Qué es la resiliencia (y por qué hoy más que nunca importa que lo entiendas)

Este concepto puede hacerte redefinir tu vida.

La resiliencia es la gran prosa que cuenta la historia de la vida en la Tierra. Es una historia que aún no ve su fin: un proceso de desarrollo ininterrumpido. Se trata, a grandes rasgos, del proceso por excelencia de la vida y las posibilidades de su evolución a partir de la adaptación a todo cambio.

La resiliencia es una categoría científica y un concepto vivo (literalmente) hoy día, pues se encuentra asociada a la autorregulación, la supervivencia, la evolución y el equilibrio, palabras que acaso resuenan en el proceso de desarrollo de todo ser vivo.

 

Es decir que en cualquier forma de vida existe resiliencia, sólo que ésta puede variar en su magnitud y velocidad. No todos los organismos son iguales (por ejemplo una ciudad o una comunidad), pero todos tienen un cierto grado de resiliencia. 

Ejemplos de resiliencia en la naturaleza los tenemos también en:

  • La tierra, la cual vive procesos de erosión natural de los cuales se recupera.

Pero sólo el paso de la actividad humana la deja infértil para siempre.

  • Los manglares que proveen un flujo de recursos que sostienen la integridad del hábitat costero.

No obstante, su adaptación al agua y sus sales no será posible si el nivel del mar sigue creciendo como está creciendo.

  • La genética, que hace posible la diversidad faunística mediante la evolución.

Pero la caza de animales para confección de ropa y producción de alimentos, así como la invasión a sus hábitat, está promoviendo la extinción de muchos de ellos. 

¿De qué nos sirve saber esto?

La resiliencia es parte intrínseca de la vida y su desarrollo. Es también cuna de la biosidversidad y de sus ciclos:

 

Pero el concepto de resiliencia debe ser adaptado a las condiciones actuales. Hoy en día no se puede comprender el mundo sin entender sus alteraciones. La más grande de esas alteraciones… nosotros mismos. Los ecosistemas ya son, en gran medida, organismos socioecológicos, y viceversa: la sociedad es primigeniamente una suerte de ecosistema hiper-modificado.

Esta interacción entre humanos y ecosistemas es una relación compleja repleta de lazos, cual si fuera un tejido compacto. En ella, lo que predominan son los impactos humanos a factores muy sensibles de la naturaleza, es decir: a su resiliencia.

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Si la resiliencia es la posibilidad de aprender a vivir con el cambio y la incertidumbre, y es algo innato en todas las formas de vida, significa que nosotros también lo debemos poner en práctica, de manera consciente. Si lo hacemos, podemos evitar las principales consecuencias que tiene nuestro paso por la Tierra:

  • Reducción de la biodiversidad

  • Extinción de la fauna

  • Secamiento de lagunas

  • Erosión de la tierra

  • Cambio climático

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Debemos concentrar nuestros esfuerzos, entonces, a generar una vida lo más sustentable posible. Las actividades económicas son sostenibles solamente si los ecosistemas que soporten la vida (y de los cuales somos dependientes), tienen un adecuado nivel de resiliencia y no los perturbamos. Por eso, la resiliencia, la sustentabilidad y la vida van de la mano.

 

¿Por qué es importante?

Ser resilientes es volver a los principios de autorregulación y evolución naturales de la biósfera. Debemos entender que hay recursos finitos, o que pueden ser fácilmente perturbados, y que por ende debemos mimetizarnos con los patrones de la naturaleza, de otro modo. Nuestras sociedades deben ser más cercanas a los ecosistemas en su regulación, y menos disruptivos de la armonía de la Tierra; deben ser capaces de volcar su atención a las capacidades, valores y atributos positivos que como ser humano o sociedad poseen, y dejar las debilidades solo como objeto de estudio. 

Por eso el concepto de resiliencia es aplicable también en la psique; a los procesos a través de los cuales afrontamos los eventos traumáticos, como la muerte de un cercano. Esa resiliencia espiritual es difícil de obtener: puede llegarse a ella, por ejemplo, a través de la meditación. Pero también debe ir acompañada de un enfoque resiliente ecológico, pues de éste depende nuestra supervivencia. Ya que, si seguimos tomando de la naturaleza lo que no podemos restituir, será imposible llegar a cualquier grado de resiliencia, llámese espiritual o material.

