La visión más peligrosa del mundo es la visión de quienes no han visto el mundo: Alexander von Humboldt

Explorar el territorio hizo a Humboldt comprender tan cabalmente nuestra relación con la naturaleza que incluso predijo el cambio climático.

Estoy cada vez más convencido de que nuestra felicidad o infelicidad depende más de la forma en que nos encontramos con los acontecimientos de la vida que de la naturaleza de esos mismos eventos.

Alexander von Humboldt

 

Alexander von Humboldt nos legó un exquisito compendio sobre la naturaleza de las cosas. O por lo menos una profunda y vastísima comprensión de lo que ésta es como territorio, y lo mucho que inciden nuestras acciones en el equilibrio de ese delicado espacio natural que exploró con acentuada pasión. 

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Sólo un polímata como Humboldt podía indagar en los mistéricos significados de aquello que parecía inclasificable e intransitable; este naturalista investigó sobre la tierra, la flora, la fauna, e incluso sobre los parajes más indómitos, como los volcanes. Y ya que cada expedición era también una excusa para conocer poblaciones singulares por sus costumbres radicalmente diferentes, Humboldt llegó a concebir un gran análisis relacional del espacio, donde estaba la comunidad humana, por un lado, y el espacio natural, por el otro, compartiendo territorio.

Es fácil concebir que el punto de partida epistemológico de este explorador prusiano fuese el espacio. De ahí que sea considerado una suerte de excéntrico astronauta del territorio, cualidad que acaso, lo llevaría a usar la herencia de su fallecida madre para financiar sus exploraciones por el territorio latinoamericano, aún pleno de misterios para su época.

Humboldt hizo de América Latina un gran mapa: su cartografía tenía la pretensión de asir lo inasible y de servir para seguir descubriendo y redescubriendo ese espacio (aunque luego sus mapas fueron usados con fines políticos y militares, pero esa es la historia de la cartografía en general).

“La más peligrosa visión del mundo es la visión del mundo de aquellos que no han visto el mundo.”

Fue así como Humboldt utilizó una especie de “epistemología holística” como forma de comprender a la naturaleza, pero también para entender lo que es el territorio como espacio en donde confluyen los ecosistemas y las civilizaciones humanas.

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Alexander von Humboldt, Las vistas de las cordilleras, 1810

Por eso pudo predecir el cambio climático que la actividad de las colonias en Sudamérica podía ocasionar, como recoge la historiadora Andrea Wulf en su libro The Invention of Nature: Alexander von Humboldt’s New World.

Escribe:

La deforestación había hecho a la tierra erosionarse, a los niveles de los lagos bajar y, con la desaparición de la maleza, las torrenciales lluvias limpiaban los suelos de las cuestas de las montañas circundantes. Humboldt fue el primero en explicar la habilidad de los bosques para enriquecer la atmósfera con humedad y el efecto enfriamiento que esto causaba, así como la importancia de la retención de agua y la protección de ésta contra la erosión del suelo. Él advirtió que los humanos se estaban entrometiendo con el clima y que esto podía tener impactos indeseables para las generaciones futuras.

Pese a todo esto, el legado de Humboldt —quien, al final de su trayectoria por la vida se arrojó al conocimiento del universo— es todavía poco conocido. En sus tiempos, Humboldt era celebrado por personajes como Goethe, y fue inspiración de Henry David Thoreau y Charles Darwin. Y a pesar de su legado épico, hoy día poco se habla de él.

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Habrá que exigir una justicia digna para su trabajo. Y la mejor forma de ello tal vez sea seguir viendo el mundo atentamente, y de esta forma descubrir que no estamos separados de lo que nos rodea, al contrario: influye en nosotros como nosotros influimos en él. Al respecto Humboldt escribe que:

Nuestra imaginación está impactada solo por lo que es grandioso; pero el amante de la filosofía natural debería reflexionar por igual sobre pequeñas cosas.

