Científicos han detectado la cuarta dimensión con estas pruebas

Nuevos estudios de física nos acercan a la cuarta dimensión, y sus descubrimientos podrían aplicarse a nuestro propio espacio-tiempo.

El divulgador científico Carl Sagan ya lo decía: no podemos experimentar la cuarta dimensión. Pero vaya que podemos pensarla. Y ese ha sido motivo de fascinación para la ciencia desde que la primera pista sobre otras dimensiones fue revelada por Albert Einstein y su teoría de la relatividad espacial. Aun así, eso no nos ha impedido buscar evidencia de dimensiones más altas.

Hasta ahora, se tiene evidencia de la existencia de una cuarta dimensión. Incluso ha sido posible elaborar modelos gráficos, como el del hipercubo: un cubo dentro de un cubo. Pero más allá de metáforas, los científicos creen que podemos arribar a la cuarta dimensión, ­al menos matemáticamente.

Esto es lo que hicieron los científicos detrás de dos experimentos conducidos simultáneamente en Estados Unidos y Europa y publicados en la revista Nature.

En estas pruebas, los investigadores utilizaron como premisa el efecto Hall, el cual ocurre al colocar un campo magnético perpendicular a un material que esté conduciendo corriente, produciendo que los electrones sean arrastrados a los lados. Es decir: los electrones quedan atrapados en un sistema de dos dimensiones, pues sólo pueden moverse de un lado a otro. Los científicos encontraron que este efecto, matemáticamente, también podría suceder en un sistema de cuatro dimensiones. ¿Por qué?

Imaginemos nuestra sombra: ésta es evidentemente plana, de dos dimensiones. Pero lo que la ocasiona es nuestra propia figura de tres dimensiones. La hipótesis de los físicos era que, a partir de experimentos hechos al interior de diseños de ingeniería con configuraciones bidimensionales, se podían simular los efectos de la cuarta dimensión y estudiar sus “sombras” tridimensionales, producidas por las partículas en sistemas de dos dimensiones. Y como el efecto Hall puede realizarse a nivel cuántico, pensaron que podrían experimentar sobre los átomos y sus sistemas dimensionales por medio de éste.

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Así es como podemos arribar a la cuarta dimensión… por ahora

  • Los físicos europeos crearon un sistema 2D con átomos del metal rubidio llevados al cero absoluto (a la inmovilidad) y con límites establecidos por láser. En este sistema los científicos lograron simular el transporte de cargas eléctricas, aunque los átomos no estaban cargados.
  • Los físicos estadounidenses crearon un sistema con partículas ligeras, en el cual la luz pasaba por un cristal capaz de controlar ondas de luz con el efecto Hall cuántico. En este sistema la luz tuvo que viajar entre ambos puntos, pero los científicos lograron que los fotones saltaran hacia los bordes opuestos y las esquinas de su sistema.
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Ilustración del paso de la luz a través de una matriz bidimensional de guía de ondas. La luz que fluye a través del dispositivo se comporta de acuerdo con las predicciones del efecto Hall cuántico. (Mikael Rechtsman/Universidad Estatal de Pensilvania)

Mediante este sistema de “dimensiones inferiores” es como los físicos piensan que podemos arribar a la cuarta dimensión, por lo menos desde la perspectiva matemática y física. Pero se espera que estos hallazgos funcionen en nuestra despechada tercera dimensión, y que una nueva física aplicada a la cuarta dimensión ayude a elaborar dispositivos para usar las ventajas de mayores dimensiones en otras más bajas, como la nuestra.

Esto es aún más emocionante si pensamos que el universo no es sólo un universo (es decir, por su etimología, uno y todo lo que le rodea) sino un multiverso, el cual se cree que tiene 11 dimensiones. Según las teorías de los físicos, si hubiese más dimensiones, el universo colapsaría.

¿Será que en algún momento los nuevos aportes de la física nos llevarán a explorar, metafórica y matemáticamente, esos otros desconocidos pasajes?

