Monje Shaolin da una surreal muestra de su control de la materia (VIDEO)

¿Crees que un vidrio pueda atravesarse lanzándole un alfiler? Este monje Shaolin da una muestra de que las leyes de la física tal vez estén al servicio de la voluntad.

La intención es una fuerza infalible, sobre todo cuando utiliza una acción precisa como vehículo para manifestarse. Y si se trata del sometimiento de la materia a partir de un minucioso control del cuerpo físico y la intención, sin duda los monjes Shaolin son, entre otros, unos verdaderos maestros. 

Durante una presentación en el show británico The Slow Mo Guys, tres monjes Shaolin fueron invitados para demostrar frente a la cámara una de sus “habilidades” más célebres: atravesar una superficie de vidrio, lanzando un alfiler. Durante la demostración observamos a uno de los monjes realizar unos rápidos ejercicios de, suponemos, concentración de energía y atención, y luego simplemente penetrar el cristal. Como suele ocurrir en este show, la demostración es posteriormente presentada en cámara hiperlenta.  

Evidentemente esto es sólo una especie de souvenir demostrativo o juego, ya que el manejo de la energía y la materia que alcanzan los miembros de este linaje, tras años de durísimo disciplina y entrenamiento, poco tiene que ver con hacer shows o vistosas demostraciones. Pero no deja de ser francamente espectacular observarlos cada vez que acceden a realizar uno de estos actos.

Los monjes Shaolin pertenecen a una especie de linaje asociado a un monasterio del mismo nombre y ubicado en Henán, China –por cierto, también cuna de las distintas escuelas del budismo zen, así como de otras múltiples escuelas orientales de meditación y artes marciales–. 



Amarnos a nosotros mismos en tiempos ensimismados

¿Será posible reinventar al amor propio y llevarlo más allá del culto al individuo?

Amar es desgarrarnos para cosernos; rompernos para pegarnos. Amar es alejarnos para volver, dañarnos para curar. Amar es el más extravagante de los hábitos: un acto efímero en su eternidad. Un péndulo de Foucault oscilando infinitamente.

De entre estas ambivalencias e incertidumbres que constituyen la esencia de esta pasión humana, se alza un aparente antagonismo entre el amor al otro, por un lado, y el de aquel que guardamos para nosotros mismos, por otro.

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Ilustración: Henn Kim

Ambos pasan en nuestros tiempos por una crisis que los hace parecer irrealizables y, en ocasiones, también irreconciliables: no hay tiempo de amar a otros porque estamos muy ocupados procurándonos a nosotros mismos. O no nos amamos porque estamos muy ocupados salvando el mundo.

No obstante, amarnos a nosotros parece ser, verdaderamente, el principio desde el cual se desdobla el resto de nuestros actos. Por eso Ron Padgett, nuestro Paterson de carne y hueso, escribe:

Take care of things close to home first. Straighten up your room before you save the world. Then save the world.

(Encárgate de las cosas cercanas a casa primero. Arregla tu cuarto antes de salvar el mundo
Luego salva el mundo)

Parece urgente amarnos si queremos ser capaces de amar a otros en algún momento. Porque si no nos amamos, ¿cómo amar a otros? Tal parece la aritmética de las relaciones humanas: su lógica intrínseca.

Pero el amor no es reductible a operaciones matemáticas. Recuperar el amor propio en estos tiempos es más difícil, quizá, que nunca en la historia. Somos presa fácil de los vacuos discursos sobre el amor, cuya retórica cínica invita a amarnos desde el narcisismo y la mezquindad. Existen también los sustitutos inverosímiles: en lugar de amar, nos sumimos en nuestra psique depresiva y cultivamos un odio que poco a poco nos carcome.

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Ante esas condiciones decadentes, es urgente plantear hipótesis radicales. ¿Qué tal si la única forma de recuperar el amor propio fuera admitiendo que no hay una hoja de ruta que nos marque cómo hacerlo? Suena desolador: si algo buscamos son respuestas tangibles, concretas y que nos den soluciones inmediatas.