Si algo pudiese decirnos Humboldt en aras de esta, una realidad estridente en cuestiones ambientales, muy probablemente sería el que no perdamos la lucha contra el cambio climático y la dramática extinción de especies que ya está ocurriendo en el planeta, pues, si se quiere ver desde otro ángulo, todos estamos conectados al ambiente, escribe:

Si se considera el estudio de los fenómenos físicos, no sólo en sus relaciones con las necesidades materiales de la vida, sino en su influencia general sobre el progreso intelectual de la humanidad, encontramos que su resultado más noble e importante es el conocimiento de la conexión que existe entre las fuerzas de la Naturaleza y el sentimiento íntimo de su mutua dependencia. La intuición de éstas relaciones es la que engrandece los puntos de vista, y enoblece nuestros goces.

 



Espiritualizar el Universo (de cosmovisiones y seres antropocósmicos)

Una reconciliación entre lo cósmico y lo humano es el germen teórico y científico que podría alentar nuestra evolución.

El cosmos ha sido siempre nuestro lugar favorito de contemplación, y ha suscitado las más portentosas reflexiones filosóficas. En la bóveda celeste se condensan también todo tipo de creencias místicas, sagradas, religiosas y espirituales, que comparten su realidad con la ciencia y las leyes de la física.

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Pero, ¿debemos concebir el cosmos como si fuese un dios?
¿O como si fuese lo que nos dio origen?

Quizá sí, porque aquello de que somos polvo de estrellas es más que una metáfora: podría ser que casi la mitad de los átomos que componen nuestro cuerpo provengan de galaxias más allá de la que habitamos. Y es que las primeras estrellas y, por tanto, los primeros átomos, nacieron cuando se formó toda la materia en el Universo, así como la energía que los transformó eventualmente en planetas y creó la vida en ellos.

Esto, que ahora lo explica la astronomía moderna, era lo que tenía su explicación esencialmente en los mitos de las cosmogonías antiguas: las narraciones centradas en los orígenes del Universo, como el Popol Vuh de los mayas, que buscaba la génesis de lo humano en el campo de fuerzas estelares. Pero además de las cosmogonías, las culturas mesoamericanas también sabían cómo hacerse a ellas mismas parte del relato universal.  Por eso tenían una cosmovisión.

¿Qué es la cosmovisión?

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Las cosmovisiones, como las cosmogonías, forman en conjunto lo que el pensamiento humano ha sido capaz de filosofar y crear hasta ahora. Una cosmovisión es una “concepción del mundo”, con historia y tradición, que se reactualiza cada tanto pero a su vez mantiene cierta continuidad. En ese sentido, las cosmovisiones no pertenecen sólo a las concepciones de las culturas mesoamericanas u originarias: en realidad, “cosmovisión” es un concepto alemán (Weltanschauung).

Pero curiosamente no hay concepción del mundo que merezca más ser llamada cosmovisión que la de las culturas mesoamericanas. Sus habitantes compartían muchos principios, pero también eran fundamentalmente diversos. Su mayor fortaleza era estar conscientes de ello y no escindir lo humano de lo cósmico, lo orgánico y lo místico. Algo que puede constatarse en la actualidad, en las comunidades indígenas contemporáneas.

Porque según el historiador Alfredo López Austin, los procesos míticos mesoamericanos se expresaban como “pasiones humanas”. No había una tajante división entre el tiempo-espacio “mítico” o divino, y el tiempo-espacio “mundano” o humano. Ahí lo “divino” no podía ser escindido de lo humano, porque nada podía  ser concebido más que por las pasiones humanas que permiten experimentar el mundo. La conciencia sobre este hecho pareciera haber sido mucho mayor en el mundo mesoamericano que en cualquier otro.

¿Tenemos nosotros una cosmovisión?

