La economía budista: una propuesta para comenzar a cultivar bienestar por encima de la productividad

Un modelo de economía budista, según Clair Brown, busca cultivar la prosperidad compartida

El mundo no tiene suficientes recursos como para que todo seamos millonarios, pero tal vez sí suficientes para que todos podamos vivir moderadamente. La economía tradicional cree que más es más, mientras que la economía budista considera que menos es más.

El trabajo y el dinero son sólo una parte de la vida; existen otras cosas en qué involucrarse. Así es como los economistas interesados en el budismo traducen la ecuación de las finanzas. Crecimiento y desarrollo basado en principios espirituales (incluso naturales) como la felicidad misma, sería la premisa de una economía budista, en vez de adquisición de bienes materiales; en esencia, darle prioridad a lo que es importante, las personas.

La doctora Clair Brown es profesora de economía y la directora del Centro para el Trabajo, la Tecnología y la Sociedad de Berkeley. Interesada en estudiar la pobreza y formas alternativas al capitalismo escribió Buddhist Economics: An Enlightened Approach to the Dismal Science, donde el planteamiento fundamental es que necesitamos, en todo el mundo, un modelo holístico de economía.

El budismo es el camino de no excederse, el camino medio; en términos del dinero y los bienes, esto implica “tomar lo suficiente”. Si el capitalismo se basa justamente en generar oferta y demanda y tomar más de lo que necesitas, ¿quién y cómo decidir cuánto es suficiente?

Lo que mueve y ha movido la actividad económica es generar necesidades que no lo son, gastos basados en la apariencia y en una idea de realización dependiendo de cuántas cosas se pueden comprar. La publicidad y la economía pueden llegar a manipular miedos y deseos para hacernos adquirir cosas por estatus o para llenar un vacío.

Muchas veces la gratificación y el éxito se miden por bienes materiales y la idea de obtener éstos casi sin importar los medios; con ello, se genera un ambiente de competitividad y oportunismo insaciable.

Desde temprana edad la doctora Brown se dio cuenta de la distribución desigual y la segregación, y esto la inspiró a buscar nuevos modelos de economía.

Un modelo de economía budista estaría enfocado en cultivar “prosperidad compartida” (es decir sustentabilidad, pero con un marco espiritual). Una vida con sentido y propósitos menos egocéntricos genera bienestar y el bienestar, de acuerdo con los especialistas, también genera riqueza.

Se ha llegado a reducir la idea de generosidad; pensar en las generaciones futuras, en qué mundo y con qué recursos los vamos a dejar, es pensar con prospectiva y reciprocidad, un grado de conciencia que se plantea en el budismo.

El óctuple noble sendero es la “guía” del budismo hacia la liberación. Uno de estos ocho puntos consiste en llevar una correcta manera de vivir, contemplar lo que recibimos y lo que damos: ¿quién lo hizo, cómo lo hizo, dónde lo vende, a quién se lo vende… qué se hace con las ganancias? Si todos aplicáramos esta conciencia, podríamos contrarrestar el derroche y la avaricia.

Más bienes compartibles y compartidos y mejores servicios para una mejor calidad de vida serían principios fundamentales que el budismo podría aportar a la economía.

En resumen, ahorro, empatía, austeridad y moderación, serían las nobles verdades para una economía que nos permita vivir con menos, pero con mayor bienestar entre todas las naciones.

Hay motivaciones psicológicas detrás de las decisiones económicas, pero en la medida en que somos éticamente maduros, es posible una vida menos centrada en el consumismo y más en la cooperatividad.

En el video a continuación puedes encontrar más información sobre la economía budista de Brown:

 



Esta podría ser la respuesta al mayor problema que enfrenta la humanidad

Priorizar a las personas antes que al capital y promover el modelo de cooperativas debe ser la apuesta de un país que quiere crecer.

La economía social probablemente sea la pieza clave para resolver la desigualdad en el mundo. De acuerdo con Joseph Stiglitz, Nobel de Economía, “si un país quiere crecer, debe apostar por la economía social”, ya no basta con usar índices como el PIB (producto interno bruto) para definir el estado de bienestar de un país:

La economía social va más allá de eso, se trata de cómo esos recursos llegan a la población para atender la desigualdad, principalmente, y esto beneficiará la expectativa de vida, el empleo y en general, la calidad de vida de los ciudadanos.

La ecuanimidad económica es un tema que ha ido cobrando más fuerza en esta época. La palabra ‘proporción’ es básica para encontrar el equilibrio y en este sentido, la desigualdad que ha aumentado en países como Estados Unidos desmiente la promesa del anhelado ‘sueño americano’.