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*Imágenes: 1) Gavin Potenza; 3, 5) Paccinetti



Nuestra civilización no se resume en héroes de granito: nuestra civilización es civismo y ayuda mutua

La realidad actual exige valorar la civilización desde otras raíces, sin duda, más reales y humanas.

Civilización es un concepto que nos hace sentir pequeños ante la inmensidad de los logros humanos. Nos remite siempre a las grandes hazañas: a los avances, a las potencias, a los héroes. Y a veces también a los cimientos sobre los cuales construimos nuestra civilización tecnológica y tecnocrática.

Pero la civilización no sólo es estructura y memoria. 

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La civilización es una idea asociada a grandes imperios y a monumentos históricos, sin embargo, también proviene de las cualidades humanas, donde civilizado adquiere un papel protagónico social: ya no es el ser independiente, sino un nuevo ser conectado a otros seres en unidad, a través de la cultura, el lenguaje… el modo de pensamiento.

La interacción con los otros es indispensable para las especie humana, y en este sentido nos hemos inclinado, de manera orgánica, a dialogar para habitar espacios compartidos. Estos espacios no sólo han sido creados en conjunto, sino que son el vivo ejemplo de una sentencia que se ha olvidado hoy día: la ayuda mutua y la cooperación social en favor de todos, es decir, la empatía.

De manera que la civilización es, más allá de estructura, memoria y sedentarismo, una suerte de ánima o conciencia que funciona con todos para dar pauta al progreso

Jamás podríamos hacer entender a un hombre de la antigua Grecia, el tipo de civilización actual. Aristóteles sabía que la civilización de la que era parte se cimentaba en la esclavitud, y que sólo así la polis griega podía existir. Para nuestra moral esto es inaceptable, pero de la esclavitud dependía en Grecia la libertad de los llamados ciudadanos: los privilegiados, militares y terratenientes, quienes al no tener que trabajar tenían el tiempo de organizar la sociedad, deliberando y aplicando leyes. Es decir, los ciudadanos podían hacer política, y era sólo mediante ésta que podían mantener su estatus de ciudadanos.

Ahora, la civilización se sustenta sobre otros principios, como el de la igualdad entre seres humanos.

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Ser civilizado, por lo menos, públicamente, es ser habitantes de ciudades donde “todos somos iguales”. Aquí la gente contrae matrimonio, tiene hijos, casa y automóvil. No obstante, aún existe la esclavitud, que es la que sustenta esos estilos de vida. Pero a diferencia de los griegos, no todos podemos hacer política: vivimos en tiempos de una exacerbada democracia representativa, que suele mutar en regímenes autoritarios y mandatos presidenciales extravagantes, como el de Donald Trump

Pero todos aceptamos, de una u otra forma, esta dinámica, y orgullosos nos proclamamos “civilizados”. No obstante, detrás de la aseveración “somos civilizados” existe, tácitamente, un contrario lógico: no somos bárbaros. Y no queremos ser los bárbaros, nunca.

Pero, ¿y si ya somos los “bárbaros”?

Quizá necesitamos una redefinición de civilización –y de paso de “barbaridad”, para lo que podemos ir pensando en lo que significa que Donald Trump sea presidente del país con más recursos militares del mundo. Porque cada cierto tiempo deben actualizarse nuestros conceptos, esos elementos del lenguaje que nos permiten inteligir el mundo.

Si no estamos de acuerdo con Aristóteles y los griegos, y no queremos naturalizar la esclavitud, ¿qué tipo de civilización tendríamos que construir? Si los postulados modernos sobre la igualdad no se ven reflejados en la realidad, ¿qué tenemos que replantear?

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Podemos seguir pensando a la civilización con las grandes magnitudes que la caracterizan (seguimos pensando en Grecia y Roma, ¡que tienen más de dos años!). Pero vale la pena pensar también en los microcosmos que existen en cada espacio civilizado, y que de hecho lo conforman y lo hacen posible. Porque la civilización son también los grupos excluidos, y erróneamente catalogados como minorías: las mujeres, los negros, las lesbianas, los gays, los indígenas, los jóvenes, los niños, y todos los hombres que transitan por cada civilización. Somos todos, en realidad, los de las grandes hazañas. 

