¿Qué tan malos son los malos hábitos? (Quizá son sólo una manifestación de nuestros “yos” internos)

Saber esto puede ayudarte a combatir los “malos hábitos” sin derrochar toda tu voluntad en el camino.

Los hábitos determinan nuestra personalidad. Quizás por eso han sido catalogados como “buenos y malos”, pues la mayoría del tiempo operan en contra y a favor de nosotros, determinando más o menos nuestra vida diaria. Sin embargo, catalogar los hábitos desde una perspectiva moralista –buenos y malos– no necesariamente puede decirnos qué hábitos son mejores, literalmente, para nuestra mente y organismo.

Todo lo que hacemos está directamente ligado a esos hábitos y a su vez, éstos se encuentran relacionados a nuestras respuestas emocionales y a la manera en que funciona nuestro cerebro. De manera que si tu hábito de procrastinar está punzando tu sentido de culpa cuando decides ver Netflix en lugar de terminar esa tarea pendiente, lo más probable es que tu mente esté teniendo una disputa entre tus yos internos: por un lado, el yo que diferencia lo que estrictamente es correcto y puede llevarte al éxito y por el otro, el yo que defiende tu bienestar y quiere librarse unos momentos del estrés. 

Para poder mejorar nuestros hábitos conforme a lo que queremos lograr, parece necesario cambiar nuestra concepción de lo que son los hábitos como tal. La mayoría de los neurocientíficos nos dirán que los hábitos no se pueden explicar desde la moral, y que el cerebro y su funcionamiento no son reductibles a las dicotomías entre el bien y el mal, o la locura y la cordura. Todo es mucho más complejo. Tanto así que ni siquiera podemos hablar sólo de un “yo”, y para mejorar nuestros hábitos debemos empezar por comprender que tenemos múltiples personalidades alojadas en nuestro cerebro. Y todas están buscando, desde una perspectiva distinta, el bienestar.

 

Redefiniendo el yo y las dimensiones del cerebro

Según Eric Barker, escritor y autor de un blog muy popular, no hay tal cosa como un solo “yo”. En su teoría de la “mente modular”, nos habla sobre los muchos “yos” presentes en la mente humana. Esta es una idea que se ha popularizado en la psicología y la neurociencia, y que acompaña a las indagaciones sobre cómo funcionan las sustancias en las distintas áreas de nuestro cerebro. Nuestra mente es un complejo de módulos semiautónomos: como una pequeña comuna habitada por millones de neuronas.

Barker explica que esos “yos” tienen distintas metas en nuestro cerebro. Son los mismos “yos” a los cuales la psicoterapia ha caracterizado, y que pueblan el imaginario colectivo de cientos de ficciones, desde la literatura (como Mr. Jekyll and Mr. Hide) hasta la película Fight Club y los múltiples “Tylers” en la cabeza del personaje central, Tyler Durden.

Es en el cerebro donde se desarrollan estas batallas entre la procrastinación y la creación activa, entre desear ver Netflix por horas o levantarnos y hacer ejercicio. Ninguno de estos son “malos hábitos que debas erradicar”. Más bien, nos dice Barker, son “yos” con los que debes aprender a convivir.

A continuación te mostramos algunos sencillos trucos para lidiar con estos yos internos, y olvidarnos de si son buenos o malos hábitos los que rigen nuestra vida cotidiana:

 

Sólo cálmate

                                 

Esto es algo básico; no sólo para la neurociencia, sino para miles de prácticas alrededor del mundo, en las cuales relajarse es lo más importante. Muestra de ello es la práctica zen, que nos invita a mediar nuestros pensamientos y buscar el equilibrio desde una óptica introspectiva y muy simple.

Tomarnos un momento para respirar y pensar en lo que está pasando es lo mejor en todo momento de crisis. Sólo así puedes reflexionar sobre lo que te está ocurriendo y de dónde proviene eso que parecen ser malos hábitos. Condúcete con paciencia y calma a lo largo de tu experiencia cotidiana y no calcules cada acto; al contrario, déjate guiar por tu intuición y acepta que algunas veces los malos hábitos no son tan malos. 

 

Háblale a tus “yos”

Siempre pensamos en nosotros mismos como un ser sin divisiones, que debería tener una sola forma de ser y de desenvolverse. Pero no es así, y lo mejor es admitirlo. De paso, entablar una profunda plática con todas esas personalidades que nos hacen lo que somos puede contribuir a dimensionar todas esas personalidades que operan en la mente humana. 

Barker aconseja que les hagamos incluso algunas preguntas a esos “yos”: de qué nos protegen, qué quieren lograr, qué no quieren hacer, etc. Sé sincero contigo mismo para lograrlo; se trata de aceptar cabalmente quién se es, en relación a esas múltiples decisiones. 