Pero amar es precisamente lo contrario a todo ello. Amar –afortunadamente– no es una ciencia, y por ello no existen métodos para aprender a amarnos ni para amar a otros. Por eso, aún en nuestros tiempos ensimismados, el amor sigue siendo un resquicio de libertad para quien se atreve a mirar desde ahí.

Aunque quizá una de las pocas cosas que se pueda afirmar sobre esa cosa contradictoria que es el amor (cuya semántica, por cierto, es el mayor reto de los lingüistas) es que, tanto aquel amor que nos profesamos a nosotros mismos, como el que profesamos a los demás, son indisociables. Ambos tienen una autonomía relativa, tanto como nosotros la tenemos de los demás. Pero su aparente antagonismo o dualidad es producto de nuestra época, y no es sino una ilusión, como muchas de las que sustentan nuestras creencias.

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El amor es una totalidad que sólo puede sobrevivir como tal, retroalimentandose cada una de sus partes de lo uno y lo otro. Hay necesidad mutua, incluso cósmica, entre los tipos de amor, tal y como la hay en el individuo para con los otros, a quienes necesita para poder ser y desdoblarse en sus infinitas posibilidades.

Si algo resume esta idea en una cotidianidad sólo aparentemente sencilla, pero en realidad sumamente compleja, es esta otra metáfora de Padgett en su poema Love:

That is what you gave me

I become the cigarette and you the match

Or I the match and you the cigarette

Blazing with kisses that smoulder towards heaven

(Eso fue lo que me diste: yo me convertí
en cigarrillo y tú en fósforo
o yo en fósforo y tú en cigarrillo
brillando con besos ardiendo hacia el cielo)

El amor propio sólo puede cultivarse cuando aprendemos a ser ya sea el cigarrillo o el fósforo. Es una relación dinámica que ocurre todo el tiempo, todos los días. No hay principios ni finales. No hay identidades definidas permanentemente. Sólo fósforos, cigarrillos y las chispas que simbolizan la valentía que implica amarnos y amar en un mismo tiempo.  

 

*Ilustración principal: Sivan Karim 

 



Monjes budistas aprenden cosmología moderna para explicarle al mundo la naturaleza de la realidad

El insólito caso de los budistas que están aprendiendo de ciencia para probar que filosofía y espiritualidad no se oponen al método científico.

32 monjes y monjas budistas se encuentran sentados frente al profesor Chris Impey, en una clase sobre cosmología moderna impartida en un monasterio cerca del Himalaya. Los aprendices quieren estudiar el universo desde la óptica de la ciencia, enunciando que el budismo podría ayudar al método científico a realizarse como una ciencia del bien. 

El budismo tiene una muy estrecha y para muchos, inesperada aproximación a la cosmología. La esencia de ambos proviene del fervor por la observación de la causalidad natural, ese fenómeno que incentiva la curiosidad y el asombro humano por la existencia. Ambas disciplinas son ciencia y filosofía de la naturaleza.

La cosmología budista tiene su propia física. Propone, al igual que la ciencia, un mito de la creación (¿cómo y por qué se mantiene el mundo tal como es, y en esencia, cuál será su destino?). Resulta interesante correlacionar ambas prácticas –la filosofía de la religión y el método racional de la ciencia– desde la hipótesis en común que quiere dar explicación a un origen y un destino; esa información que, al menos a buena parte de la humanidad, le permite dar sentido a sus vidas. 

En épocas recientes teorías como la del multiverso han especulado, bajo el paradigma de la ciencia, que no estamos solos: podrían existir una cantidad de universos impensables –tantos como gotas de agua–, que guardan en su interior miles de millones de galaxias y un sinfín de planetas y leyes de la naturaleza. De la especulación de esta totalidad también han aparecido teorías como el paradigma holográfico de David Bohm, que arroja ideas como la de que cada partícula de realidad contiene una totalidad; es decir, la posibilidad de que todos estamos “internamente relacionados con el todo en el sentido de que actuamos según la conciencia del todo”. Algunas de estas ideas son compatibles con las creencias budistas. 

Sin duda, la explicación de la naturaleza de la realidad ha hecho que, hoy en día, la ciencia confirme la veracidad de creencias ancestrales como las descritas por el budismo. Los monjes de la actualidad lo saben. 

