Sobre la naturaleza del karma: una lección de Robert Anton Wilson y su hija

El escritor estadounidense nos comparte cómo su hija de 13 años le hizo comprender el misterio del karma.

El escritor y filósofo Robert Anton Wilson es una de las personas que mayor humor y frescura han inyectado a la crítica de las filosofía new age, la espiritualidad y creencias afines. En sus libros de ensayo y novelas, el principio de la duda socrática es reconciliado bajo un nuevo modelo de “túneles de realidad” y de psicología cuántica en el que la epistemología y la ontología se convierten en autorreflexiones.

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Siempre es interesante y divertido leer lo que Anton Wilson tiene que decir sobre los grandes temas de filosofía y espiritualidad –sobre todo por cómo lo dice–. Un caso interesante tiene que ver con cómo el escritor estadounidense entendió lo que significaba el karma a partir de su hija de 13 años –siguiendo aquel principio de que los niños son también nuestros maestros.

Anton Wilson narra que sus hijos habían tomado una predilección por temas como la astrología y la espiritualidad oriental –bajo el filtro pop occidental–. Esto le preocupaba; pero en lugar de intentar modificar sus creencias, discutir estos temas abiertamente logró un milagro: que sus hijos adolescentes en verdad escucharan las ideas de un padre de 46 años.

La admirable lección de su hija Luna

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Luna tenía un especial talento para pintar utilizando acuarelas en las que trataba de Mostar la Luz Clara de la que se habla en el budismo. Sobre ella dice Anton Wilson: “Luna, la más pequeña, me enseñó la lección más dura”.

Un día Luna fue golpeada y robada por un grupo de jóvenes afroamericanos regresando de la escuela. Afligido, su padre inició una diatriba contra el karma: “El karma es una máquina ciega. Los efectos del mal siguen y siguen pero no necesariamente regresan a los que iniciaron ese mal”. 

Al día siguiente Luna estaba de nuevo en su centro, radiante como siempre, lo cual alegró a su padre, quien se lo hizo saber. “He detenido la rueda del karma”, dijo Luna. “Todo el mal karma está con esos chicos que me pegaron. Yo no me quedó con nada de ello”.

Lo anterior hizo reflexionar a Anton Wilson, que observaba alegre y con una belleza etérea a su pequeña Luna. Y al respecto escribió:

El  Karma, en las escrituras budistas originales, es una máquina ciega; de hecho, es funcionalmente idéntico al concepto científico de ley natural. Ideas éticas sentimentales de justicia fueron añadidas más  tarde por teólogos que razonaban desde sus propios prejuicios morales. Buda simplemente indicó que las crueldades e injusticias del pasado están todavía activas: sus efectos siempre se siguen sintiendo. Similarmente, explicó, todo el bien del pasado, toda la generosidad, paciencia y amor de las personas se sigue sintiendo. Ya que la mayoría de los humanos sigue estando controlado por reflejos bastante robóticos; la energía negativa pesa más que todo lo bueno y la tendencia de la rueda es moverse en esa misma dirección terrible: la violencia generando más violencia, el odio generando más odio, la guerra generando más guerra.

¿De dónde proviene el karma, según la filosofía budista?

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Según el budismo, el karma es la ley de la causalidad moral. Se trata de una especie de “sentido de desigualdad” que diferencia a cada persona, una fuerza ligada a causas pasadas o a las propias acciones presentes. Según la leyenda, y en palabras de Buda, “todos los seres vivos tienen acciones (Karma) propias; su herencia, su causa congénita, su pariente, su refugio. Es el Karma lo que diferencia a los seres en estados bajos y elevados”. Con esto, Buda intentaba explicar el por qué habemos hombres y mujeres tan diferentes entre sí; con muchos destinos, con diferentes suertes (ya sea de pocas y grandes oportunidades o de muchas)…por qué, algunos hemos de ignorar las enseñanzas de la intuición, mientras que otros pueden percibir el mundo con una sensibilidad singular que les condena, muchas veces, a la soledad. Siguiendo la filosofía, las tendencias kármicas acumuladas y heredadas en el curso de vidas anteriores, pueden a veces desempeñar un papel mucho más importante que las mismas células y genes hereditarios parentales, en la formación de características físicas y mentales.

En el mismo texto donde se relata este fragmento, Buda subraya, y recuerda que el karma no solo es definido por eventos pasados, sino también por los presentes, debido al libre albedrío. Si esto no sucediese, el karma sería una especie de ley fatalista, que advierte la desdicha de los seres. De esta manera es como el hombre puede construir su propio destino y no permitir que las fuerzas de vidas pasadas aureolen el desenlace de sus acciones. 