 

Háblale también a tu niño interno

El niño interno es la contraparte de nuestro “yo” adulto. En la rama de estudio de la psicología que se encarga de entender la multiplicidad de la mente, es el llamado “exiliado”: la parte intuitiva y juguetona que el adulto intenta mantener alejada. Es como el niño que fuimos (una presencia de la memoria), pero también el que todavía somos (nuestro lado sensible). 

Nuestro niño interno sabe no tomarse la vida tan en serio; es aquel que puede procrastinar sin culpa. Tenerlo presente es importante, según Barker, para darnos cuenta de que los “malos hábitos” son más bien la manera en la que se manifiesta nuestro lado infantil, el cual es una parte necesaria de nuestro ser, que nos equilibra.



Nuestra civilización no se resume en héroes de granito: nuestra civilización es civismo y ayuda mutua

La realidad actual exige valorar la civilización desde otras raíces, sin duda, más reales y humanas.

Civilización es un concepto que nos hace sentir pequeños ante la inmensidad de los logros humanos. Nos remite siempre a las grandes hazañas: a los avances, a las potencias, a los héroes. Y a veces también a los cimientos sobre los cuales construimos nuestra civilización tecnológica y tecnocrática.

Pero la civilización no sólo es estructura y memoria. 

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La civilización es una idea asociada a grandes imperios y a monumentos históricos, sin embargo, también proviene de las cualidades humanas, donde civilizado adquiere un papel protagónico social: ya no es el ser independiente, sino un nuevo ser conectado a otros seres en unidad, a través de la cultura, el lenguaje… el modo de pensamiento.

La interacción con los otros es indispensable para las especie humana, y en este sentido nos hemos inclinado, de manera orgánica, a dialogar para habitar espacios compartidos. Estos espacios no sólo han sido creados en conjunto, sino que son el vivo ejemplo de una sentencia que se ha olvidado hoy día: la ayuda mutua y la cooperación social en favor de todos, es decir, la empatía.

De manera que la civilización es, más allá de estructura, memoria y sedentarismo, una suerte de ánima o conciencia que funciona con todos para dar pauta al progreso

Jamás podríamos hacer entender a un hombre de la antigua Grecia, el tipo de civilización actual. Aristóteles sabía que la civilización de la que era parte se cimentaba en la esclavitud, y que sólo así la polis griega podía existir. Para nuestra moral esto es inaceptable, pero de la esclavitud dependía en Grecia la libertad de los llamados ciudadanos: los privilegiados, militares y terratenientes, quienes al no tener que trabajar tenían el tiempo de organizar la sociedad, deliberando y aplicando leyes. Es decir, los ciudadanos podían hacer política, y era sólo mediante ésta que podían mantener su estatus de ciudadanos.

Ahora, la civilización se sustenta sobre otros principios, como el de la igualdad entre seres humanos.

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Ser civilizado, por lo menos, públicamente, es ser habitantes de ciudades donde “todos somos iguales”. Aquí la gente contrae matrimonio, tiene hijos, casa y automóvil. No obstante, aún existe la esclavitud, que es la que sustenta esos estilos de vida. Pero a diferencia de los griegos, no todos podemos hacer política: vivimos en tiempos de una exacerbada democracia representativa, que suele mutar en regímenes autoritarios y mandatos presidenciales extravagantes, como el de Donald Trump

Pero todos aceptamos, de una u otra forma, esta dinámica, y orgullosos nos proclamamos “civilizados”. No obstante, detrás de la aseveración “somos civilizados” existe, tácitamente, un contrario lógico: no somos bárbaros. Y no queremos ser los bárbaros, nunca.

Pero, ¿y si ya somos los “bárbaros”?

Quizá necesitamos una redefinición de civilización –y de paso de “barbaridad”, para lo que podemos ir pensando en lo que significa que Donald Trump sea presidente del país con más recursos militares del mundo. Porque cada cierto tiempo deben actualizarse nuestros conceptos, esos elementos del lenguaje que nos permiten inteligir el mundo.

Si no estamos de acuerdo con Aristóteles y los griegos, y no queremos naturalizar la esclavitud, ¿qué tipo de civilización tendríamos que construir? Si los postulados modernos sobre la igualdad no se ven reflejados en la realidad, ¿qué tenemos que replantear?

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Podemos seguir pensando a la civilización con las grandes magnitudes que la caracterizan (seguimos pensando en Grecia y Roma, ¡que tienen más de dos años!). Pero vale la pena pensar también en los microcosmos que existen en cada espacio civilizado, y que de hecho lo conforman y lo hacen posible. Porque la civilización son también los grupos excluidos, y erróneamente catalogados como minorías: las mujeres, los negros, las lesbianas, los gays, los indígenas, los jóvenes, los niños, y todos los hombres que transitan por cada civilización. Somos todos, en realidad, los de las grandes hazañas. 

