Ser herejes en tiempos actuales es rebeldía y humanismo

Para Galileo Galilei, la herejía no era solamente una forma de aprehender el cosmos, sino de reivindicar aquello que nos hace humanos.

No hay herejía ni filosofía tan odiosa para la Iglesia como el ser humano.
James Joyce

 

Ser hereje podría traducirse en rebeldía y humanismo. Si algo han demostrado las herejías a lo largo de la historia es que quien las ha practicado, ya sea filosofando o experimentando, lo ha hecho al fervor del hechizo de la naturaleza (de sus misterios), observando que el hombre es parte de sus átomos y movimientos. Por eso, todo hereje es, casi sin excepción, un humanista. Un humanista que renuncia a lo “divino” en tanto se oponga dogmáticamente a la verdad que nos ofrece la naturaleza y el cosmos, o se oponga a la experiencia misma del conocimiento.

Para Galileo Galilei, la herejía iba aún más allá del acto de maravillarse con lo desconocido: era un hombre que poseía un gran respeto por la mente humana, y creía que el conocimiento podía ser aprehendido por cualquiera:

No podemos enseñarle nada a la gente; sólo podemos enseñarles a descubrirlo por ellos mismos.

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Cuando Galileo Galilei fue juzgado en la Italia medieval por la Iglesia, estuvo a punto de ser condenado como hereje por ir en contra del dogma de la transustanciación. Pero en una vuelta de tuerca en la historia, se le juzgó sólo por creer en la astronomía copernicana y en el movimiento de los astros, razón que le condujo a un exilio de por vida, en vez de al fuego de la hoguera.

Aun así, se dice que en aquel entonces Galileo pronunció su famosa frase “Eppur si muove”: “Y sin embargo, se mueve”. Una manera, quizá, de exhalar esa rebeldía de quien resiste a toda imposición en nombre de algo que lo trasciende, aunque sea una rebelión en forma de un apagado susurro (y aunque quien lo pronuncia, se arriesga a ser escuchado).

 Es seguramente dañino para los espíritus el hacer parecer una herejía lo que está comprobado.

Galileo admiraba a los pensadores profanos que le habían antecedido siglos atras: los atomistas griegos, Demócrito, Epicuro y Lucrecio, cuya lógica los llevó a una cuestión que la ciencia no podría demostrar sino hasta siglos después: la naturaleza se compone de partículas indivisibles.

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Para el astrónomo toscano, la naturaleza y el cosmos eran libros que podían leerse, en tanto se comprendieran los alfabetos con los que habían sido escritos (la geometría, por ejemplo), algo que el escritor Italo Calvino reivindica sobre Galileo al recordarnos sus palabras:

Tengo un librito, mucho más breve que los de Aristóteles y Ovidio, en el que están contenidas todas las ciencias y cualquiera puede, con poquísimo estudio, formarse de él una idea perfecta: es el alfabeto; y no hay duda de que quien sepa acoplar y ordenar esta y aquella vocal con esta o aquella consonante obtendrá las respuestas más verdaderas a todas sus dudas y extraerá enseñanzas de todas las ciencias y todas las artes.

De esta forma, en Galileo, la exploración apasionada del conocimiento vivifica al hombre, y con ello a todo arte:

El incremento de verdades estimula la investigación, la estabilidad y el crecimiento de las artes.

Otro ejemplo de brillante herejía contemporánea es Albert Einstein, quien creía que ésta era más bien una especie de sentimiento cósmico religioso. Como Galileo y el mismo Einstein, todos los que han transitado el camino de la herejía han tenido en común una genuina y trascendente pasión por la naturaleza y el ser humano. Son científicos y filósofos que han trabajado por la humanidad. Y tal vez esta correlación –la de ciencia y filosofía– les permitió abrir camino rumbo a los misterios que hoy son conocimiento para el mundo. 

¿Pero qué ha pasado, a lo largo de la Historia, con los ejemplos aquí expuestos? Desde los atomistas hasta Galileo y en ocasiones el propio Einstein, se les ha acusado de embusteros, ladrones, profanos y, por supuesto, herejes. También está el caso de Marie Curie, que además de hereje y humanista era mujer, una suerte de blasfemia.

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Pero, en realidad, los herejes han sido profetas cuyo legado es inmortal (los atomistas son un genial ejemplo de ello). Muchos pudieron haber sido llevados a la hoguera o al exilio, pero sus ideas no ardieron ni, mucho menos, se perdieron: siguen alimentando a la ciencia y estimulando a los espíritus rebeldes (y herejes) de todo el mundo.

 

* Referencias: Italo Calvino, El libro de la naturaleza en Galileo (consultado en línea) y “Cómo aprehender a Galileo”

 

* Imágenes: 1, 2) Alison Scarpulla; 3) Tito Lessi, Galileo y Viviani (1892)

Sandra Vanina Greenham Celis
Autor: Sandra Vanina Greenham Celis
Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio. Le gusta potenciar la depresión en su psique consumiendo productos culturales de las postrimerías del siglo XX. Cree teleologicamente en el arribo de la humanidad al comunismo.


Concebir la energía eléctrica como derecho humano: una lección indígena

En Bolivia la energía eléctrica ya no es un servicio, sino un bien común al que todos podrán acceder.

Para los aymaras ­–la principal comunidad indígena de Bolivia– existe una relación profunda entre el mundo invisible y el mundo visible. Al primero le llaman ukhu pacha y al segundo kay pacha. La energía pertenece al mundo invisible e intangible, al ukhu pacha, y es el alimento del espíritu, o ayju. Este mundo invisible, donde se mueven las fuerzas energéticas, está lleno de poderosos simbolismos, y es el que provee de un equilibrio las relaciones entre las comunidades y la naturaleza, propias del mundo visible o kay pacha.