 

¿Qué está pasando en la distribución del ingreso y la riqueza? 

Otra manera de considerar y medir la desigualdad en un país es comparar los ingresos de los que están más arriba con los del trabajador promedio de clase media.

En el documental Desigualdad para todos (Inequity for all), Robert Reich, experto en política económica, explica que en 1978 el trabajador varón típico ganaba $48,000 dólares anuales (con el ajuste por la inflación) mientras que, en promedio, alguien del 1% de la capa más alta ganaba $390,000.

En el 2010, el típico trabajador ganaba aún menos que en 1978, pero quien estaba en la cima ganaba más del doble que antes. Desde hace 5 años, 400 estadounidenses tienen una riqueza mayor que la mitad de la población de Estados Unidos.

Reich señala que una economía estable sólo se logra con una sólida clase media: “El consumo representa el 70% de la economía en EE.UU, y el corazón de ese consumo es la clase media, sin una clase media dinámica y creciente, no se puede sostener”.

¿En qué momento la desigualdad se vuelve un problema?

Si 400 estadounidenses son cada vez más ricos, mientras que la mitad de la población permanece estancada salarialmente, no hay forma de tener una clase media activa y mucho menos hay posibilidad de reducir la brecha de ingresos.

 

La productividad no es proporcional al desarrollo

La productividad continúa al alza en varios países del mundo, incluido Estados Unidos, y eso es visto con buenos ojos, pero el problema es quién se beneficia de esa mayor productividad.

Existe una desconexión entre la productividad de la fuerza laboral y el dinero que se paga al trabajador por cada hora. La desigualdad y el poco enfoque social han llevado a indicadores no deseados para la economía norteamericana.

Y es así como Stiglitz promueve el modelo de cooperativas -que, como figura legal, va cobrando más fuerza a nivel mundial-.

Esto es un síntoma de la llegada de la economía social, la cual busca priorizar a las personas antes que al capital y promover valores de democracia y solidaridad a través del trabajo organizado

Actualmente, hay alrededor de 1,926 cooperativas de 65 países, con una facturación total de 2,623.1 millones de dólares anuales.

Cuando las personas trabajan juntas, se pueden mitigar algunas debilidades del mercado (…) Las cooperativas hacen que los individuos cooperen más, mientras que el mercado los hace más egoístas.

 

Acciones para un futuro mejor

La economía social ha tomado valor en otras esferas como la de la tecnología, en donde Google plantea construir economías circulares en las ciudades como una suerte de proyecto colectivo donde no haya consumidores pasivos, sino agentes activos en todo el proceso económico.

En México existen cooperativas muy conocidas, como la Cooperativa La Cruz Azul o la Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual, y algunas otras de carácter más comunitario, como la Unión de Cooperativas Tosepan o la Unión de Comunidades Productoras Forestales Zapotecos-Chinantecos de la Sierra (UZACHI), entre otras.

Las fracturas comienzan desde la inequidad, desde la falta de oportunidades para acceder a la educación, lo que provoca más fragmentaciones, como la xenofobia. El poder corrompe y cuando la cantidad de dinero no tiene límite puede degradar, socavar y corromper una democracia.

Tal vez no exista una fórmula para resolver la desigualdad en un instante, pero si somos quienes mueven la economía y ponen las reglas, tenemos el poder para cambiarlas, empezando por la organización y la cooperación que lleven a una economía social.

 

* Collage: Ecoosfera



¿Qué es una blockchain y por qué podría cambiar el futuro de la mente colectiva?

Nuestra forma de pensar la realidad podría estar cambiando gracias a las posibilidades que ofrecen las redes digitales y el internet.

La forma en la que funciona el mundo está cambiando. La sociedad tiene necesidades, y cada vez es más evidente que necesitamos desechar la anticuada estructura vertical, donde tenemos que escalar para empoderarnos. La sociedad que estamos repensando hoy en día es horizontal: una red de individuos que estamos construyendo algo más parecido a una colectividad. 

De hecho, muchos están imaginando estructuras sociales y económicas completamente distintas de las que la modernidad había planteado. En este sentido, la noción de “blockchain” es uno de los pilares de esta nueva forma de conceptualizar el mundo.

¿Qué es una “blockchain”?

El concepto es reciente, pero está revolucionando rápidamente a Occidente: una “blockchain” es un sistema de información compartido que sirve para intercambiar datos. Estos datos pueden representar valores, por ejemplo, económicos. En realidad las “blockchains” son grandes base de datos, que registran diferentes tipos de movimientos virtuales (como transacciones comerciales o intercambios de datos personales).

