Contesta esta breve encuesta para saber qué tan nocivos son algunos de tus hábitos

Tus pequeños vicios pueden estar contribuyendo más de lo que crees a una crisis mundial, pero tener hábitos resilientes es posible

Es imposible vivir sin ocasionar un impacto negativo sobre el planeta: tan sólo el CO2 producido por la respiración de toda la población mundial es comparable a una décima parte de lo generado por la quema de combustibles fósiles en todo el mundo.

No obstante, la respiración es un proceso natural para nosotros y para miles de otros seres vivos: esto quiere decir que los impactos negativos son tan inevitables como, incluso, necesarios. Y precisamente ahí es donde es pertinente comprender qué es y cómo funciona la resiliencia de los ecosistemas, la cual brinda a éstos un equilibrio preciso para mantener la vida, pese a todas sus contradicciones internas.

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La pregunta sería, entonces: ¿son tus hábitos resilientes también?

Tus formas de vida pueden ser tan resilientes como el planeta lo necesita. Por supuesto, no se trata de causar cero impacto o de ser zero waste (es decir, alguien que no genera basura), pues eso es virtualmente imposible para la mayoría. Sencillamente, debemos entender que los hábitos de los casi 8 mil millones de espíritus que poblamos la Tierra están causando la aceleración de algunos procesos naturales (como lo es el propio cambio climático), generando con ello un impacto negativo a escala masiva como jamás se había visto. Y éste, definitivamente, ya no es algo natural ni resiliente, sino producto de nuestra irresponsabilidad (y de la voracidad de muchas empresas, sin duda).

Por eso es tan importante cambiar nuestros hábitos: no porque pensemos que el cambio sólo dependa de ello, pero sí porque es indudable que podemos aportar algo de manera cotidiana a la lucha contra la crisis ambiental, y que eso puede marcar una abismal diferencia.

Te interesará, entonces, descubrir qué tan nocivos son algunos de tus pequeños hábitos y vicios. Porque, admitámoslo: es realmente difícil saber qué de todo lo que hacemos genera mayores impactos negativos.

Realiza esta pequeña encuesta para saberlo. Entérate de cosas que quizá no sabías y empieza a modificar algunos de tus hábitos (y erradicar algunos vicios) cuanto antes.

 

Según un estudio de la World Health Organization, la producción de tabaco es altamente perjudicial para el ambiente, pues es necesaria la deforestación de cientos de hectáreas. Ello sin contar la polución producida por ese pequeño cigarrillo que te fumas.

 

A su vez, comer de más implica una mayor producción de comida, lo cual acarrea el uso de más recursos naturales. Es el caso de la carne, cuyo consumo se ha incrementado (sin razones nutriológicas detrás sino, más bien, de mercado), ocasionando indirectamente la extinción de 30 especies animales, cuyos hábitats son invadidos para cultivar comida de ganado. Así que piénsalo dos veces antes de pasarte con las porciones de comida.

 

Si usas bicicleta estás entre las personas cuya movilidad no afecta al planeta. Si, por el contrario, usas coche, estás entre las personas cuya movilidad manda más CO2 al ambiente: 500g por kilómetro recorrido. El coche es un vicio también, ¿lo has pensado? Porque muchas veces lo usamos por compulsión o flojera, y no por verdadera necesidad.

 

Las bolsas de plástico ocasionan la muerte de más de 100 mil tortugas marinas al año, pues éstas las confunden con comida. Eso está entre muchos otros problemas que puedes evitar cargando bolsas de tela y diciendo un rotundo “No” a las bolsas de plástico.

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La producción de bebidas alcoholicas, tan sólo en Estados Unidos, genera la misma contaminación que casi 2 millones de hogares en el mismo país. Así que más de una copa de vino en la comida o la cena no sólo le costará a tu salud, sino al planeta entero.

 

Si escogiste la primera opción, estás generando basura que no se recicla. Ni siquiera en países como Gran Bretaña, donde se utilizan 7 millones de vasos de papel al día pero sólo se alcanzan a reciclar 3 millones al año, según el sitio Simply Cup. La única forma de evitar este desastre es cargar siempre con un termo, lo cual no suena tan complicado, ¿o sí?

