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Por qué todos deberíamos celebrar que Guillermo del Toro y la fantasía hayan triunfado

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El Oscar a la mejor película de este año reconoce la genialidad de Guillermo del Toro y, también, el valor de la fantasía en nuestros tiempos.

Si no hubiésemos jugado con la fantasía, jamás habría nacido una obra creativa.

La deuda que tenemos con la imaginación es incalculable.

Carl G. Jung

La película La forma del agua (The Shape of Water, 2017), del mexicano Guillermo del Toro, fue la gran triunfadora en los recientes Premios de la Academia. Pero más allá de la película en sí, o de su genial autor, este triunfo es también, y quizá antes que del resto, para el reino de la fantasía. Esto es algo que todos debiéramos agradecer.  

La fantasía también conduce a la verdad. Muchas veces no la tomamos como debe ser. Ahora en esta ceremonia es muy bello para mí. Una de las cosas más ricas es la fabulación y la posibilidad de soñar mundos, fábulas, parábolas para momentos difíciles.

Le quiero decir a todos quienes están soñando en la parábola de utilizar la fantasía para contar historias sobre la realidad del mundo actual, que pueden lograrlo; esto (su premio) es una puerta, crúcenla y entren.  

En su ensayo “On Fairy-Stories”, J. R. R. Tolkien propone al ejercicio de la fantasía como el máximo arte: “La fantasía es, creo, no una forma baja de arte sino una más alta, de hecho la forma más pura posible, y por lo tanto (cuando se logra) la más potente”.

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¿Por qué debemos celebrar un triunfo de la fantasía?

En una realidad dominada por algoritmos, selfies y la simulación de conocimiento, la fantasía emerge como un absoluto bálsamo. Ya diversas voces se han alzado para abogar por una “reencantamiento” de la realidad, es decir, recuperar literalmente el encanto en nuestras vidas y en nuestra forma de relacionarnos con el mundo, tarea en la cual la fantasía se presenta como inmejorable herramienta.

Lo anterior podría implicar incontables beneficios, desde a nivel neuronal, para ayudarnos a hackear los malestares mentales de la época –por ejemplo el estrés o la ansiedad–, hasta favorecer una reconexión con la naturaleza, con sus fuerzas y recursos, los cuales, por cierto, alguna fueron sagrados.

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La fantasía, tal vez paradójicamente, nos permite intimar con la realidad: entablar lazos empáticos, incluso amorosos, con ella. La relación con un espacio o un objeto (digamos, un árbol) con los que hemos fantaseado –es decir, llevado a posibilidades que rebasan sus roles establecidos por medio de un ingrediente narrativo– se vuelve mucho más entrañable que con aquellos que simplemente registramos de acuerdo a los cánones de la realidad tradicional.

Fantasear no sólo nos conmina a explorar los límites de una realidad convenida sino a jugar con ellos y, con un poco de suerte, a expandirlos. Si consideramos que como especie estamos frente a retos monumentales –incluida nuestra supervivencia– parece justificado afirmar que cualquier vehículo que encause nuestra creatividad, así como la búsqueda de respuestas inéditas a interrogantes milenarias, es hoy más importante que nunca.

 

Buen momento para practicarla…

Hoy la fantasía está, con Guillermo del Toro como embajador, de fiesta. Ojalá que este reconocimiento hollywoodense no sea más que el comienzo de un proceso de su revaloración entre nosotros; hasta se antojaría pensar en ella como una suerte de obligación cívica. En todo caso, ¿qué mejor forma de revalorar la fantasía que practicándola? 

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