John Coltrane: el predicador místico y su legado de sermones auditivos

El jazz se volvió para muchos la mejor iglesia y las composiciones de Coltrane, una aguerrida fe que prevalece hasta hoy

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Bajo un halo de sincretismo espiritual, John Coltrane revolucionó la música, convirtiéndose en uno de los exponentes del jazz más importantes del siglo XX y, a la postre, también en un santo, debido al profundo contenido espiritual de sus composiciones y a su filosofía de vida.

Coltrane fue un ejemplo crucial del poder que la música ejerce sobre los espíritus, y su legado nos recuerda de manera perenne que ésta no es sólo un entretenimiento sino una creación divina, capaz de hablarle a nuestras almas y de traer la felicidad al mundo terrenal de los hombres. Esta divinidad era vista de una manera espiritual y sincrética por Coltrane, y no religiosa ni mucho menos ortodoxa.

La razón por la que toco tantos sonidos, y por la que éstos suenan agresivos, es porque estoy intentando muchas cosas al mismo tiempo, ¿ves? No he podido acabar de sortearlas. Tengo una bolsa repleta de cosas que estoy intentando acabar para llegar a lo esencial.

Para el saxofonista, la música era como una búsqueda perpetua, pero también una vía para hacer feliz a los demás: eso lo supo durante una epifanía en 1957 (que dio a conocer posteriormente), tras la cual comenzó a estudiar sobre diversas religiones, tanto de Oriente como de Occidente, concentrándose especialmente en la India y los modelos melódicos de su sistema musical, llamados ragas. Éstos tienen una peculiaridad de improvisación que Coltrane adoptó, pero también toda una filosofía detrás que resonó en el saxofonista, pues la esencia de los ragas es la creencia de que la música tiene efectos específicos sobre las subjetividades, por lo cual estos modelos se relacionan también con estados de ánimo.

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Así se convenció, además, de que el papel del músico es embellecer la existencia y curar el espíritu de la colectividad, algo que su álbum A Love Supreme demuestra de principio a fin.

Quiero usar mi instrumento para el bien en el mundo, dejarlo ser un instrumento para la paz.

Tanto las creencias como la música de John Coltrane exudaban un sincretismo fascinante, tendiente a unir a todos bajo un mismo credo de amor (en todas las formas que éste pudiera adoptar), y bajo una experiencia cósmica y universal proveniente del infinito amor y de la capacidad humana de crear.

 

El jazzista que quería ser santo (y lo logró)

En 1971 se fundó en San Francisco la St. John William Coltrane Church, y diez años más tarde fue aceptada oficialmente por la Iglesia Ortodoxa Africana, lo que significó también la canonización oficial de Coltrane (haciendo cumplirse a posteriori el deseo que expresó en una entrevista en Japón, donde dijo que en diez años “quería ser santo”).

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De manera inédita, un músico pasó a ganarse el cielo, así como la fidelidad de cientos de creyentes en la tierra. Coltrane es el santo patrono de una iglesia que actualmente sigue juntando a cientos de personas y donde se realizan incluso sesiones de jam y meditación.

 

La esencia terrenal y divina del jazz

Parece, así, que Martin Luther King tenía razón: el jazz es ese género que da orden y significado a la existencia, “al hacer fluir por sus instrumentos los ritmos de la tierra”. Pero más aún, que éste, como muchas otras creaciones humanas, ha surgido de la opresión: de una voluntad por sobrevivir y hacer pervivir la dicha.

Coltrane, hay que recordarlo, vivió la segregación clásica de su tiempo: provenía de una familia afroamericana de clase media-baja de Carolina del Norte. Su padre murió cuando John tenía sólo 13 años, y fue entonces cuando su práctica musical se hizo casi compulsiva. Como muchos músicos que formaban parte una industria explotada y racista, Coltrane se hizo adicto en los años 50 al alcohol y a la heroína y, curiosamente, se hizo también adicto a los dulces.

Como sea, Coltrane sin duda remite a un tipo de santidad muy terrenal: según quienes lo conocieron, y pese a sus aparentes poderes sobrenaturales con el saxofón, mantenía la humildad, la generosidad, y rehuía la egolatría. Además, fue su iluminada voluntad (tras su epifanía en el ’57) la que lo despertó espiritualmente y lo alejó de las adicciones, haciéndolo una especie de predicador místico, cuyo sermón eran las feroces melodías de su saxofón.

Quiero acercar a la gente a lo divino en un lenguaje musical que trascienda las palabras. Quiero hablarle a sus almas.

Fue así como Coltrane trascendió e hizo trascender a decenas de personas con él, a planos quizá nunca experimentados, donde la música hace comunión con lo espiritual y lo terrenal (al fin y al cabo, es un fenómeno físico), estallando como una energía cósmica sin fronteras.

