Sobre el sentido místico de la ciencia (una correlación inevitable entre filosofía y física)

El físico de origen austriaco, Fritjof Capra, se ha convertido en uno de los más grandes divulgadores de la ciencia, tejiendo un puente luminoso entre la ciencia moderna y la tradición mística.

En las últimas décadas hemos visto una popularización de la ciencia, particularmente de la física cuántica, entendida ya no sólo como una arcana disciplina del más alto conocimiento sino como una rama del saber que puede tener una aplicación a nuestra vida diaria y ayudarnos a encontrar sentido en este misterioso universo. Quizás la figura clave –y ciertamente una de las más serias—en esta divulgación pop de la física cuántica es Fritjof Capra.

Capra obtuvo su doctorado como físico de partículas de alta energía en la Universidad de Viena, estudio con grandes físicos, incluyendo a Werner Heisenberg y luego se dedicó a escribir libros de divulgación científica—a una labor hermenéutica de la ciencia.

Su motivación principal en estos libros fue haber hallado profundos paralelos entre los descubrimientos de la física cuántica y las antiguas doctrinas orientales, particularmente el budismo.

Capra pasa entonces de la física a la filosofía y establece las bases de una teoría de “sistemas vivientes”, que adapta modelos de la ecología y la biología todo tipo de campos (hoy hablamos de ecosistemas dentro de corporaciones o entendemos el Internet como un sistema rizomático).

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Capra es sin lugar a dudas uno de los padres de lo que hoy se conoce como la visión holística de las cosas, en la que cada parte forma una relación de interdependencia con todas las demás. Algo que toma lo mismo de los sistemas metafísicos de los Vedas que de las más vanguardistas teorías científicas –como las matemáticas fractales o el modelo holográfico del universo de David Bohm. El genio de Capra es poder conciliar lo propio del misticismo con lo propio de la ciencia. En su libro de “The Turning Point”, escribió:

En cada nivel el sistema que se está considerando puede constituir un organismo individual. Una célula puede ser parte de un tejido o puede ser parte de un microorganismo que es parte de un ecosistema, y es muchas veces imposible trazar una distinción tajante entres estas descripciones. Cada subsistema es un organismo relativamente autónomo a la vez que es también compontnte de un organismo más grande.; es un holón, usando el término de Arthur Koestler, manifestando tanto las partes independientes del conjunto como las partes dependientes.

Algunos científicos critican a Capra por una supuesta falta de rigor metodológico, particularmente después de su libro seminal “El Tao de la Física”, el cual interpreta los postulados de la física moderna bajo una óptica cohesiva, en la que es fácil ver las similitudes con los postulados de las grandes religiones orientales –particularmente del zen y el taoísmo, que por su cercanía a la paradoja emparentan con una física en la que un fotón puede ser una onda o una partícula “un gato puede estar muerto y vivo”.

Pero lo cierto es que esta visión fue compartida por Werner Heisenberg y Niels Bohr, los dos grandes proponentes de la Interpretación de Copenhague, y junto con Einstein y alguno otro más, parte de la pléyade más destacada de la física del siglo XX.

Gavin Potenza

Tanto Heisenberg como Bohr creyeron encontrar ecos de sus descubrimientos en el budismo e incluso viajaron a Oriente.

Capra, según cuenta, mostró su libro a Heisenberg quien lo recibió con entusiamo y confesó haber notado él mismo estos paralelos.

En el epílogo de su libro “El Tao de la Física”, Capra reconoce las críticas pero asume con valor su papel de puente entre mundos, trazando una conexión entre la ciencia y la religión. Una conexión que nos remonta a los orígenes del conocimiento, antes de la mitosis del saber. “La ciencia no necesita del misticismo y el misticismo no necesita de la ciencia, pero el hombre necesita de ambas”. Esta es la extraordinaria labor de Capra, comunicar la experiencia mística que implica en su tuétano a la ciencia y darle al misticismo un orden,  un sistema cuyo soporte se encuentra en la naturaleza misma y en las leyes del universo.

*Imágenes: 1) Volt Phonic; 2) Bryan Olson; 3) Gavin Potenza



Una metáfora cuántica para entender el amor de nuestros tiempos

Amar a alguien es un acto tan violento como lo fue la creación del cosmos.

El universo emergió cuando el vacío fue perturbado.

Según las teorías de la cuántica de campos, el “falso vacío” es una zona en el espacio que está “vacía” y cuyo estado de energía está en el punto cero, es decir: el nivel de energía más bajo que puede existir.  No obstante, el vacío nunca puede estar del todo desprovisto de materia. Según la cuántica, en su interior contiene formas de energía; fluctuaciones cuánticas.

