Monje Shaolin da una surreal muestra de su control de la materia (VIDEO)

¿Crees que un vidrio pueda atravesarse lanzándole un alfiler? Este monje Shaolin da una muestra de que las leyes de la física tal vez estén al servicio de la voluntad.

La intención es una fuerza infalible, sobre todo cuando utiliza una acción precisa como vehículo para manifestarse. Y si se trata del sometimiento de la materia a partir de un minucioso control del cuerpo físico y la intención, sin duda los monjes Shaolin son, entre otros, unos verdaderos maestros. 

Durante una presentación en el show británico The Slow Mo Guys, tres monjes Shaolin fueron invitados para demostrar frente a la cámara una de sus “habilidades” más célebres: atravesar una superficie de vidrio, lanzando un alfiler. Durante la demostración observamos a uno de los monjes realizar unos rápidos ejercicios de, suponemos, concentración de energía y atención, y luego simplemente penetrar el cristal. Como suele ocurrir en este show, la demostración es posteriormente presentada en cámara hiperlenta.  

Evidentemente esto es sólo una especie de souvenir demostrativo o juego, ya que el manejo de la energía y la materia que alcanzan los miembros de este linaje, tras años de durísimo disciplina y entrenamiento, poco tiene que ver con hacer shows o vistosas demostraciones. Pero no deja de ser francamente espectacular observarlos cada vez que acceden a realizar uno de estos actos.

Los monjes Shaolin pertenecen a una especie de linaje asociado a un monasterio del mismo nombre y ubicado en Henán, China –por cierto, también cuna de las distintas escuelas del budismo zen, así como de otras múltiples escuelas orientales de meditación y artes marciales–. 



Un día en la vida de los niños monje (Video)

Un breve cortometraje en silencio relata un día entero en la vida de estos niños que se preparan para ser monjes.

Si lo que se quiere es extraer aprendizaje valioso de una vida, hay que buscar más allá de los libros; hay que dirigirnos a la experiencia cotidiana y observar. Concretamente, aquella que aún resguarda los pilares de un origen, por ejemplo, la experiencia que nos regala la tradición y la cultura.  

El caso de los niños preparados para ser monjes budistas, en lugares como el Tíbet, Tailandia o Sri Lanka, es un ejemplo, y uno muy único. Para muchos loable, para otros habitual, pero todos concuerdan con que sin duda es un acto férreo. Durante semanas, meses y algunos casos toda la vida, estos niños adquieren hábitos como la meditación, la oración y sobre todo la disciplina de madrugar. Costumbres tan simples se transforman en un ritual con la frecuencia, transformando no sólo la manera de concebir el mundo desde pequeños, también su destino.

Si bien esta tradición puede parecernos asombrosa en otros lugares de la orbe, la sorpresa que para este texto interesa no es el acto de convertirse en monjes desde pequeños, sino eso que podemos ver como un “sacrificio“, pero que para ellos es un acto natural en la vida cotidiana. Dicho de otra forma, un sacrificio que destila simplicidad, o encuentra asombro en las cosas más sencillas de la vida. Muchos de estos niños, por ejemplo, se vuelven mojes para hacer méritos por su madre, un sacrificio bastante noble. 

Como una especie de cortometraje, los siguientes videos nos muestran un poco de esa cotidianidad fresca que viven los niños monje (pirivena) durante su preparación. Se mira a un grupo de muchachos de Sri Lanka, levantarse de madrugada para asearse y comenzar a orar antes del amanecer, mientras otro monje mayor les prepara el té. Vemos cómo ofrecen a Buda Pūjā en uno de los principales santuarios, realizan breves sesiones de meditación y siguen sus estudios, que incluyen temas como las matemáticas.

Sin mencionar una sola palabra el día a día de estos niños budistas continua, y se desliza por la simplicidad de actos como barrer y limpiar el templo. 

Aunque a muchas personas no les gusta la idea de que los niños se conviertan en monjes, de hecho sus vidas usualmente suelen ser muy ordenadas, pacíficas y educativas. Durante su preparación también aprenden autodisciplina, el complejo acto de vivir con los demás y cómo enriquecer sus propias vidas y servir a las comunidades en las que viven.



Monjes budistas aprenden cosmología moderna para explicarle al mundo la naturaleza de la realidad

El insólito caso de los budistas que están aprendiendo de ciencia para probar que filosofía y espiritualidad no se oponen al método científico.

32 monjes y monjas budistas se encuentran sentados frente al profesor Chris Impey, en una clase sobre cosmología moderna impartida en un monasterio cerca del Himalaya. Los aprendices quieren estudiar el universo desde la óptica de la ciencia, enunciando que el budismo podría ayudar al método científico a realizarse como una ciencia del bien. 

El budismo tiene una muy estrecha y para muchos, inesperada aproximación a la cosmología. La esencia de ambos proviene del fervor por la observación de la causalidad natural, ese fenómeno que incentiva la curiosidad y el asombro humano por la existencia. Ambas disciplinas son ciencia y filosofía de la naturaleza.

La cosmología budista tiene su propia física. Propone, al igual que la ciencia, un mito de la creación (¿cómo y por qué se mantiene el mundo tal como es, y en esencia, cuál será su destino?). Resulta interesante correlacionar ambas prácticas –la filosofía de la religión y el método racional de la ciencia– desde la hipótesis en común que quiere dar explicación a un origen y un destino; esa información que, al menos a buena parte de la humanidad, le permite dar sentido a sus vidas. 