Esta rica cosmovisión ancestral es la que está moldeando toda una nación. Porque Bolivia es hoy un país dirigido en su mayoría por indígenas, los cuales se han adaptado de maneras muy resilientes y originales a las dinámicas de la vida contemporánea, sin dejarse absorber por nociones incompatibles con sus creencias.

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Así, las concepciones religiosas, éticas y productivas de los indígenas bolivianos están transformando muchas nociones. Incluso están redefiniendo la manera como nos relacionamos con “servicios” como la energía eléctrica.

Porque los pueblos indígenas en Bolivia han hablado: la energía eléctrica debe ser un derecho humano y formar parte del buen vivir.

Desde el 2009 existe una nueva constitución en el país andino, la cual fue el resultado de un largo proceso constituyente en el cual la sociedad se vio realmente representada. En la nueva constitución del Estado Plurinacional se estableció a la energía eléctrica, junto con otros servicios básicos, como un derecho humano.

Pero esto ha pasado de la tinta a ser una realidad concreta: los costos del bien común energético han bajado tanto que la tarifa eléctrica en Bolivia es la más baja de Sudamérica.

Y es que desde el 2006 –y tras algunas dificultades técnicas– se implementó la Tarifa Dignidad: un decreto que logró que sectores marginados –sobre todo rurales– pudiesen acceder a un consumo eléctrico de 70 kWh por casi la mitad de la tarifa que se había mantenido hasta entonces. Es decir: más energía a menor precio. Desde entonces la cobertura ha crecido un 20%, pues en 2005 ésta alcanzaba sólo al 70% de la población.

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Ahora, 90% de los bolivianos cuentan con energía eléctrica.

Y se prevé que para el 2025 el 100% de la población cuente con el bien común eléctrico.

Aún hace falta incrementar la producción de megavatios sin que eso implique subir los costos, así como fomentar que la energía eléctrica no dependa de ninguna fuerza económica, de manera tal que no se vea afectada por ninguna crisis. Por eso, otro objetivo será diversificar la matriz energética, pasando de la producción de energías subterráneas –a base de carbón– y de termoeléctricas, a energías sustentables como las eólicas y solares; esto como parte de una agenda que priorizará también el combate a la crisis climática.

Esto es expresión, una vez más, de una cosmovisión milenaria: porque para los aymaras la tecnología tiene que ser más orgánica, siguiendo los ritmos de la naturaleza y no de la eficiencia económica

La ONU reconoció a Bolivia como país líder en inversión en energía eólica.

Se espera que para el 2030 el 80% de la energía provenga de fuentes renovables.

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La radical lección de los indígenas bolivianos es que la energía no puede ser una mercancía, y ni siquiera sólo un subsidio, como han insistido las economías neoliberales. Se ha comprobado que algo tan fundamental como la energía eléctrica no puede dejarse en manos del azar –o en términos técnicos, de los flujos del precio y la demanda–, sino que debe ser gestionado por el Estado y la sociedad.

Es así que la energía tiene que considerarse un bien común y un derecho al que todos deben tener acceso. Porque la nuestra es una cultura de la energía desde tiempos inmemoriales. Y en la actualidad, es gracias a su forma eléctrica qur hemos podido reproducir nuestra existencia con una facilidad extraordinaria, cambiando nuestra forma de trabajar, de alimentarnos e incluso acelerando el aprendizaje colectivo a través de la tecnología.

Y a algo así no se le puede poner precio. No se puede comerciar con la energía eléctrica, pues al hacerlo estamos comerciando con la necesidad de la gente. Porque hoy, quien no cuenta con acceso a la energía eléctrica se vuelve una especie de exiliado de la sociedad: a quien se le niega la energía eléctrica se le está marginado e incluso violentado, colocándosele en desventaja frente a otros.

Por eso, y una vez más con su ejemplo vivo, los pueblos indígenas están iluminando el camino hacia la sociedad del futuro.

Sandra Vanina Greenham Celis
Autor: Sandra Vanina Greenham Celis
Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio. Le gusta potenciar la depresión en su psique consumiendo productos culturales de las postrimerías del siglo XX. Cree teleologicamente en el arribo de la humanidad al comunismo.


Esta artista retrata los efectos del cambio climático sobre las capas de hielo

Los bellos cuadros hiperrealistas de Zaria Forman muestran la majestuosidad de los glaciares que pronto podríamos perder.

El cambio climático continúa devastando nuestro planeta día con día. Las regiones que más han sufrido sus efectos  son también las de mayor belleza: los majestuosos glaciares del ártico funcionan como un medidor de la rapidez con la que nuestro entorno se modifica ante este fenómeno.

Consciente de esto, la artista visual Zaria Forman se embarcó en una misión aérea junto con la NASA para rastrear el desplazamiento de las capas de hielo. El resultado son cuadros elaborados a gran escala que combinan la suavidad de los pasteles con un hiperrealismo arollador. 

El paisajismo es una manera óptima de visualizar el entorno desde nuevas perspectivas. Como tal, es casi imposible admirar estas pinturas sin conmoverse. El azul profundo de los mares contrasta con la claridad del hielo milenario que flota sobre ellos. Estas obras deslumbran por el minucioso trabajo que hay detrás, pero también por el mensaje que transmiten: urge tomar medidas para conservar estos paisajes que, como el material con el que se retratan, podrían borrarse en cualquier momento.