Podría decirse, entonces, que un vacío es al universo lo que el corazón al cuerpo humano. El corazón nunca puede estar del todo desprovisto de fluctuaciones emocionales.

El “falso vacío” cuántico contiene energía cuántica: ondas electromagnéticas que fluctúan de manera permanente, así como partículas que saltan dentro y fuera de él. Se trata de un estado peculiar en el espacio cargado positivamente y sumamente inestable. Cuando es perturbado por un desbalance, el vacío se desintegra, dando lugar a la creación del cosmos.

El vacío deja de ser vacío y da paso a la expansión de la materia.

De esta forma, para la física cuántica la creación es producto de un desbalance cósmico: del azar y las circunstancias cuánticas. ¿Acaso no lo es también el amor? Por lo menos eso es lo que plantea Slavoj Žižek.

Quizá no hemos entendido lo que el filósofo esloveno quiere decir –no sería raro–. Pero probablemente su punto sea este: que lo primordial surge del azar y del caos. De las grandes explosiones.

El corazón humano –como eufemismo del amor– es inestable, pero jamás puede estar vacío. Cuando sucede un choque circunstancial y azaroso con otro ser, cuando un encuentro inesperado se convierte en una relación amorosa que transforma la vida de las dos personas implicadas, es cuando podemos decir que el amor es como un fenómeno cuántico.

El amor surge de un desbalance cósmico: de una perturbación.

En ese sentido, el amor tiene siempre algo de violento, como el propio cosmos. Amar es un riesgo latente, un miedo constante. La extinción de la pasión es inminente, como la de un astro, y cuando muere se produce una masiva supernova que deja restos estelares.

Pero tal y como, pese a todo, el universo se empecinó en existir… nosotros insistimos en amar.

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Quizá el problema del amor en nuestros tiempos es que vemos esto como un problema. Ya no nos atrevemos a aceptar que el amor es entregarse, afirmarse, comprometerse, al tiempo que implica aceptar que todo lo que conocemos pueda desaparecer de un momento a otro. Tememos tanto que algo perturbe nuestro sagrado vacío –en realidad inexistente–, que ya no dejamos fluir en él la energía ni a las azarosas partículas cuánticas.

Estamos deteniendo el proceso de creación caótica que desata el verdadero amor. Y eso puede tener graves consecuencias para la existencia, a niveles cósmicos.

Pero el propio universo y la física cuántica nos demuestran que el vacío no está en realidad vacío, y que el amor no es sólo amar, en abstracto. En ese sentido, debemos volver a atrevernos a amar, pese –e incluso debido a– los riesgos y la violencia implícita. Como dice Žižek, el amor es malvado.

 

* Imágenes: 1) Imgur; 3) Plástica, graphic artist / øjeRum

Sandra Vanina Greenham Celis
Autor: Sandra Vanina Greenham Celis
Colaboradora del proyecto político Colectivo Ratio. Le gusta potenciar la depresión en su psique consumiendo productos culturales de las postrimerías del siglo XX. Cree teleologicamente en el arribo de la humanidad al comunismo.


Por primera vez científicos crean luz líquida a temperatura ambiente

Los físicos lograron por primera vez producir luz líquida a temperatura ambiente, haciendo que esta extraña forma de materia sea más accesible que nunca.

Desde hace siglos sabemos que la luz se compone de ondas, pero recientemente los científicos descubrieron que puede comportarse como un líquido y además rodear objetos.

Esta materia, que es a la vez un superfluido, tiene cero fricción y viscosidad, y un tipo de condensado de Bose-Einstein, a veces descrito como el quinto estado de la materia, que permite que la luz fluya alrededor de los objetos y las esquinas.

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En un reciente experimento se concluyó que aunque regularmente se comporta como una onda, en condiciones extremas la luz también puede actuar como un líquido y, de hecho, fluir alrededor de los objetos. Los condensados ​​de Bose-Einstein son interesantes para los físicos porque en este estado las reglas cambian de la física clásica a la cuántica, y la materia comienza a tener más propiedades ondulatorias.

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Es así como se forman a temperaturas cercanas al cero absoluto y existen sólo por fracciones de segundo, pero en este estudio, los investigadores fabricaron un condensado de Bose-Einstein a temperatura ambiente mediante una mezcla de luz y materia. Daniele Sanvitto, del Instituto de Nanotecnología de Italia, dijo:

Hemos demostrado que la superfluidez también puede ocurrir a temperatura ambiente, bajo condiciones ambientales, utilizando partículas de materia ligera llamadas polaritones.

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Además, los resultados del experimento abren el camino no sólo a nuevas investigaciones de hidrodinámica cuántica, sino también a dispositivos de polaritón a temperatura ambiente para futura tecnología avanzada, como la producción de materiales superconductores para dispositivos como LEDs, paneles solares y láseres.