Sembrar nuevos hábitos es como el arte de la jardinería

Pareciera imposible lograr que un nuevo hábito florezca y perdure, pero con o sin inspiración, no te rindas; puedes utilizar la metáfora de la jardinería para empezar por sembrarlos.

Despiertas una mañana radiante con una motivación apasionada para empezar nuevas cosas, pero antes de que termine la semana decayó tu entusiasmo por completo. ¿Te ha pasado? A todos; por eso, no deberías rendirte. Inculcarnos nuevos hábitos es como el arte de la jardinería. No basta con tener la semilla: si no estás fijando un propósito en la colocación, perderás muchas semillas buenas; si sólo arrojas semillas en una pila aleatoria de tierra, estás dejando que la suerte te dé sólo un par de plantas decentes.

 

La motivación es voluble

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Fotografía: Sanja Marusic

A veces parece imposible lograr que un nuevo hábito perdure. Desanimarse puede ser una manera de justificarse; mantener la motivación propia es la verdadera “maña”, el arte que requiere este asunto.

Quieres evolucionar, ponerte aprueba, actualizarte, aprender… desaprender vicios o arrancarte malos hábitos; es decir, te mueve el propósito de crecer. Para ello te has inscrito en clases de idiomas nórdicos, un curso de cocina toscana, un taller de dibujo, un curso sobre historia del arte, un club de bici de montaña, o de plano, comenzar una nueva carrera en una universidad extranjera.

 

Momentos rutinarios de un hombre heroico o una mujer épica

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El día 1, en tu nuevo plan te sientes un hombre heroico, una mujer épica. A veces, antes de la segunda sesión, de la semana 3 de tu plan maestro de nuevos alcances, ya eres un náufrago a la deriva. ¿Qué se hace? ¿Cómo mantener el barco a flote? Bueno, lo primero: con o sin inspiración atiende a tu cita, tu clase, la pista para correr, vuelve al libro de 800 páginas que comenzaste.

Fácil de decir, difícil de llevar a cabo. Especialmente si no se acepta que, mal que bien, la mayoría de los días son algo rutinarios, incluso aburridos.

La motivación es voluble, temporal; si sólo te atienes a ella, tus metas quedan a merced del viento o un cambio de humor. Incluso en un mismo día los niveles de motivación se ganan, se pierden… El número de horas que dormimos, si comimos algo irritante o si bloquearon una avenida, entre miles de posibilidades o situaciones que a veces ni siquiera podemos controlar, afectarán la potencia de la motivación.

 

Honestidad = comienzo sólido

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Conviene preguntarse lo siguiente: ¿en qué momento de tu rutina diaria estás tratando de plantar un nuevo hábito? Si te descuidas sobre este punto, puedes desperdiciar muchas semillas y volver a quedar atrapado en el círculo vicioso de los “nuevos propósitos que nunca se cumplen”. Las semillas germinan en una tierra robusta, nutrida; igualmente influye lo que haces antes y después de ese nuevo aprendizaje que has comenzado. Si puedes reconocer y administrar los momentos del día en que tienes más energía y en los que sientes fatiga, vas por buen camino; si quieres un nuevo comienzo sólido, sé honesto y algo intuitivo para encontrar cuál es el mejor momento para que ese hábito prospere.

Una vez definido el dónde y cuándo, pasemos a las recompensas. Completar una tarea requiere celebrarse. Sé creativo con el tipo de recompensa; esto no va ligado a hacer gastos. Ve tu serie favorita hasta que regreses del gimnasio, o invierte en una app donde puedas practicar con alguien, en tiempo real, el nuevo idioma que estás aprendiendo. La recompensa tiene que ser planeada, descrita, específica, no improvises cada día alguna ocurrencia.

Los ciclos motivacionales requieren un disparador, o más de uno. Recompensarte por cumplir tu nuevo esquema y atender al nuevo horario es estratégico. Entonces, escoge un hábito bien arraigado; por ejemplo, si disfrutas muchísimo tomar una taza de café al despertar y te has propuesto escribir y empezar un blog, proponte no dar un trago al café hasta no tener un primer renglón de algo escrito. Este sistema parece algo mínimo, pero te sorprenderá lo bien que funciona. Crear asociaciones positivas es simple, pero hay que empezar por algún lado.

 

Los cambios tienen un propósito: endulzarte el alma

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Algo que ya haces de forma habitual y disfrutas será un recordatorio garantizado. Afianza tu propósito a un disparador, a un estímulo… a partir de ahí, que tu nuevo hábito forme parte de tu rutina no estará demasiado lejos.