 

*Referencias: John Coltrane and the integration of Indian concepts in jazz improvisation

Great Lives: John Coltrane, BBC podcast



Improvisa y no temas a equivocarte: lecciones del jazz para experimentar la vida en toda su magnitud

Improvisar, equivocarse sin temor y vivir sin competir son algunas de las cosas que nos enseña este género delicioso.

Todos queremos tener una vida fantástica y fuera de lo común. Pero, curiosamente, solemos adoptar formas preestablecidas y previamente digeridas: nos domina el statu quo y vemos con terror cualquier cosa que consideremos anómala según nuestra –a veces– reducida concepción del mundo.

Es así que, ante nuestro deseo, siempre parece anteponerse una barrera. Delante de ella, abandonar la idea de seguridad es lo más difícil que podemos hacer, no obstante que aspiremos a ello.

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Por eso el jazz puede ser una fuente de inspiración para quienes aún están en busca de nuevas maneras de experimentar la vida o habitar el mundo. No sólo escuchando este género musical –que por cierto, no por nada es el favorito de algunos animales–, sino también conociendo más de las bases que lo hacen tan maravilloso.

El jazz nació de la necesidad: la necesidad de miles de esclavos que, si bien no gozaban de su libertad, podían emancipar los sentidos mediante la música.

Eran hombres y mujeres con una tradición musical ya heredada, pero que también supieron experimentar y no tuvieron miedo de hacerlo. En época de grandes jazzistas, como John Coltrane, este género siguió siendo un potente cohesionante social para los afroamericanos, al nivel de cualquier religión, pero sin ortodoxias de por medio. Y durante el apartheid en Sudáfrica en los años 60, el jazz fue una trinchera de resistencia cultural.

Esto, sumado a los ritmos impredecibles y las melodías escurridizas del jazz, es lo que lo hace una de las artes musicales de las que más podemos aprender. Las lecciones sacadas del jazz pueden cambiar radicalmente algunas de nuestras preconcepciones, ayudarnos a desmontar prejuicios y, en suma, pueden ser fuente de inspiración para transformar nuestra vida.

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¿No sabes qué hacer? Improvisa y conviértete en un líder

La vida casi nunca tiene libretos. Y de hecho, las mejores experiencias suelen ser espontáneas e improvisadas, como lo es el jazz. Pero a la vez, ni el jazz ni la vida son siempre pura improvisación: lo más valioso es que, a fin de cuentas, siempre hay una base sobre la cual es posible romper algunas reglas. Por eso, según el jazzista y profesor de políticas públicas Frank J. Barret, “los músicos se preparan para la espontaneidad. Los líderes pueden hacer lo mismo”.

 

Sé tu mismo sin olvidar a los otros

Si algo nos distingue como seres sociales es que hemos sido capaces de individualizarnos, pese a que evidentemente no podemos dejar de depender de los otros. Algo así sucede a los músicos, quienes, a decir del escritor Terry Eagleton, pueden autorrealizarse individualmente sin que ello signifique perseguir sólo sus intereses. Un jazzista, inmerso en su propio proceso, nunca se olvida de sus compañeros. Sin duda, es algo que tenemos que aprender a hacer en la vida.

 

Haz alianzas en lugar de competir

Un poco en el mismo tono, podemos pensar que el jazz no es como otros géneros en los cuales el papel de cada músico ya está previamente establecido. En su lugar hay un poco de libertad para todos, a la vez que un poco de compromiso colectivo. Esto anula toda necesidad de competir con los demás, y nos demuestra que siempre es mejor aliarse.

 

No temas equivocarte (nada es perfecto)

El jazz no es perfecto. Contrario a la música clásica, que siempre aspira a la perfección impoluta, el jazz es juguetón y no le teme a los errores; por eso irradia una vitalidad que a veces demasiada disciplina o perfección pueden aniquilar, haciendo todo muy aburrido.

 

Sé un poco serio también

Bien dijo John Coltrane que debemos comprometernos con todo lo que hagamos. “Hay diversión en ser serio”, dijo este predicador del jazz. Y es verdad: si algo distingue a los jazzistas es su disciplina, pues pocas artes requieren tanto esfuerzo intelectual y tanta disciplina como este género. Por eso, un poco de seriedad no está de más.

Todo esto no hace sino constatar que el jazz es como la vida: de naturaleza contradictoria. Por eso es el género ideal para sobrellevar la existencia con la mayor de las energías creativas.

 

* Imágenes: 1) Lynnie Zulu; 2 y 3) Pinterest, edición Ecoosfera



Cómo crear en comunidad: una lección del jazz (y los jazzistas)

La improvisación de este género nos demuestra que podemos autorrealizarnos como individuos, incluso en colectividad.