En épocas recientes teorías como la del multiverso han especulado, bajo el paradigma de la ciencia, que no estamos solos: podrían existir una cantidad de universos impensables –tantos como gotas de agua–, que guardan en su interior miles de millones de galaxias y un sinfín de planetas y leyes de la naturaleza. De la especulación de esta totalidad también han aparecido teorías como el paradigma holográfico de David Bohm, que arroja ideas como la de que cada partícula de realidad contiene una totalidad; es decir, la posibilidad de que todos estamos “internamente relacionados con el todo en el sentido de que actuamos según la conciencia del todo”. Algunas de estas ideas son compatibles con las creencias budistas. 

Sin duda, la explicación de la naturaleza de la realidad ha hecho que, hoy en día, la ciencia confirme la veracidad de creencias ancestrales como las descritas por el budismo. Los monjes de la actualidad lo saben. 

monjes budistas aprenden cosmologia moderna religion filosofia y ciencia

Los monjes que aprenden cosmología con Impey son refugiados del Tíbet. Muchos de ellos son huérfanos y han venido de todas partes de la India para aprender sobre esta materia. Escribe Impey para Nautilus:

La ciencia les parece implacable y autoritaria y, por eso, remota y distante.

Y prosigue:

Hace 16 años, el Dalái Lama comenzó programas para entrenar a sus monjes y monjas de por vida en el siglo XXI. Quería aumentar el entrenamiento monástico y evitar que la cultura tibetana se convirtiera en una pieza de museo. Cada verano, los educadores occidentales vienen a la India para enseñar matemáticas, física, biología, neurociencia y cosmología monásticas. He enseñado en los talleres de “Science for Monks” desde el 2008. Es un momento álgido de mi año para desafiar el caos de la India por este tranquilo santuario cerca del techo del mundo.

Sin duda, estamos ante un hecho insólito: finalmente, los diálogos entre las dos importantes ramas de estudio del hombre están adquiriendo relevancia y formalidad. Los monjes interesados en aprender cosmología moderna quieren traer a la ciencia un fundamento ético que no esté ligado al budismo, que mantenga una perspectiva basada en el humanismo y la compasión, sin dejar de ser científicamente probable.

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Chris Impey relata que la mayoría de estos monjes y monjas ingresan al aula con habilidades matemáticas muy avanzadas. El hecho de que sean incapaces de usar una calculadora no limita sus capacidades, pues durante décadas se han dedicado al estudio de una ardua filosofía que les permite debatir sobre la naturaleza de la realidad:

Gravitan hacia cuestiones fundamentales como la finitud del espacio, o la naturaleza del tiempo en el Big Bang, o el papel del observador en la realidad objetiva. Raramente se quedan atrapados en la maleza. Debaten sin miedo y enérgicamente. Lo más importante es que realmente disfrutan el acto de aprender. El aula rutinariamente se disuelve en sonrisas y risas. Después de 8 horas ahí, los monjes están sobrenaturalmente alerta. Y se levantan a rezar y cantar a las 5 todas las mañanas mientras yo duermo.

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Impey se siente un académico afortunado al experimentar la enseñanza con estos monjes, e inclusive ha optado por utilizar otros recursos dinámicos para abordar los temas de clase. Por ejemplo, lanzar una estimación de cuántos granos existen en un mandala de arena creado por los monásticos, y descubrir que el resultado corresponde al número de estrellas en la Vía Láctea y el número de galaxias en el universo observable.

En el salón de clases se debaten ideas sobre el tiempo y la impermanencia: 

* La edad del universo que propone la ciencia corresponde a una de las medidas de un kalpa (o un éon, la unidad de medida budista que podría compararse con la eternidad. Según el ejemplo de los monjes, si una paloma pasa volando sobre una montaña y la cepilla una vez al día con su ala, un kalpa es equivalente a cuánto tiempo demoraría en desgastarse dicha montaña).

* Una montaña podría contener tantas partículas como estrellas hay en el universo.

* Para un budista, no hay una realidad permanente y fija. La visión científica es similar.

* Una vida humana es para la edad del universo como un abrir y cerrar de ojos para toda la vida.

* No hay una realidad permanente y fija; todo está sujeto a alteración y cambio.

* Desde la vida y muerte de las células, hasta los procesos mismos del universo; en la existencia se intercambian y transforman materia y energía continuamente.

* Todo depende de otra cosa para su existencia. Toda la existencia es relacional.

* Estamos en armonía con el universo.

Los alumnos de Impey no son los únicos monjes interesados en revolucionar la realidad contemporánea con pensamientos milenarios. Existen otros extraordinarios casos, como lo es el de Godfrey Reggio, el monje que se convirtió en cineasta para documentar el anima mundi, o el caso de Ryuten Paul Rosenblum, un monje que fotografía las grietas en los muros de los templos japoneses, para probar la filosofía de que es posible ver la mente en todas las cosas. Estos fascinantes ejemplos contienen la idea implícita de que el mundo necesita abrazar el significado, más allá de la información, y sin duda es posible de la mano de la ciencia y la tradición.