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Los monjes que aprenden cosmología con Impey son refugiados del Tíbet. Muchos de ellos son huérfanos y han venido de todas partes de la India para aprender sobre esta materia. Escribe Impey para Nautilus:

La ciencia les parece implacable y autoritaria y, por eso, remota y distante.

Y prosigue:

Hace 16 años, el Dalái Lama comenzó programas para entrenar a sus monjes y monjas de por vida en el siglo XXI. Quería aumentar el entrenamiento monástico y evitar que la cultura tibetana se convirtiera en una pieza de museo. Cada verano, los educadores occidentales vienen a la India para enseñar matemáticas, física, biología, neurociencia y cosmología monásticas. He enseñado en los talleres de “Science for Monks” desde el 2008. Es un momento álgido de mi año para desafiar el caos de la India por este tranquilo santuario cerca del techo del mundo.

Sin duda, estamos ante un hecho insólito: finalmente, los diálogos entre las dos importantes ramas de estudio del hombre están adquiriendo relevancia y formalidad. Los monjes interesados en aprender cosmología moderna quieren traer a la ciencia un fundamento ético que no esté ligado al budismo, que mantenga una perspectiva basada en el humanismo y la compasión, sin dejar de ser científicamente probable.

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Chris Impey relata que la mayoría de estos monjes y monjas ingresan al aula con habilidades matemáticas muy avanzadas. El hecho de que sean incapaces de usar una calculadora no limita sus capacidades, pues durante décadas se han dedicado al estudio de una ardua filosofía que les permite debatir sobre la naturaleza de la realidad:

Gravitan hacia cuestiones fundamentales como la finitud del espacio, o la naturaleza del tiempo en el Big Bang, o el papel del observador en la realidad objetiva. Raramente se quedan atrapados en la maleza. Debaten sin miedo y enérgicamente. Lo más importante es que realmente disfrutan el acto de aprender. El aula rutinariamente se disuelve en sonrisas y risas. Después de 8 horas ahí, los monjes están sobrenaturalmente alerta. Y se levantan a rezar y cantar a las 5 todas las mañanas mientras yo duermo.

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Impey se siente un académico afortunado al experimentar la enseñanza con estos monjes, e inclusive ha optado por utilizar otros recursos dinámicos para abordar los temas de clase. Por ejemplo, lanzar una estimación de cuántos granos existen en un mandala de arena creado por los monásticos, y descubrir que el resultado corresponde al número de estrellas en la Vía Láctea y el número de galaxias en el universo observable.

En el salón de clases se debaten ideas sobre el tiempo y la impermanencia: 

* La edad del universo que propone la ciencia corresponde a una de las medidas de un kalpa (o un éon, la unidad de medida budista que podría compararse con la eternidad. Según el ejemplo de los monjes, si una paloma pasa volando sobre una montaña y la cepilla una vez al día con su ala, un kalpa es equivalente a cuánto tiempo demoraría en desgastarse dicha montaña).

* Una montaña podría contener tantas partículas como estrellas hay en el universo.

* Para un budista, no hay una realidad permanente y fija. La visión científica es similar.

* Una vida humana es para la edad del universo como un abrir y cerrar de ojos para toda la vida.

* No hay una realidad permanente y fija; todo está sujeto a alteración y cambio.

* Desde la vida y muerte de las células, hasta los procesos mismos del universo; en la existencia se intercambian y transforman materia y energía continuamente.

* Todo depende de otra cosa para su existencia. Toda la existencia es relacional.

* Estamos en armonía con el universo.

Los alumnos de Impey no son los únicos monjes interesados en revolucionar la realidad contemporánea con pensamientos milenarios. Existen otros extraordinarios casos, como lo es el de Godfrey Reggio, el monje que se convirtió en cineasta para documentar el anima mundi, o el caso de Ryuten Paul Rosenblum, un monje que fotografía las grietas en los muros de los templos japoneses, para probar la filosofía de que es posible ver la mente en todas las cosas. Estos fascinantes ejemplos contienen la idea implícita de que el mundo necesita abrazar el significado, más allá de la información, y sin duda es posible de la mano de la ciencia y la tradición.