El jazz es comunidad. Música que por sí misma es simbólica y significativa: que nos transmite la nostalgia que sentían los afroamericanos por sus raíces, pero también su terquedad por sobrevivir, así fuese como una subcultura en un país ajeno.

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Esa es una de las razones que hacen del jazz un género especialmente comunitario, sobre el cual se erigió la resistencia cultural de los afroamericanos descendientes de esclavos. Pero hasta cierto punto toda la música tiene algo de comunitario, pues a fin de cuentas en torno a ella se reúnen todo tipo de colectividades. No sólo el jazz tiene esta cualidad, sino también las orquestas de música clásica o las bandas de rock, que necesitan de muchas manos y cabezas para funcionar y que deben ejecutar sus instrumentos de manera, literalmente, armónica.

Pero lo comunitario del jazz es esencialmente distinto. Difiere en la forma de crear de los jazzistas, y es por esa razón que este género nos puede dar una lección sobre creatividad colectiva. Y, de paso, sobre la posibilidad de crear junto con los otros sin pretensiones, sin soberbia y, lo más importante, sin competencias inútiles.

 

El jazz como momento de autorrealización

En su libro El sentido de la vida, Terry Eagleton hace la más precisa aproximación a esta esencia comunitaria del jazz, y a cómo en la improvisación está la clave de la creación libre y comunitaria. Porque, en el jazz:

cada miembro es libre de expresarse como quiera, pero lo hace con una sensibilidad receptiva a la actuación autoexpresiva de los otros músicos.

En el rock y otros géneros, tal sensibilidad receptiva sólo existe al momento de escribir las canciones. Pero la improvisación del jazz es única precisamente porque es una especie de locura con método, donde se cuela la libre expresión sin transgredir al otro en momentos de intrépida improvisación. De hecho, como bien apunta Eagleton:

Conforme cada participante aumenta su elocuencia musical, los otros toman inspiración de ello y son estimulados a alcanzar mayores alturas. Aquí no hay conflicto entre la libertad y el bien común; asimismo, la imagen es lo opuesto al totalitarismo.

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La filosofía práctica del jazzista

De alguna forma, en esta sucinta imagen del jazz que nos proporciona Eagleton puede verse cómo la música puede ser una forma de filosofar. De filosofar creando, en una especie de praxis. Hay así en el método de los jazzistas un algo filosófico, que recuerda a algunas tradiciones del pensamiento occidental, y también muchos de los principios de las prácticas orientales. En el jazz, como en esas milenarias prácticas:

Hay logro, pero no se trata del éxito individual. En lugar de esto, el logro –la música en sí misma– actúa como un medio para que los músicos se relacionen. Hay placer que se puede cosechar de esta expresión artística y, puesto que hay una satisfacción libre o una realización de poderes, también hay felicidad en el sentido de florecimiento. […] Debido a que el florecimiento es recíproco, remota y analógicamente, incluso podemos hablar de cierto tipo de amor.

Para Eagleton, es en expresiones como el jazz donde se encuentra el sentido de la vida. Y seguramente ese sentido está en toda creación donde podamos descubrir y desplegar nuestra naturaleza comunitaria, alejándonos de los pomposos paradigmas de la individuación y la competencia que tan bien nos ha sabido implantar el capitalismo.

Ahora bien, un buen ejemplo de cómo el jazz puede no cumplir esta misión emancipadora está en la película Whiplash (2014), la cual juega con una completa distorsión del sentido de este género, mostrándonos el lado oscuro del jazz y los rasgos más obsesivos de los músicos.

Por eso, no todo está en ser jazzista o creativo para lograr autorrealizarse. Antes bien, lo que vemos suceder en un concierto de jazz es algo de lo que la sociedad debería estar permeada, lo cual requeriría de:

construir este tipo de comunidad en una escala más amplia, lo cual es un problema de política. Es, sin duda, una aspiración utópica, pero no es la peor forma para lograrlo. […] Lo que necesitamos es una forma de vida que sea completamente sin sentido, al igual que el concierto de jazz no tiene sentido. En lugar de servir a algún propósito utilitario o a un ferviente fin metafísico, es un placer en sí mismo. No necesita ninguna justificación más allá de su propia existencia.

No necesitando nada más allá de su propia existencia es como los jazzistas nos dan una lección sobre creatividad comunitaria. Una verdadera lección de vida proveniente no de individuos aislados, sino de individuos sin sed de protagonismo y que se saben parte de una colectividad, como al fin y al cabo lo somos todos. El reto, como lo ha sido practicamente desde el principio de la historia, es que este sentido de verdadera comunidad se vuelva algo común a todo espacio vital.

Sandra Vanina Greenham Celis
Autor: Sandra Vanina Greenham Celis
Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio. Le gusta potenciar la depresión en su psique consumiendo productos culturales de las postrimerías del siglo XX. Cree teleologicamente en el arribo de la humanidad al comunismo.