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El karma suele ser ligado al sufrimiento, pero no porque sea bueno o malo, sino porque es parte de la rueda de la vida, de la impermanencia y de un mundo de causa y efecto que en cierta forma encadena concatenándonos a la identificación del ego. Detener la rueda es detener el sufrimiento, y liberarse del mundo –del pasado y de los apegos–; escribe Wilson:

La única forma de detener la rueda es detenerla desde dentro de ti. Esto no es fácil,  pero una vez que entiendes lo que Gurdjieff llamó “el horror de nuestra situación”, no tienes otra opción más que seguir intentando… Y Luna, a los 13, entendió esto mucho mejor que yo a los 42, con toda mi erudición y filosofía. Yo que todavía consideraba su vegetarianismo absoluto y pacifismo como sentimentaloides.



Kaihōgyō: el mortal maratón budista de 1,000 días para alcanzar la iluminación

Sólo 46 monjes han logrado la proeza de terminar el riguroso reto del kaihōgyō desde el siglo XIX.

Los maratones en las ciudades son eventos que reúnen a multitudes y las obligan a ir más allá de sus propios límites. Pero existe un maratón que no sólo pone a prueba la disciplina física, sino que también obliga a sus participantes a trascender sus límites espirituales. Se trata de un reto de 1,000 días (7 años), con el objetivo de convertirse nada menos que en un buda viviente: el kaihōgyō.

Los monjes de la secta Tendai viven en el monte Hiei, a las afueras de Kioto, en Japón. Cuando un monje decide embarcarse en un kaihōgyō, se sabe que está frente a una prueba extrema que probablemente no logrará completar.

Se espera que los primeros 100 días el monje corra 30 kilómetros diarios por las montañas, deteniéndose en alguno de los 260 altares a lo largo del camino para ofrecer oraciones a los ancestros y a otros monjes pasados.

Muchos de esos altares son para monjes que se quitaron la vida al no ser capaces de completar el kaihōgyō.

 

Atravesar las puertas de la muerte

Los primeros 100 días, el monje se levanta a medianoche y comienza a correr en la oscuridad durante 30 kilómetros. Al terminar de correr, más o menos a las 8 de la mañana, se espera que el monje cumpla sus obligaciones normales en el templo durante el día. Esto les deja poco más de 4 horas de sueño diario.

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Sandalias tradicionales para correr

Hoy en día los monjes pueden abandonar el kaihōgyō antes de los 100 días. Pero si atraviesan el día 101, su tradición exige completar la prueba o morir. El monte Hiei está lleno de tumbas de monjes que no completaron la prueba.

Los siguientes 5 años transcurren así, corriendo 30 kilómetros diarios. En ese momento viene la prueba más difícil: el dōiri, un ritual de 9 días donde el monje no puede comer, beber ni dormir.

El monje debe repetir un mantra sin parar, además de traer agua de un manantial a las 2 de la madrugada, no para beber, sino para ofrecer a la estatua del Buda Fudō Myō-ō. Todo esto bajo la estricta vigilancia de otros monjes, que no le permiten dormitar.

El dōiri simboliza la muerte física del monje, un paso por el inframundo en una de las torturas físicas más brutales que se puedan concebir.

El comienzo del sexto año consiste en correr 60 kilómetros diarios por 100 días consecutivos, y el séptimo año debe correr 84 kilómetros durante los primeros 100 días, luego de lo cual la prueba termina con otros 30 kilómetros diarios durante el tiempo restante.

La distancia total que los monjes corren durante el kaihōgyō equivale a la circunferencia de la Tierra.

 

¿Por qué?

Solamente 46 monjes han completado el kaihōgyō desde 1885. Al final ellos no reciben una medalla ni un premio, ni siquiera una invitación a las Olimpiadas.

Esta dura prueba no es un evento deportivo, sino un desafío espiritual: el kaihōgyō simboliza un entrenamiento para acceder a la iluminación, así como para llevar a otros a alcanzarla mediante el ejemplo.

A diferencia del maratón occidental, esta prueba de los monjes Tendai no está hecha para hacer más fuerte el cuerpo, sino para fortalecer la mente a través del sufrimiento físico.

Se trata de crear una nueva relación con la naturaleza transitoria de la vida, además de destruir todo lo que el monje cree de sí mismo, para dar paso a una nueva naturaleza que sólo pueden conocer quienes han atravesado las puertas de la muerte.

¿Te parece una prueba extrema? ¿Alguna vez has fantaseado con someterte a un régimen espiritual así de estricto? Cuéntanos tu opinión en los comentarios.



Un remedio contra tus demonios personales: aliméntalos con tus platillos predilectos

Este consejo para enfrentar con gentileza a tus propios demonios podría ser más útil de lo que tal vez imaginas.

Si estás meditando y llega el Diablo, pon al Diablo a meditar.

