar hechos reales por fantasías (sin hacerlo de manera obligadamente consciente) se llama confabulación. En la vida cotidiana, solemos hacerlo todo el tiempo, sin que esto sea propiamente un trastorno o un déficit de la memoria. Según un estudio de los neurocientíficos Asaf Gilboa y Morris Moscovitch, la confabulación puede definirse como una mentira honesta. Las personas confabuladoras comparten información que es evidentemente falsa y, a veces, contradictoria en sí misma, pero sin intención de mentir. En ocasiones, estos individuos pueden aferrarse a dichas creencias falsas o erróneas de la realidad, a tal grado que pueden pasar por verdaderas. Existen varios tipos de confabulaciones según la ciencia, pero la que aquí interesa es la relativa a las falsas percepciones que solemos llegar a tener prácticamente todos sobre el mundo exterior o, dicho de otra forma, las respuestas irracionales que solemos llegar a creer que son verdaderas. 

Sin embargo, este tipo de irracionalidad no es del todo negativo, y de hecho, puede llegar a proveernos de mucha información sobre la persona que confabula.

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La filósofa Lisa Bortolotti, de la Universidad de Birmingham, plantea y enseña a ser más críticos acerca de los estándares de la racionalidad, porque a veces la racionalidad entorpece la espontaneidad. Bortolotti, filósofa de las ciencias cognitivas, es experta en las “creencias irracionales”. Sí, hablar de creencias irracionales suena paradójico. Pero, si podemos creer en algo, ¿no debería ser porque razonamos?

Vayamos por partes, ya que la psique es compleja.

Para la psiquiatría y la psicología, responder de forma irracional, es decir, confabular o ficcionalizar nuestras respuestas se define como:

los falsos recuerdos de sucesos verosímiles que el sujeto considera que realizó o presenció (a veces a partir de la insinuación premeditada del examinador), memoria evocativa en la que las fantasías suplen los recuerdos.

Así, cuando confabulamos, no es que estemos mintiendo (o mintiéndonos), sino que optamos por una ficción. La mente no tiene la intención de engañar, pero queriendo decir la verdad damos una explicación que no es certera ni basada en hechos comprobables. Esto ya se ha comprobado en algunos experimentos.

En la confabulación hay una falta de correspondencia entre lo que pretendemos hacer (contar una historia real) y lo que terminamos haciendo (contar una historia ficticia). Por ejemplo, tendemos a confabularnos cuando nos piden que expliquemos nuestras elecciones, porque no siempre conocemos los agentes que nos llevan a tomar una u otra decisión o a decir una u otra cosa. Sin embargo, cuando nos preguntan por qué tomamos una decisión, decimos la explicación que “creemos” que responde a la pregunta. No obstante, la explicación puede sonar plausible, pero también puede no basarse en la evidencia relevante, porque no toma en cuenta algunos de los factores que determinan nuestras elecciones.

Lo que interesa a los psicólogos, psiquiatras y filósofos es que al confabular se revela información acerca de la persona, información muchas veces subconsciente, sobre preferencias y aspiraciones. Es decir, inventamos argumentos para reafirmarnos o para mantener firme alguna motivación.

Al sobreestimarnos con estas confabulaciones es posible aumentar la productividad, lo mismo que la resiliencia, la capacidad de planeación y la resolución de problemas. Así que, aunque se esperen respuestas lógicas para entornos de funcionalidad, la confabulación nos refuerza internamente, de una manera en la que lo racional no necesariamente puede hacerlo.

Así, la confabulación puede ser una cualidad muy positiva, un “desajuste que ajusta”. Sí, una paradoja más que ayuda al pensamiento y a las operaciones cognitivas a transigir con la realidad y con nosotros mismos.

 

*Ilustraciones: Cinyee Chiu