3 escritores clave para entender la filosofía zen en la modernidad

Gracias a estos exploradores de la cultura humana, la filosofía zen llegó a Occidente y sigue creciendo hasta hoy.

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La filosofía zen llegó a Occidente de manera tardía, a finales del siglo XIX. Es algo que quizá cabría lamentar, pues el zen es uno de los más enriquecedores pensamientos —atestado de reflexiones e intensas parábolas—, y ciertamente uno de los que más curiosidad ha despertado en aquellos forasteros que pudieron tener un contacto temprano con él viajando a China, Japón o la India.

Además de haber sido difundido directamente por maestros zen (y antes incluso por misioneros jesuitas), esta disciplina fue irradiada en Occidente por algunos escritores y pensadores que alcanzaron fama mundial, en gran medida, por fungir como los puentes entre la cosmogonía zen y la sociedad contemporánea.

Muchos de esto escritores fueron de los primeros practicantes occidentales, y eran herederos directos de maestros como D.T. Suzuki, uno de los primeros en difundir su cultura a otras regiones del mundo. En breve te compartimos tres relevantes mentes que hicieron del zen su estilo de vida:

Alan Watts

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Watts nos permitió acceder a los secretos de Oriente de manera original y por demás metafórica. Desde una perspectiva rica en críticas y reflexiones a los estilos de vida actuales, se encargó de “traducir” el zen, a través de su propia experiencia de vida. Y es que este filósofo encontró en esta disciplina (y otras como el tao) la respuesta a los acertijos que plantea la sociedad moderna a los individuos. Vivió en tiempos que vieron nacer al caos industrial –y a una serie de patologías modernas como el estrés y la ansiedad–, pero encontró en el zen la disciplina para comprender la transitoriedad de la vida. Y fue ese camino el que se dedicó a enseñar.

Este es el verdadero secreto de la vida –estar completamente comprometido con lo que estás haciendo en el aquí y ahora. Y en vez de llamarlo trabajo, date cuenta que es un juego.

Eres una función de todo lo que está haciendo el universo, de la misma manera que una ola es una función de todo lo que está haciendo el océano.

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Jack Kerouac

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Jack Kerouac es uno de los pilares más famosos de la literatura americana, y también un símbolo clave para entender que el zen puede adaptarse a la vida de incluso los viajeros más salvajes. De alguna extraña manera, el Kerouac de On the Road se disolvió en otro Kerouac: aquel que logró articular su afán por viajar sin rumbo y volverlo algo más articulado, con ritmo, y sin duda, más equilibrado. Eso sucedió cuando el poeta beat fue en busca de la trascendencia zen, personificándose a él mismo en la novela Dharma Bum, donde escribe las impresiones de un viajero moderno en busca de la iluminación en la montaña. Este libro demuestra, sin duda, cuánto dedicó Kerouac al estudio de las culturas orientales y el budismo, y cuánto le transformaron en verdad. 

 Mientras más te acercas a la materia real (rocas, aire, fuego y madera) ¡hombre! Lo más espiritual se vuelve el mundo.

Salí del negro torbellino de mi mente y comprendí que había vivido una vida entera y muchas otras mas dentro de la pobre envoltura atomizada de mi carne.

Carl Jung

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El zen, en el pensamiento de Jung, refrendó su poderosa idea sobre el inconsciente colectivo —mismo que habría de determinar las personalidades de los seres humanos—. Esta disciplina, con sus planteamientos trascendentes e incluso de transmigración, planteaban nuevas posibilidades para los conceptos de Jung, quien fue un asiduo estudioso del zen queconoció durante su viaje a la India.

Fue gracias a la introducción que realizó al libro An Introduction to Zen Buddhism, de D.T. Suzuki, que muchos comprendieron mejor lo que aquél libro tenía que decirle a la cultura Occidental sobre la gran valía de la vida espiritual. Jung realizó, de manera consciente, una de las mejores aproximaciones a esta disciplina, un legado que quizá no hemos acabado de conocer.