Proverbio sufí

Nos guste o no, la sombra forma parte intrínseca de nuestra esencia como individuos. Esa región oscura de nuestra cartografía personal es por lo menos tan importante como los valles más luminosos, volcanes nevados y verdes praderas que también nos conforman. Pero la sombra no es el problema, al menos mientras no la arrojemos al olvido o intentemos eludirla –recordemos que para que una sombra se manifieste es imprescindible la presencia tanto de luz como de oscuridad–. Lo “divertido” comienza cuando decidimos ignorar esas latitudes personales, y entonces permitimos la gestación de entidades incómodas y, sin duda, peligrosas: los demonios personales.

A las más vívidas manifestaciones de esos miedos, traumas y autonarrativas truncadas, podríamos catalogarlas como nuestros demonios personales. Y debemos admitir que todos hemos cultivado estas entidades psíquicas que nos acompañan a lo largo del camino, como una suerte de antiángeles guardianes: fuerzas que están pulsando ahí, permanentemente, siempre listas a sabotearnos o aprovechar el más mínimo desliz para detonar barrancos ante nuestros pies.

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Pero ¿cómo combatirlos? ¿cómo lidiar con estos seres, que a fin de cuentas somos nosotros mismos, y aspirar así a una paz interior? Sin duda habrá múltiples hipótesis o remedios que van de las recetas autosuperacionales a los hacks new-ageros, recursos terapéuticos varios y preceptos milenarios para lograrlo. Pero también existen rutas menos predecibles; por ejemplo, la que propone Robert Anton Wilson (1931-2007). Este escritor y metafilósofo estadounidense, en el segundo volumen de su trilogía Cosmic Trigger, narra un episodio en el que tras una invocación ritual se vio súbitamente rodeado de acechantes demonios.

 

No conjures algo que luego no puedas disipar

Este era uno de los consejos que H. P. Lovecraft compartía. Evidentemente sensato, el problema es que muchas veces nos vemos envueltos en situaciones o frecuencias anímicas que, sin darnos cuenta, derivan en el cultivo de seres que, al menos en esos instantes, parecieran más poderosos que su propio creador.

Por ejemplo, a quién no le ha ocurrido que tras beber cantidades de alcohol bastante mayores a las que nuestro organismo y psique pueden procesar, de pronto nos vemos rodeados por seres “familiares” pero ya transformados en, y dicho con todo respeto, francos demonios –que son simultáneamente tus proyecciones–. El problema es que una vez ahí, pareciera que el arquitecto de la escena está lejos de tener las herramientas necesarias para disipar la orgiástica dinámica.  

 

Gastronomía metafórica para apaciguar demonios

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Estando en una granja en California, a principios de los años 70 del siglo pasado, Anton Wilson se encontraba inmerso en un ritual de magia, la “Misa del Fénix”, diseñado por Aleister Crowley para “activar la verdadera voluntad”. Tras la invocación inicial súbitamente se vio frente a incontables demonios con cara de perro, negros y muy siniestros, formando un círculo a su alrededor. 

En un plano estaba seriamente asustado; pero en otro, me sentía confiado de mis habilidades arduamente ganadas para navegar los regiones infernales del espacio psicodélico. Recordé algo de H. P. Lovecraft: “No llames nada que no puedas disipar”. Pero eso ya no funcionaba. Después recordé algo de un libro de chamanismo: “Si los alimentas, entonces se convertirán en aliados en lugar de enemigos”. Me concentré entonces en algún platillo festivo y de pronto el altar estaba repleto de cócteles de camarón. No lo había planeado, y me sorprendió mucho. Inconscientemente había invocado uno de mis platillos predilectos. 

Comencé a repartir los cócteles entre los demonios. Los aceptaron para luego transformarse en las monjas de mi escuela, cuando niño; también se comprimieron en cómicos enanos. En la escuela ellas eran mucho más grandes que yo, pero ahora yo era mucho mayor. Habían perdido toda su habilidad de aterrorizarme. Comencé a reír, aceptando que el ritual estaba, en un sentido arruinado. (Pero en otro había sido todo un éxito). Rompí el círculo, bajé la energía al piso y las monjas de disolvieron. 

Cosmic Trigger II: Down to Earth (1991)

 

Reflexiones posdemoníacas

Los demonios personales, quizá también los impersonales, podrían entenderse como proyecciones de todo aquel que se encuentra con ellos. Algo así como entidades alimentadas en buena medida por nosotros mismos, porciones nuestras. En este sentido, un improbable gesto de gentileza con ellos pudiera ser clave para hacer las paces y en consecuencia, disiparlos –lo que equivale a sanarlos–. 

¿Y tú qué le ofrecerás a tus demonios la próxima vez que te encuentres con ellos?

Javier Barros del Villar
Autor: Javier Barros del Villar
Editor digital. Toma té y vive parte del tiempo en las montañas.