La naturaleza y el cosmos son un fluir perpetuo. Todo tiene un ritmo y constituye una especie de principio de la vida misma. La cadencia del ritmo es la fuerza dinámica y organizativa de la música, el elemento central de la poesía y la danza y la esencia de la naturaleza. El orden inevitable del universo es un ritmo por sí mismo.

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Pero el ritmo, desde la raíz de la palabra griega “rhythmós”, tiene dos definiciones filosóficas antagónicas. Podemos entenderlo siempre como un fluir, pero puede estar constituido ya sea por una métrica perfecta (una armonía numérica), o ser completamente impredecible y cambiante. Ambas nociones fueron utilizadas en la filosofía griega para concebir la vida y el cosmos de formas distintas, algo que hoy podemos retomar si nos apegamos a la idea de Maya Angelou de que todo el universo tiene ritmo y, también, al hecho de que la música ha probado ser un elemento constitutivo de la condición humana, inexplicable en el sentido adaptativo, pero elemental para aderezar la existencia y dotarla de sentido.

 

Si es así, ¿qué ritmo tiene el universo?

Según la artista y filósofa Bojana Cvejic, en su conferencia titulada Ritmo, poesía e intensidad, fueron dos escuelas griegas las que retomaron el ritmo. Una era la presocrática, más apegada a la idea del fluir como un proceso de cambio infinito: como el río del que habla Heráclito, o como los átomos de Demócrito que fluyen en movimiento arbitrario. La otra era la escuela de Pitágoras (y posteriormente la platónica), que al parecer no concebía al ritmo sin el número, es decir, sin la matemática. Esta era una visión más rígida pero que podía explicar, mediante la idea de armonía, a la materia, concebida a través de la matemática como un concierto de perfección.

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Es ese ritmo matemático el que está más presente en lo que hoy concebimos como ritmo. Pero cabría pensar que ambas nociones (la presocrática y la pitagórica) son útiles para pensar la existencia y transitar sus caminos.

La comunión de estos “dos ritmos” requiere de poder concebir la comunión entre lo perfecto y lo imperfecto, entre lo predecible y lo impredecible, y quizás hasta en lo preestablecido y la libertad. Es decir, una suerte de dialéctica, de proceso contradictorio en el que se desarrolla la vida. De la misma manera, en la música podemos también combinar ritmos, lo que nos da un abanico casi infinito de posibilidades sonoras.

Podemos encontrar una poderosa combinación de ritmos métricos y libres en la canción “The Sprawl”, de SonicYouth:

 

Quizá el ritmo del universo es precisamente algo como esa canción (más allá de su significado, que es una afrenta contra las distopías del capitalismo). Un concierto de ritmo constante, o deberíamos decir ritmos, en los cuales se desdobla la existencia. Parafraseando al cineasta Jim Jarmusch, puede ser éste un ritmo libre, “sin hoja de ruta”, que es guiado por la intuición; o puede ser, en cambio, un ritmo métrico, guiado por la razón.

Ambos ritmos conviven porque la realidad se configura numéricamente, pero también hay en muchos elementos de la vida un ritmo fluido y libre, que incluso antecede a toda elaboración racional. Por eso el hombre nació bailando, pero sin saber por qué. Y aunque la música y la danza evolucionaron, y la noción de ritmo se fue adecuando más a la de la métrica perfecta, una cierta locura acompaña aún a las formas de música con métricas más estrictas.

 

¿Por qué los ritmos pueden curar?

En la música, y concretamente en sus ritmos, podemos encontrar estimulantes tanto para el cuerpo como para el espíritu y la mente. Por eso, según Oliver Sacks, debemos dejarnos “poseer por la música”, pues para este neurólogo:

nuestros sistemas nerviosos están exquisitamente afinados por la música.

Y, además, el ritmo es esencial en la formación de nuestro cerebro y nuestras habilidades motrices. Por eso, en su libro Musicofilia, Sacks insiste en el poder de la musicoterapia, siguiendo la tradición pitagórica que veía en la música una “medicina para el alma”. Sacks fue testigo de las diversas y vitales reacciones a la música de pacientes con Parkinson, que de hecho es un trastorno del movimiento (del ritmo), y cuando es más grave afecta al flujo de pensamiento. Una paciente decía que simplemente pensar en la Fantasía de Chopin hacía desaparecer su parkinsonismo:

 

El caso es curioso, pues se trata de un tipo de musicoterapia donde el ritmo tiene un papel esencial, precisamente para que el cuerpo se desbloqueé y vuelva a fluir. La musicoterapia es tan poderosa que incluso puede curar cuadros severos de neurosis, como la producida en los soldados por el atroz ritmo de las guerras.

Si el universo tiene ritmo, o ritmos, no sorprende que la música funcione de tal manera. Porque como dijo Novalis, citado por Sacks:

Toda enfermedad es un problema musical; toda cura es una solución musical.

Es posible entonces hacer nuestros propios antídotos rítmicos para vibrar la existencia y fluir con ella. Es un tipo de medicina que se puede autorrecetar: sólo depende de que elijas un buen disco y te pongas los auriculares, para pasar un delicioso tiempo a solas con los ritmos de la música y todos sus demás elementos.

 

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* Imagen principal: Jean-Pierre Hébert