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Es urgente comprender este concepto tan orgánico como vital, y sobre todo aplicarlo en nuestra praxis cotidiana. De ello depende la supervivencia de todas las especies del mundo, incluidos nosotros. Aprender algunas lecciones desde quienes se enfrentan constantemente a situaciones adversas, incluso a riesgos de extinción podría ser una buena forma de contribuir a fortalecernos como seres resilientes.

Es el caso de las comunidades indígenas, cuyas prácticas y forma de organización comunitaria son esencialmente resilientes y han logrado introducir su cultura primigenia en la vida contemporánea, que cada vez se aleja de esta riqueza y se acerca a una suerte de cultura global de poca profundidad, donde los valores y los hábitos esenciales para la supervivencia se ven diluidos por la capacidad de poder, y en suma se obtienen organismos sociales que desconocen su origen y el cómo se ha ido construyendo, teniendo por resultado que su capacidad de sobrevivir se reduzca al mínimo. 

Los seres resilientes deben tomar en cuenta a toda costa lo anterior: establecer sus propias reglas para no diluir los ingredientes que están reforzando su pervivencia (por ejemplo la cultura y la tradición para una sociedad), y entender que esta necesidad, la de entablar una conexión con el origen, debe obedecer a las necesidades mismas de la naturaleza, a sus ritmos. 

 

*Referencias: Al mal tiempo, buena resiliencia

 



Un México resiliente: compromiso de todos

Hoy más que nunca, es indispensable que las ciudades se adapten a los desastres naturales con el fin de mitigar su impacto negativo a largo plazo.

Los efectos del cambio climático han provocado daños irreversibles en el territorio mexicano y en sus habitantes. Hoy más que nunca, es indispensable que las ciudades se adapten a los desastres naturales con el fin de mitigar su impacto negativo a largo plazo. En lo particular, el Gobierno Federal de México ha tomado una serie de medidas que apuestan a la planificación urbana a largo plazo y al aumento de la resiliencia, definida en la Ley General de Protección Civil como la capacidad de un sistema, comunidad o sociedad potencialmente expuesta a un peligro para resistir, asimilar, adaptarse y recuperarse de sus efectos en un corto plazo y de manera eficiente (Ley General de Protección Civil, 2017, artículo 2°). Si bien estas medidas contemplan la participación de ciertos actores relevantes, la coordinación de éstos (incluidos los gubernamentales) aún presenta grandes áreas de oportunidad. 

Este artículo discute la importancia de dos tipos de coordinaciones esenciales para la efectividad de las políticas o acciones encaminadas a construir resiliencia urbana: la coordinación intersectorial dentro de la administración pública y la coordinación público-privada. 

 

La importancia de la coordinación para la resiliencia

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El concepto de resiliencia contiene tres características inherentes (Berkes et al, 2003): 

  1. Cantidad de cambio o transformaciones que un sistema complejo puede soportar manteniendo las mismas propiedades funcionales y estructurales. 
  2. Habilidad del sistema complejo para desarrollar e incrementar la capacidad de aprender, innovar y adaptarse.  
  3. Grado en el que el sistema complejo es capaz de autoorganizarse. 

La resiliencia urbana se entiende entonces como la capacidad de un gran número de actores pertenecientes a una ciudad no sólo para resistir y adaptarse a problemas socioambientales, sino también para innovar y transformarse. Por ello, este trabajo se propone visualizar cada problema socioambiental como un sistema complejo que requiere el involucramiento del gobierno, ciudadanos, empresas y otras partes interesadas. Dado el contexto anterior, la coordinación de todas estas partes se vuelve indispensable para llevar a cabo cualquier estrategia de sostenibilidad. De aquí en adelante, entenderemos coordinación como la articulación de esfuerzos y medios provenientes del sector público, privado, sociedad civil y academia, cuyo objetivo será el intercambio de información y la alineación de agendas para el logro de la resiliencia urbana en México.  

 

2 vías para la coordinación: intersectorial y público-privada

Recientemente, administraciones públicas de distintos países han transformado una gran parte de sus procesos internos, principalmente en la forma en que diseñan e implementan políticas públicas. Uno de los grandes cambios es la descentralización del gobierno y los esfuerzos para empoderar a actores que van más allá del sector público (Walsh y Stewart, 1992; Peters, 2004). Así, en el marco de la gobernanza se ha buscado la participación de organizaciones de la sociedad civil en la toma de decisiones gubernamentales, entendiendo los grandes aportes que éstas pueden realizar. Dentro de esta nueva lógica de la acción pública, dos tipos de cooperaciones cobran relevancia para el desarrollo de acciones en temas de sostenibilidad: la coordinación intersectorial de la administración pública y la coordinación público-privada.