…Me gustaría advertir al lector, atento y comprensivo, que no subestime la profundidad espiritual de Oriente, ni que suponga que hay algo barato y fácil en el zen… El zen juega con complicadas técnicas de hatha-yoga, que engañan al europeo de mentalidad fisiológica con la falsa esperanza de que el espíritu puede obtenerse simplemente sentándose y respirando.

El zen exige inteligencia y fuerza de voluntad, al igual que todas las cosas mayores que quieren convertirse en realidades.

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*También en Ecoosfera: Maestros zen nos explican cómo lidiar con los pensamientos obsesivos



Kaihōgyō: el mortal maratón budista de 1,000 días para alcanzar la iluminación

Sólo 46 monjes han logrado la proeza de terminar el riguroso reto del kaihōgyō desde el siglo XIX.

Los maratones en las ciudades son eventos que reúnen a multitudes y las obligan a ir más allá de sus propios límites. Pero existe un maratón que no sólo pone a prueba la disciplina física, sino que también obliga a sus participantes a trascender sus límites espirituales. Se trata de un reto de 1,000 días (7 años), con el objetivo de convertirse nada menos que en un buda viviente: el kaihōgyō.

Los monjes de la secta Tendai viven en el monte Hiei, a las afueras de Kioto, en Japón. Cuando un monje decide embarcarse en un kaihōgyō, se sabe que está frente a una prueba extrema que probablemente no logrará completar.

Se espera que los primeros 100 días el monje corra 30 kilómetros diarios por las montañas, deteniéndose en alguno de los 260 altares a lo largo del camino para ofrecer oraciones a los ancestros y a otros monjes pasados.

Muchos de esos altares son para monjes que se quitaron la vida al no ser capaces de completar el kaihōgyō.

 

Atravesar las puertas de la muerte

Los primeros 100 días, el monje se levanta a medianoche y comienza a correr en la oscuridad durante 30 kilómetros. Al terminar de correr, más o menos a las 8 de la mañana, se espera que el monje cumpla sus obligaciones normales en el templo durante el día. Esto les deja poco más de 4 horas de sueño diario.

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Sandalias tradicionales para correr

Hoy en día los monjes pueden abandonar el kaihōgyō antes de los 100 días. Pero si atraviesan el día 101, su tradición exige completar la prueba o morir. El monte Hiei está lleno de tumbas de monjes que no completaron la prueba.

Los siguientes 5 años transcurren así, corriendo 30 kilómetros diarios. En ese momento viene la prueba más difícil: el dōiri, un ritual de 9 días donde el monje no puede comer, beber ni dormir.

El monje debe repetir un mantra sin parar, además de traer agua de un manantial a las 2 de la madrugada, no para beber, sino para ofrecer a la estatua del Buda Fudō Myō-ō. Todo esto bajo la estricta vigilancia de otros monjes, que no le permiten dormitar.

El dōiri simboliza la muerte física del monje, un paso por el inframundo en una de las torturas físicas más brutales que se puedan concebir.

El comienzo del sexto año consiste en correr 60 kilómetros diarios por 100 días consecutivos, y el séptimo año debe correr 84 kilómetros durante los primeros 100 días, luego de lo cual la prueba termina con otros 30 kilómetros diarios durante el tiempo restante.

La distancia total que los monjes corren durante el kaihōgyō equivale a la circunferencia de la Tierra.

 

¿Por qué?

Solamente 46 monjes han completado el kaihōgyō desde 1885. Al final ellos no reciben una medalla ni un premio, ni siquiera una invitación a las Olimpiadas.

Esta dura prueba no es un evento deportivo, sino un desafío espiritual: el kaihōgyō simboliza un entrenamiento para acceder a la iluminación, así como para llevar a otros a alcanzarla mediante el ejemplo.

A diferencia del maratón occidental, esta prueba de los monjes Tendai no está hecha para hacer más fuerte el cuerpo, sino para fortalecer la mente a través del sufrimiento físico.