Así que la nueva civilización tendría que empezar por comprender esto, y comenzar a redefinir lo que verdaderamente podrá dar sustento a la existencia humana del futuro. Más empatía, más compasión, más civismo, más activismo digital, más causas, más ayuda mutua; más luchas, más defensas del territorio y la cultura, más diversidad y menos inequidad, más espacios públicos, menos sector privado y cada vez más conciencia colectiva. 

 

 

1) y 4) Douglas Hale, 2) raw stroy

 

 

 



Determina con estas sencillas pruebas si eres un ser de la 4ta dimensión

Johann Zöllner, astrónomo y espiritista del siglo XIX, ideó una manera de probar si una persona podía ser al mismo tiempo habitante de otros planos de realidad.

La realidad puede comprenderse como una superposición casi infinita de planos. Realidades simultáneas que se multiplican y coexisten como reflejos de espejos enfrentados, en el vértigo de lo infinito y lo inconmensurable. Si de pronto pensamos en un fragmento de nuestra realidad personal, ahí descubriremos ese vértigo, las muchas realidades presentes en un solo instante.

Es posible que por esta forma de percibir la realidad pensemos que esta, no es la única posible, que la realidad que habitamos y vemos sea una entre muchas, pensamos que así como la mosca que planea no es capaz de entender la realidad que leemos en el periódico, así también existen otros planos de realidad cuya comprensión se nos escapa.

El siglo XIX fue rico en estas especulaciones. El espiritismo, por ejemplo, fue sumamente popular en la época, sobre todo en Francia, Inglaterra y algunos países de América, e incluso personas de renombre como Sir Arthur Conan Doyle o, en México, el presidente Francisco I. Madero, fueron simpatizantes entusiastas de la práctica funda por Allan Kardec.

También en dicha época, un reconocido científico, astrónomo de profesión, ideó una serie de pruebas para saber si alguien vivía al mismo tiempo en este plano de realidad y en una cuarta dimensión. 

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Se trata de Johann Zöllner, profesor de Leipzig, estudioso de la óptica y de los planetas, quien en algún momento pensó si nosotros somos capaces de garabatear unas líneas sobre una hoja de papel y, de este modo, irrumpir prácticamente sin límites en el plano bidimensional, así un residente de la cuarta dimensión sería capaz de modificar a su antojo las condiciones de la tercera dimensión.

De este modo, la prueba consistiría en intentar algo imposible y sin embargo simple. Por ejemplo, intentar hacer un nudo con una cuerda colocada debajo de una hoja de papel. A menos que los dos extremos del lazo sobresalgan, podrías hacerlo sin retirar la hoja. O, claro, si provienes de una cuarta dimensión, en cuyo caso podrías atravesar la superficie sólida y hacer el nudo. Lo mismo si tuvieras un par de aros de un material sólido como la madera: como hacen los magos (aunque por medio de la ilusión), serías capaz de unirlos o separarlos sin ningún punto de apertura.

Hasta aquí las pruebas son sencillas, pero Zöllner también pensó en una más radical: revertir la estructura del ácido dextrotartático. Una de las moléculas de esta sustancia se polariza de un modo muy particular por efecto de la luz. Según el astrofísico, un ser de la cuarta dimensión podría polarizar la molécula de una forma opuesta a la esperada.

Hasta ahora no se tiene noticia de alguien que haya realizado lo propuesto por Zöllner, lo cual tampoco quiere decir que no sea posible. Quién sabe, acaso un día, de la nada, tomes dos objetos sólidos y los lleves uno contra otra, y te des cuenta de que pudiste atravesarlos. Y si antes leíste esto quizá no te sorprenderás totalmente: ya sabrás que eres un ser de la cuarta dimensión.

 

*Imagen principal: Mariano Peccinetti