 

Cooperación intersectorial de la administración pública

Según Eugene Zapata-Garesché, director regional de la iniciativa 100 Ciudades Resilientes, uno de los principales retos dentro de los gobiernos es dejar de ver los problemas de las ciudades con un enfoque sectorial. Históricamente, las Secretarías de Estado en México han desarrollado presupuestos y planes de trabajo independientes, aun cuando algunos temas, principalmente socioambientales, requieren de la participación y comunicación de más de una de ellas. Para ilustrar, la Ciudad de México presenta una grave escasez de agua, lo que ha provocado que una gran cantidad de personas no gocen de su derecho fundamental establecido en el artículo 4° constitucional, relativo al acceso, disposición y saneamiento de agua. Este problema no ha podido ser completamente atendido por la falta de coordinación entre los distintos organismos gubernamentales que de una manera u otra, con distintos mandatos, inciden en la materia (la Comisión Nacional del Agua, la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, el Sistema de Aguas de la Ciudad de México, entre otros).

Ante casos como el citado, los gobiernos de algunos países han adoptado medidas para obligar a sus secretarías a unir esfuerzos para el cumplimiento de los objetivos nacionales. Por ejemplo, en Estados Unidos se creó la Ley de Eficacia y Rendimiento del Gobierno (GPRAMA por sus siglas en inglés) para promover la colaboración entre Secretarías de Estado, permitiéndoles consultar y compartir información para operar y crear políticas públicas en conjunto. Lo anterior muestra cuán importante se ha vuelto establecer instituciones flexibles que cuenten con un sistema de generación de información útil y que sean capaces de autoorganizarse. 

 

Cooperación público-privada

El objetivo final de la resiliencia urbana es mejorar el bienestar de los ciudadanos dentro de una localidad o región específica. Por lo anterior, es indispensable fortalecer la cooperación público-privada (relación entre gobierno, sector privado y sociedad civil) para incentivar a la sociedad civil a tomar un rol activo en el fortalecimiento de las ciudades. Por ende, los espacios de participación ciudadana se vuelven fundamentales, a fin de lograr un esquema de gobernanza más horizontal que dé voz a todos los actores interesados y que al mismo tiempo resuelva una de las principales restricciones que enfrenta el diseño de políticas públicas: la falta de información relevante (Merino, 2008).

Dentro de este tipo de cooperación, es necesario resaltar la importancia de la llamada gestión en la frontera (boundary management) propuesta por Cash (2003), haciendo alusión a la correcta gestión del conocimiento científico ligado a temas de sostenibilidad. Lo anterior es sumamente relevante dentro de los espacios de participación ciudadana, principalmente en cuanto a intercambio de información se refiere. Dicha gestión se caracteriza por tener una buena comunicación, traducción y mediación.

En el caso de México, existen Consejos Consultivos Nacionales en materia agropecuaria y ambiental, un espacio de participación ciudadana creado en 1995 con el objetivo de cumplir con el compromiso asumido en 1992, en el marco de la Conferencia de la Organización de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo en Río de Janeiro. Los consejos promueven la interacción entre actores provenientes de diferentes sectores, con gran interés en la política y gestión ambiental gubernamental. Sin embargo, hasta el momento su difusión y funcionamiento han pasado desapercibidos.

Por último, es indispensable que el Gobierno Federal continúe adoptando un pensamiento resiliente, consciente de que los problemas socioambientales son realmente complejos y de que sus soluciones requieren del trabajo en equipo de un gran número de actores. Fortalecer las cooperaciones mencionadas a lo largo de este trabajo permitirá, entre otras cosas, tomar decisiones más legítimas, mejorar la comunicación entre expertos y tomadores de decisiones, y por supuesto, mejorar la calidad de vida de los mexicanos. Incluso, se recomendaría la creación de una oficina de coordinación multisectorial que cree conciencia, difunda conocimiento en temas socioambientales y articule agendas entre las partes interesadas. Es compromiso de todos lograr implementar satisfactoriamente las estrategias propuestas para construir un México resiliente. 