Todos estos hábitos y vicios, entre otros (como usar demasiada agua para lavar) pueden ser transformados para impactar lo menos posible al medio ambiente. Un poco de fuerza de voluntad y responsabilidad serán suficientes para hacer tu día a día más resiliente.



De la culpa, la frustración y cómo evitar caer en ese espiral con la meditación

No hiciste lo que debías, pero, ¿sentir culpa arreglará algo?

Realizar una disciplina requiere, precisamente, disciplina, es decir, tener orden y paciencia para poder aprender. Si queremos obtener resultados en una práctica, como la meditación o cualquiera semejante, necesitamos comprometernos: darle suficiente tiempo a la semilla que plantamos para que pueda florecer. Lo importante no es ni siquiera el “objetivo final”, sino hacer que el camino sea agradable.

Pero sucede a menudo que perseguir con tanta ansia la disciplina y la perfección nos lleva a retroceder en ese camino. Nos exigimos tanto que cualquier tropezón es como un pecado. Y eso nos hace entrar en una espiral de culpa: una caída sin fin previsible que nos lleva desistir. Y ahí surge la pregunta: ¿sirve de algo juzgarnos tan severamente? Parece ser que rara vez nos ayuda. Lo que sí sirve es conocernos, y eso requiere conocer y reconocer también a nuestra culpa.

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Observa tu culpa (no juzgues) 

En un genial artículo para Tricycle, la psicóloga clínica Tara Brach –también experta en meditación– afirma que lo primero que tenemos que hacer es analizar nuestra culpa.

Según esta experta, observar nuestra propia culpa –que la desata, cómo se desarrolla y cuáles son sus consecuencias– nos ayudará a saber cómo lidiar con ella. Pero antes que nada, nos ayudará a saber que la culpa es ni más ni menos que un sentimiento natural y que no podemos evitarlo. Es uno de esos pensamientos obsesivos que, según la filosofía zen, no debemos intentar bloquear, sino dejar fluir.

Como dice Brach, la culpa puede ser un llamado de atención: un recordatorio de que debemos escuchar a nuestro corazón y lo que realmente queremos. Por otro lado, puede ofrecer una oportunidad de adaptación, porque si nos sentimos mal por algo que no hicimos, ¿qué nos impide hacerlo en otro tiempo o lugar? Lo importante es que la culpa no se convierta en una espiral que conduzca a un paralizante remordimiento. Y menos si no hay razón para ello, ya que a todos se nos puede olvidar hacer algo, o nos puede distraer una preocupación. Porque a decir de Brach:

Actuar desde la culpa no transforma. Sólo refuerza nuestra identificación con un yo deficiente.

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En ese sentido, la culpa es un sentimiento que precede o acompaña a la depresión –el trastorno paralizante por excelencia–, pero que visto de cerca pierde todo sentido. ¿De dónde viene el “sentirnos mal” o nuestra depresión? ¿No vendrá acaso de una aspiración errónea? “Debo ser el mejor”, “No puedo fallar”, “Todo tiene que salir a la perfección”, son imperativos que a veces no son lo que queremos, sino lo que nos imponen.

Para escuchar el mensaje que el sentimiento de culpa nos quiere mandar tenemos que deshacernos de estos imperativos sociales. Después, debemos ver si más allá de estos mandatos hay alguna necesidad interna que no estemos logrando realizar debido a nuestra falta de compromiso o disciplina. Esa será una culpa más sincera y a la que valdrá la pena escuchar, para saber así en qué debemos reflexionar o qué debemos cambiar en nuestra vida.

Un extra hack: conéctate con el aquí y el ahora

Es importante no olvidar que es la vida contemporánea la que nos hace tan difícil el ser disciplinados. Prestar atención por más de un segundo, en nuestra época, es casi imposible, aunque sea tan importante. Si quieres ser disciplinado y más constante, quizá debas intentar con prácticas que no sean tan demandantes y que te permitan entrar a lo que la psicología llama “el estado de flujo”. Por ejemplo, pintar, origami o tejer: tareas creativas que, al realizar, nos permiten entrar en estados meditativos, y que logran conectarnos con el aquí y el ahora gracias a que ejercitan la constancia y la concentración.