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Estos son distintos tipos de redes. En el caso de las blockchains, lo que se plantea es construir una estructura distribuida, representada por la figura C de esta imagen.

Todos los usuarios del sistema conforman una red y pueden acceder a él y alimentar la base de datos; la condición es que nadie puede modificar o borrar la información que esta contiene. Para protegerla esta información se encripta y la red de información no es administrada por ningún sujeto en especial. En su lugar, hay copias de la base de datos en las computadoras de todos los usuarios. Así, las blockchains —como el nombre lo indica— forman una cadena con bloques de información cerrados, pero actualizados constantemente. El registro de cada movimiento virtual no puede ser modificado, pero la información no está centralizada.

¿Por qué este sistema podría cambiar el futuro de la mente colectiva?

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Toda interacción social crea una red. Imaginemos que una persona conoce a otra e intercambian datos como su nombre y algunos gustos personales. Esta información tiende un puente entre ambas personas. Si una de ellas le platica a una tercera persona sobre este sujeto que conoció, la información tiende un puente entre las tres personas involucradas. Cuando estas redes de intercambio son digitales, tenemos un registro muy preciso de su desarrollo. Un ejemplo de esto son, evidentemente, las redes sociodigitales, como Twitter o Facebook.

Así, trazando las interacciones entre personas, entendemos cómo forman cadenas que se distribuyen diferentes cosas. Algunas veces sólo son datos, otras objetos o dinero, a veces, incluso, son ideas. Una persona que está comunicada con más personas, puede distribuir más cosas.  Un ejemplo cotidiano de esto son las personas famosas. Como tienen mucha “influencia comunicativa” tienen más capacidad de hacer llegar sus ideas y otros recursos (como su trabajo) a más personas.

En las sociedades occidentales se tiende a ese “empoderamiento en la red”. En otras palabras, buscamos que nuestra “influencia comunicativa” sea mucho más amplia. Procuramos agrandar el número de personas a las que les podemos comunicar o hacer llegar cosas.

Claro que, toda entidad que tenga mucha fuerza de influencia comunicativa, la tiene por una razón específica. Es posible que las personas que la rodean se la hayan otorgado. O que su nombre haya sido distribuido por otra entidad relevante (como si una televisora importante presentara a un actor, volviéndolo “famoso”). Algunas de las entidades que tienen más fuerza de influencia comunicativa, la tienen porque les hemos pedido que se encarguen de cohesionar la red: los gobiernos y bancos, por ejemplo.

Los bancos en realidad no son los pilares de nuestra economía. Todos los que formamos parte de un sistema social somos igual de importantes, porque sin cada uno, la red no podría ser lo que es. La diferencia entre un banco y una persona es que un banco tiene más conexiones para distribuir sus recursos, entonces digamos que tiene más posibilidades de administrar la red. A estas instancias les llamos intermediarios.

Lo que las blockchains se plantean es eliminar a los intermediarios. De esta forma, la red se auto-administra y su estructura solo responde al flujo que sigue la distribución de información y no a las intenciones personales de un intermediario. Esto, en teoría, lo primero que erradicaría en una transacción económica o de datos personales es la corrupción.

Se piensa que al eliminar a los intermediarios, por medio de las blockchains, estamos transitando a una sociedad verdaderamente horizontal o colectiva. Lo que está detrás de las blockchains es la búsqueda por empoderar a cada individuo y democratizar la participación en la estructura social.

Pero ¿es en realidad la horizontalidad lo que necesitamos?

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Un sistema auto-regulado que no admite “el error humano” amenaza la diversidad y podría resultar contraproducente.

Ahora, vale preguntarnos —porque es valioso cuestionarlo todo— si deberíamos dejar que la completa horizontalidad sea lo que nos estructure. Ser horizontales es ser idénticos en términos de posicionamiento y esto erradica o “aplana” las diferencias. Y aunque esto podría parecer positivo en la superficie, es la variabilidad —o diversidad— lo que nos permite adaptarnos a distintos entornos, sobrevivir. Si estamos todos en la misma posición, podríamos volvernos vulnerables ante los grandes cambios de nuestro entorno, tanto político, como ecológico.

Mientras que las blockchains prometen equilibrio y participación social igualitaria, no deberíamos dejarnos llevar —sin hacer preguntas— por la pura promesa de la democracia. Pues es esta democracia occidental la que pone en primer lugar —o por lo menos como telón de fondo de toda significación humana— a un sistema económico de intercambios. Y eso no hay que dejar de cuestionarlo.