Se trata de crear una nueva relación con la naturaleza transitoria de la vida, además de destruir todo lo que el monje cree de sí mismo, para dar paso a una nueva naturaleza que sólo pueden conocer quienes han atravesado las puertas de la muerte.

¿Te parece una prueba extrema? ¿Alguna vez has fantaseado con someterte a un régimen espiritual así de estricto? Cuéntanos tu opinión en los comentarios.



No son problemas: son experiencias (viviendo el aquí y el ahora con filosofía zen)

Porque “si odiamos la hierba, e incluso si abandonamos ese odio por la hierba, ésta igual crecerá”.

Si pensáramos los problemas no como eso que nos viene de la “mala suerte”, sino como parte inherente de la experiencia que es vivir, ¿qué pasaría? Si quitáramos de nuestro léxico la palabra “problema” y la sustituyéramos por “experiencia”, ¿qué pasaría?

El resultado podría ser esclarecedor. Porque sucede que en la actualidad tenemos definiciones muy extrañas sobre lo que es la vida, y eso nos hace esperar de ella cosas que son imposibles. Aspiramos a una existencia estable y segura, siendo que la propia naturaleza está repleta de eventos inesperados: la historia del cosmos es la historia de sus colisiones y de cientos de diminutos eventos azarosos. Pero al mismo tiempo, existen eventos preestablecidos que se repiten una y otra vez.

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Y es quizá está doble existencia, que oscila entre la convención y lo impredecible, lo que nos tiene fatigados.

Somos presas fáciles de la ansiedad. Nos preocupamos y, ¿qué hacemos? Quizá enojarnos porque la reunión en el trabajo no salió como queríamos, o angustiarnos porque llegamos tarde a la escuela. Ante estas circunstancias, solemos actuar de ciertas formas muy concretas: huimos, ignoramos, nos quejamos o buscamos un sitio de confort que nos aleje de los problemas que ocurren espontáneamente.

 

No debemos sentirnos culpables si actuamos así…

Pero en palabras del filósofo zen Alan Watts, debemos vivir la espontaneidad y ser capaces de improvisar. Este es un arte de vida que nos puede ayudar a ver desde otra perspectiva nuestros problemas, para así empezar a atajarlos como experiencias y ya no como inconveniencias. Es la manera como podemos aprender de nuestras preocupaciones, y no dejar que nos dominen ni que se conviertan en ansiedad.

Así actúa el zen ante la vida. Porque no es ni una filosofía ni una práctica: el zen es ambas cosas a la vez. Es un encuentro con la realidad, tanto de nuestra mente como de nuestro cuerpo, con todas las circunstancias de la vida –esas a las que muchas veces llamamos “problemas”–.

El zen no busca resolver los problemas para poseer el conocimiento de su respuesta. Más bien, las respuestas que se van dando son la vida misma: la experiencia. Y en esta forma de experimentar la realidad, la vida es una continua equivocación, como dijo el maestro zen Eihei Dogen.

De eso va la experiencia: de equívocos e inequívocos que conviven ineludiblemente a lo largo de nuestra vida. Son las cosas que se desarrollan a pesar nuestro, porque la vida no gira toda a nuestro alrededor. Es la hierba que crece, a pesar de todo. Es por eso que el maestro Taisen Deshimaru dijo:

Incluso si odiamos la hierba, e incluso si abandonamos ese odio por la hierba, ésta igual crecerá.

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Esta es la vigencia del zen para navegar la época actual. Por eso tantos escritores occidentales rescataron este legado de Oriente. Y en ese sentido, nada más brutal –pero también certero– que estas palabras de Alan Watts:

Pues nunca existe otra cosa que el presente, y si uno no puede vivir en él, no puede vivir en ninguna parte.

Convertir los problemas en experiencia es eso: poder vivir en todos lados. Vivir el presente. Ser el aquí y el ahora.

 

* Imágenes: 1) Flickr Gunnar Grimes, edición Ecoosfera; 2 y 3) Unsplash