 

*Imágenes: 1) cc; 2) Archive Timothy McCarthy; 3) Muhammed Sajid



La sustentabilidad: ¿una crisis espiritual?

Es posible que los problemas ecológicos que enfrenta nuestro planeta tengan como raíz una crisis energética y espiritual.

La naturaleza es el símbolo del espíritu.

– Ralph Waldo Emerson

 

Afirmar que nuestro planeta se encuentra en una crisis ecológica resulta razonable –si tomamos en cuenta como verdadero lo que nos dice la ciencia actual. Si el momento es crítico entonces requiere de una atención especial, pero no sólo porque podría tener consecuencias irreversibles también porque presenta inmejorables oportunidades. Numerosas religiones y tradiciones místicas han reconocido la crisis como un momento de oportunidad de transformación: la muerte siempre contiene latente la posibilidad de renacimiento.

La transformación que podría ocurrir en este enfoque de la crisis ecológica como una oportunidad tiene que ver con la posibilidad de encontrar de manera global un sentido de pertenencia –una relación de interdependencia no sólo entre todos los seres humanos sino entre todos los seres vivos. En cierta forma esto podría estar ya sucediendo: la noción del cambio climático ha surgido en conjunto de la popularización de la teoría de Gaia, del biólogo James Lovelock, y de una forma de renacimiento cultural en el que la naturaleza juega un papel primordial como fuente de salud y creatividad. Al entender que nuestro ecosistema está amenazado descubrimos que nosotros también estamos amenazados lo cual obviamente nos revela que vivimos en una matriz de interconexión biológica.

La amenaza del ecosistema, todo indica, es consecuencia de nuestro consumo inarmónico (poco sustentable) de energía. El uso de combustibles fósiles y pesticidas parece haber contaminado el medio ambiente; la tala inmoderada y la extracción rapaz de recursos parece haber lastimado el balance natural de la biosfera. Uno puede ver esto solamente como el síntoma o como la expresión superficial de un problema más profundo: un desequilibrio energético en nuestra misma sociedad, en nuestros mismos cuerpos (individuales y colectivos). Este desequilibrio, entre otras cosas, podría tener que ver con un sentimiento de separación –entre los seres humanos y la naturaleza.

Carline Savery, del movimiento Sust Enable, identifica el problema de la sustentabilidad como un problema espiritual:

“Hoy tenemos problemas materiales sumamente reales, como la acidificación de los océanos y el calentamiento global, pero estos son manifestaciones materiales de lo que es, en raíz, una crisis espiritual ejemplificada por la asunción persistente de que la naturaleza de la realidad es fundamentalmente objetiva y material”.

Savery sugiere que esta crisis espiritual que se precipita con consecuencias desastrosas en gran medida se debe a que el ser humano se asume como un ser superior a la naturaleza –a todos los otros seres vivos– lo cual le otorga la supuesta autoridad para explotar a voluntad los recursos naturales y concebir a la biosfera como su sirviente. Esto es el resultado de una concepción filosófica que concibe a la naturaleza como un ser inerte (“la naturaleza es muda”, escribió Jean Paul Sartre), avalando en cierta forma su destrucción en beneficio del hombre.

Actualmente resulta evidente que la destrucción de la naturaleza (en su explotación desmesurada) no resulta en beneficios para el hombre pero más allá de eso, la noción que Savery busca avanzar es que cualquier daño a la naturaleza es también un daño a la humanidad.

La espiritualidad tiene como fundamento una sensación de integración, de totalidad (en inglés la palabra whole –completo– y la palabra health –salud– tienen la misma raíz.) Esa sensación de totalidad sólo puede alcanzarse a través de una comunión con todos los seres vivos. Es por ello que la espiritualidad moderna, al igual que la ecología, necesariamente requiere de una vinculación profunda entre el hombre y la naturaleza (en su conjunto pero sobre todo en cada uno de sus componentes: entre el individuo y los árboles, plantas y animales con los que convive).