Así que la nueva civilización tendría que empezar por comprender esto, y comenzar a redefinir lo que verdaderamente podrá dar sustento a la existencia humana del futuro. Más empatía, más compasión, más civismo, más activismo digital, más causas, más ayuda mutua; más luchas, más defensas del territorio y la cultura, más diversidad y menos inequidad, más espacios públicos, menos sector privado y cada vez más conciencia colectiva. 

 

 

1) y 4) Douglas Hale, 2) raw stroy

 

 

 



¿Podrán los psicólogos persuadir a las personas de salvar el planeta?

La psicología está indagando en la mente humana para descubrir posibles rutas que nos ayuden a cambiar, sobre todo, nuestra insostenible forma de relacionarnos con el planeta.

Hasta hoy, la condición humana es un misterio irresoluble. En los últimos años, algunos psicólogos se han abocado a este asunto no sólo para explicar la naturaleza humana, sino para poder convencer a las personas de lo necesario que es un cambio de mentalidad para vivir mejor; de entrada, es imprescindible salvar al planeta.

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Nuestra sociedad actual está repleta de violencia, sexismo y racismo: entre unos y otros nos devoramos. No es de extrañar que, por lo tanto, la relación con la naturaleza sea tan desigual e irrespetuosa, y que enfrentemos actualmente una gran crisis ecológica. ¿Cómo explicar ese comportamiento? ¿Y cómo cambiarlo, para salvar al planeta?

 

Teoría de la dominación social

Un grupo de psicólogos de la Universidad de California desarrolló en 1990 una teoría sobre las estructuras de organización social llamada “teoría de dominación social”. A grandes rasgos, esta teoría plantea que las personas con poder siempre buscan más de aquello que disfrutan en la vida, así sea a expensas de otros. Cada individuo tiene deseos y necesidades que busca satisfacer, lo cual se convierte en una guerra de unos contra otros.

Esto deviene en jerarquías sociales donde prima la dominación y la explotación de unas cuantas minorías por parte de vastas mayorías, una tendencia que, como advierte el psicólogo Jim Sidanius de la Universidad de Harvard, está presente (y muy exacerbada) en la mayoría de los grupos sociales modernos.

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Por otro lado, el psicólogo Erich Fromm indagó sobre la cuestión del hombre como ser social. Estamos determinados por aquello que hemos heredado pero que no necesariamente pedimos tener, nos dice Fromm. Nadie decidió por voluntad nacer hombre o mujer, o en un país dado. Ni mucho menos, rico o pobre.

Siguiendo esa tesis, el individuo moderno se vería atado a formas de organización social (económicas, normativas e ideológicas) que moldean su forma de actuar y de ser. Por ello, cambiar nuestro chip podría resultar más difícil de lo que creemos: “Si soy lo que tengo, y pierdo lo que tengo, entonces ¿quién soy yo?”, escribe Fromm.

Esa es la pregunta clave de la psicología. ¿Quienes somos? Y eso que creemos ser, ¿nos constituye permanentemente? Quizá no. En palabras de Eduardo Galeano, “al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

Estamos en proceso de cambio constante. Por eso, la apuesta de Fromm y los psicólogos contemporáneos es indagar en la mente humana para saber por dónde empezar a transformarnos. No podemos negar por completo nuestra naturaleza; por ello, la invitación es a reflexionar y trabajar en cambios, tanto a nivel social como individual.

Para Sidanius, el “cambio de chip” sólo puede provenir de conocer las leyes de los sistemas sociales y el comportamiento humano en éstos:

No podemos ser ingenuos sobre las formas mediante las cuales estos patrones sociales pueden ser cambiados […] tenemos que entender antes las leyes del sistema social.

En este sentido, los cambios individuales son igual de importantes. Para los psicólogos, tener una vida resiliente es fundamental: aprender del pasado, tener tolerancia y fomentar actos de bondad, así como intentar causar el menor daño posible a la naturaleza, entre otras cosas, constituyen actitudes resilientes.

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Ambas visiones encuentran su armonía en la idea de que somos seres inherentemente sociales, y que nuestra mejor forma de sobrevivir —y de salvar al planeta— es mediante el apoyo mutuo, dejando de lado el “chip” de la competencia rapaz y del “sálvese quien pueda”, haciendo de la resiliencia un proceso tanto individual como colectivo.  

Si alguna sociedad nos ha enseñado que esto es posible, y que no todo se basa en relaciones de competencia entre unos y otros, son las comunidades indígenas. Éstas tienen sus propias contradicciones internas, pero habría que voltear a observarlas para re-aprender; encontrarnos en el imaginario colectivo –¿cómo retomar el sentido comunitario?– y recordar que las civilizaciones no son nada sin la naturaleza.

 

* Referencias: El camino a la resiliencia