 

* Referencias: 
Berkes. F., J. Colding y C. Folke. (2003). Navigating social–ecological systems: building resilience
for complexity and change. Cambridge University Press, Cambridge.
Cash, D. (2003). “Knowledge systems for sustainable development”. Proceedings of the National
Academy of Sciences, 100(14), 8086-8091.
Hevia, Felipe, Vergara-Lope, Samana y Ávila Landa, Homero. (2011). “Participación ciudadana en
México: consejos consultivos e instancias públicas de deliberación en el gobierno federal”. Perfiles
Latinoamericanos, 19(38), 65-88. Recuperado el 07 de agosto del 2017, de
www.scielo.org.mx.
Merino, Mauricio. (2008). “La importancia de la ética en el análisis de las políticas públicas”. Revista
del CLAD Reforma y Democracia, Junio-Sin mes, 5-32. 
Pollock, J, Torres, B y Ramos, S. (2017). “Resiliencia urbana en América Latina: Una guía breve para
autoridades locales”. Fundación Idea. Recuperado el 07 de agosto del 2017, de
http://fundacionidea.org.mx/UrbanResilience_PolicyBrief_170417_Esp.pdf.

 

* Fotografía principal: Santiago Arau



Como la naturaleza, sé resiliente ante el desastre

Nuestras afecciones emocionales necesitan una dosis de sabiduría natural para ser llevaderas.

Nosotros, como parte de la naturaleza –y aunque nos disociemos tanto de ella–, somos resilientes. O por lo menos lo fuimos antes de caer en las tentaciones de la vida moderna, inicialmente industrializada y ahora vertiginosamente digital.

Que fuimos resilientes puede probarse no sólo porque la propia naturaleza lo es –y al igual que ella, todos los que la habitan deben serlo, pues ahí reside su equilibrio primordial–, sino porque aún hoy existen muchas personas con vestigios de resiliencia, o incluso con marcados rasgos de esta cualidad en su forma de asumir el mundo.

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Según Glenn Greenberg, profesor de psiquiatría en la Escuela de Medicina Yale, la resiliencia genera actitudes flexibles en torno al estrés:

Muchas personas son capaces de aceptar lo que no pueden cambiar: aprender de las fallas; usar emociones como la codicia y el enojo para potenciar la compasión y el coraje; y buscar oportunidades y significado en la adversidad.

Para estos individuos, una dialéctica subyace espontáneamente en su manera de actuar: saber que la vida es un proceso lleno de cambios, positivos y negativos, que regulan el fluir de la existencia.

Así, estas personas pueden lidiar con cualquier situación, aunque les provoque miedo o dolor.

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No obstante, la resiliencia como una forma de asumir el mundo y sobrellevar todo acontecimiento puede ser un rasgo fácilmente adoptado por discursos de autoayuda y superación personal, casi siempre individualistas y nefastos.

Contrario a eso, la propuesta es conocer la resiliencia natural y aprender de ella.

Eso implica, a manera del más humilde de los discípulos, escuchar a la omnipresente maestra que es la naturaleza: un libro infinito donde encontrar respuestas a nuestras preguntas, y un acogedor alivio para la trastornada psique contemporánea.

Pero a su vez, no podemos renunciar a nuestra humanidad. En esto debe haber un punto medio que nos permita lidiar con los problemas actuales, como la ansiedad, el estrés o la epidémica depresión –aún más aguda en países como México–, y encontrar sanación en nuevas formas de afrontar la complejidad de la existencia.

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Concebir a la naturaleza no como utopía, sino como un territorio realmente existente al que podemos regresar.

Es posible hacer esto sin tener que abandonar todo lo valioso que el devenir de la humanidad –con el trabajo de cientos de mujeres y hombres a lo largo de la historia– ha traído consigo en forma de evolución.

Así, volver a la naturaleza es tan factible como necesario. Por un lado es un imperativo para la sociedad, para que los modelos de vida sean más sustentables y orgánicos. Pero por otro, también lo es para sanar los cuerpos y las psiques tan trastornados por el capitalismo –que no es sólo un modelo económico, sino una forma de reproducción social opuesta a la naturaleza y que tiende a destruirla–.

Este equilibrio entre volver a la naturaleza sin negarnos a nosotros mismos, es necesario para que nuestra resiliencia no se convierta en una forma de sumisión o de excesiva tolerancia, sino en un paradigma emocional y cognitivo que permita superarnos como sociedad y actuar respecto a lo que en ésta hay de enfermo.

Porque es urgente tomar el control de las afecciones psíquicas –individuales y colectivas– que nos están llevando a una catástrofe de las emociones, misma que probablemente será recordada en los libros de historia sobre el siglo XXI si no la frenamos ahora.

 

* Collages: Ernesto Artillo