Haz un plan y síguelo, pero si no lo sigues al pie de la letra no te recrimines. Haz un pacto: si no pudiste ir a la clase de yoga, haz al menos 10 minutos de algunas posturas en tu casa; si vas a romper la dieta come sólo un poco de helado, no 1 litro entero. Esto entrena, aunque no lo creas; te hace ser más consecuente y realista con tus metas, en vez de permanecer en el tren mental de “Todo o nada… Blanco o negro”.

Para plantar un nuevo hábito necesitas las condiciones y el ecosistema correctos. Encuentra el rinconcito ideal donde verlo crecer, las horas óptimas, el “punto de turrón” de un logro que no sólo te discipline, sino que te endulce el alma.



8 rasgos de personas que saben navegar el mundo con inteligencia emocional

¿Tú controlas tus emociones, o ellas a ti?

La inteligencia, así como su sorprendente evolución, es lo que nos hace humanos. ¿Qué duda cabe? Somos el Homo sapiens, “hombre sabio”, gracias a nuestra capacidad de inventar, de producir conocimiento y de estructurar el mundo mediante el lenguaje. Pero también inventamos, producimos conocimiento y estructuramos el mundo a través de las emociones, que como los estudios sobre la inteligencia emocional han podido comprobar, son mucho más que mera visceralidad.

La visceralidad es eso que hacemos motivados por sentimientos profundos, más que por el buen juicio o la inteligencia racional.

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Cuando decimos de alguien que “es visceral”, estamos expresando que no sabe controlarse. Cuando decimos, en cambio, que “actúa con buen juicio”, es que es alguien inteligente y que sabe controlarse.

Esto implica afirmar que las emociones están en la víscera y la inteligencia en el cerebro.

¡Nada más equivocado y pretencioso! La amígdala, que procesa y almacena las emociones, ya era usada por nuestro ancestros en la selección de los alimentos con base en la experiencia –y los alimentos, a su vez, han hecho que nuestro cerebro evolucione–. Mientras el neocórtex gestiona los pensamientos, la amígdala hace lo propio con los sentimientos de manera autónoma, aunque entre ambos se crea una maravillosa –y fundamental– correlación.

Tal es el punto de partida de los estudios sobre inteligencia emocional, que utilizando el mismo tipo de evaluaciones que las pruebas de coeficiente intelectual (IQ en inglés), así como diversos métodos y esquemas, buscan comprender el papel de las emociones –e incluso, de instintos como la intuición– en las habilidades intelectuales y cognitivas del ser humano.

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Eso sí: es cierto que si no educamos nuestras emociones podemos actuar “visceralmente. Por eso es importante conocer y reconocer las emociones, así como aprender a usarlas. Sería erróneo decir que hay personas más o menos emocionales, al igual que lo sería decir que una persona es más inteligente que otra. Más bien, tanto la inteligencia como las emociones son algo en constante correlación que se puede nutrir y, más allá de la genética, es posible usarlas de la mejor manera para navegar el mundo.

Puedes empezar por conocer cuáles son los comportamientos de las personas que navegan el mundo con una mayor inteligencia emocional, según los estudios del experto en la materia Travis Bradberry, autor del libro Emotional Intelligence 2.0.

 

Tienen un mayor vocabulario emocional

Siempre buscamos expresar lo que somos y entender lo que sentimos. Una mayor conexión con las emociones requiere tener un vocabulario emocional más amplio para hacer ambas cosas. Según un estudio reciente, sólo el 36% de las personas pueden expresar con exactitud lo que sienten.

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Son más empáticos

La empatía es clave en la evolución. Quien es empático puede comprenderse mejor a sí mismo comprendiendo a los otros, y esto sin duda ayuda a la evolución de las emociones, a su comprensión, y posibilita navegar el mundo de maneras más inteligentes.

 

No son rencorosos

El rencor puede ser una emoción útil, por ejemplo, para sobrevivir. Pero en general, sólo promueve el odio –e incluso es tóxico para el organismo–. Saber sobrellevar el rencor es una conducta de inteligencia emocional, pues es saber regular las cantidades necesarias de esta emoción sin dejar que nos controle.

 

Son resilientes

En otras palabras, las personas con una inteligencia emocional prominente pueden abrazar el cambio sin temor. Saben adaptarse y así, logran ser más felices y exitosos. Es decir, son resilientes, como la naturaleza.

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No son tan calculadores

A veces, la búsqueda de perfección, felicidad y éxito lleva a las personas más racionales a ser calculadores en diversas situaciones. Pero usar las emociones implica no estar calculando situaciones, sino dejar que las emociones nos conduzcan a los resultados deseados ­–lo cual, muchas veces, funciona mejor­–. Quienes así lo hacen no están tan preocupados por la perfección como sí lo están por el equilibrio.

 

Saben alejarse de personalidades tóxicas

Las personalidades tóxicas pueden llegar a contagiarnos. Alejarse de ellas muestra una sapiencia emocional, pues de una relación con alguien tóxico sólo puede surgir enojo y frustración. Esto significa que quienes se alejan de las personas tóxicas utilizan la empatía para sentir al otro, y deciden evitar la confrontación –y el contagio–, poniendo una prudente distancia con quienes son nocivos para sus emociones y su entorno.

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Alimentan su felicidad

Cuando las personas inteligentes emocionalmente se sienten felices, se mantienen así. Saben manejar cualquier situación, blindando su felicidad de cualquier ataque externo. Esto es gracias a un equilibrio a nivel anímico, y a que evitan que su lado racional esté maquinando teorías y comparándose excesivamente con otros.

 

Duermen más

Algunos estudios han demostrado que quienes son más inteligentes duermen menos. Pero quienes duermen más, son felices. Y la felicidad es un rasgo presente en las personas con emociones bien manejadas. Esto es resultado de una correlación fisiológica vital, pues un mal descanso promueve emociones inestables.

 

 * Ilustraciones: Xaviera López



¿Por qué hay personas más o menos inteligentes que otras?

La ciencia dice que no hay gente que sea o no sea inteligente, sino que las personas se van volviendo más o menos inteligentes. Descubre por qué.

Si quieres ser más inteligente, debes esforzarte. La inteligencia no es algo estático; se va nutriendo y depende de ti. Sí, existe un factor genético, pero eso es sólo uno de los múltiples elementos que te van convirtiendo en una persona inteligente, y por eso existe diversidad en los niveles de inteligencia.

Cada uno de nosotros es una persona única, una amalgama de material genético heredado que es afectada por influencias externas. Cada persona posee un conjunto único de material genético que produce variaciones en las capacidades, que a su vez se basan en su interpretación de las experiencias del entorno. Y al ser seres en constante proceso de transformación, es equivocado decir que una persona es inteligente (o más inteligente que otra).

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Loui Jover

 

Julián De Zubiría, consultor en educación de la ONU Colombia, afirma para BBC Mundo:

Quizás en otro siglo se pudo entender, pero hoy no es así. No es un concepto simple. En la vida no hay gente que sea o no sea inteligente, sino que hay gente que se va volviendo más o menos inteligente según tenga más o mejores padres, maestros y medios culturales enriquecidos.

Según De Zubiría, una persona tiene una condición inicial genética y física y luego va adquiriendo las diferentes inteligencias (porque existen diversos tipos), y el entorno tiene mucho que ver con eso; por este y otros factores, se considera que hay personas más inteligentes que otras.

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¿Qué es mejor: nacer inteligente o nutrir la inteligencia?

Hoy, los psicólogos reconocen que tanto la genética como el entorno juegan un papel determinante en la inteligencia. Actualmente, los estudios se centran en definir exactamente cuánta influencia tiene cada factor. Los estudios señalan que entre el 40 y el 80% está relacionado con la genética, lo que sugiere que puede tener un papel bastante importante, pero no definitorio.

Un niño puede nacer con genes brillantes, pero si ese niño crece en un entorno desnutrido y no tiene acceso a oportunidades educativas, es posible que no obtenga buenos puntajes de IQ.

Además, según un estudio del Centro Nacional de Información de Biotecnología de Estados Unidos (NCBI), otros factores biológicos como la edad materna, la exposición prenatal a sustancias nocivas y la malnutrición prenatal también pueden influir en la inteligencia. Se sabe que los primogénitos enfrentan mayores expectativas de los padres, por lo que tienden a desarrollar un mayor nivel de inteligencia racional.

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Lynn Skordal

 

¿Es importante ser inteligente?

Los expertos coinciden en que la inteligencia racional y lógica, que suele medirse con el IQ, no es determinante para el éxito en la vida.

Esa mide poquísimas cosas. Las inteligencias aplicadas a los problemas cotidianos son las decisivas en la vida. No quiero decir que la inteligencia o que las pruebas no tengan valor. Pero tampoco hay que sobrevalorarlas.

Si bien existen diferentes tipos y niveles de inteligencia, en general es un concepto que está sobrevalorado. La compasión, la comprensión, la ternura y la honestidad quizás sean valores que pueden ponerse por delante (o que forman parte también) de la inteligencia.