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Los científicos contemporáneos están comenzando a comprender que ellos, y la humanidad en su conjunto, necesitan volver a sus raíces: hace falta una concepción del mundo que parta de nosotros (en plural). No lo requerimos por una suerte de impulso antropocéntrico o egocéntrico, sino antropocósmico. Porque los seres humanos somos la mediación y la finalidad de todo lo que para nosotros mismos existe, pero a su vez debemos ser conscientes de que estamos en correlación con el cosmos y con sus otros habitantes.

Tal cosa sería como el humanismo que necesitamos en estos tiempos convulsos. Y no por nada la ciencia se está dando cuenta de ello. La astrónoma de la NASA Michelle Thaller ha sintetizado este nuevo paradigma científico de una manera preciosa:

Nuestras mentes, nuestra percepción de lo bello, nuestra noción de las matemáticas y cómo las cosas encajan, funcionan muy bien con las leyes físicas del universo. Pero eso no es una coincidencia: porque evolucionaron adentro del universo.

Así, nuestras mentes se hicieron conscientes con estas leyes físicas y estas condiciones. Por lo que creo que podemos aprender más del gran Universo estudiándonos a nosotros mismos.

Esta inédita reconciliación entre lo cósmico y lo humano es el germen teórico y científico que podría alentar nuestra evolución. Porque más que una marcha forzada a un mundo heterogéneo, es una forma de alimentar la unidad de la diversidad –lo individual y lo colectivo– desde aquello más general: la humanidad, por un lado, y el cosmos, por otro. 

Por eso necesitamos una concepción que nos permita ser seres antropocósmicos: transitar el tiempo presente y pensar a futuro sin escindirnos del cosmos ni de la naturaleza. Algo así como una cosmovisión contemporánea.

 

 

*Imágenes: 1, 3 y 4) Philipp Igumnov; 2) Edición Ecoosfera

 



Soldaditos de juguete que hacen yoga (y muestran que la batalla es en el interior)

Estas figuras provocarán un glitch en tu concepción de la guerra y la paz.

Es por demás extraño, por lo menos para nuestra concepción contemporánea, que en las disertaciones antiguas sobre la guerra terminara siempre por aflorar un profundo humanismo. Porque curiosamente, libros como El arte de la guerra, de Sun Tzu, no son tanto manuales militares como tratados de filosofía. 

¿Será porque la guerra es inherente a nosotros como especie, y lo mejor que podemos hacer es aceptarle, aprenderle? Suena desalentador, pero también más realista. Porque si lo pensamos brevemente, ¿acaso no es nuestro interior el primer campo de batalla?

En ese sentido, El arte de la guerra es un libro que nos puede ayudar a sortear estratégicamente las trincheras de nuestra psique. Es una reflexión que nos hace ver que la vida es una lucha sin cuartel contra nuestros malos hábitos, y nos plantea un escenario de constante conflicto en donde se pierde o se gana.

Esta misma idea también ha sido planteada en términos no militares, sino psicológicos, por Carl Jung. El pensador suizo pensaba que  todos tenemos un lado oscuro al cual no debemos reprimir, sino aceptar y conocer. Es lo mismo que Sun Tzu plantea para poder ganar guerras:

Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro.  Si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra.  Si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla.
 
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La colección Yoga Joe nos propone jugar con estas profundas reflexiones a través de una pieza particular: soldaditos de juguete.

Los Yoga Joes son soldaditos –algunos de peculiares colores, incluidos rosa y púrpura–, que libran la batalla en su interior practicando yoga. Son nueve figuras diferentes, cada una realizando un asana distinto, que nos recuerdan inevitablemente las reflexiones de Sun Tzu.

Es por eso, quizá, que estas figuras producen un glitch inmediato en la percepción. Porque es casi imposible asociar a los soldaditos de juguete con algo como la paz o la meditación, cuando los originales no están hechos sino para escenificar la guerra y retrotraer la violencia en la conciencia infantil.

Eso hace aún mejor esta original propuesta, que se antoja para tener en el estudio o como regalo para incentivar el diálogo con los niños… o el diálogo interno. Porque como dice su creador, Dan Abramson, estos soldaditos no buscan promover el yoga, sino que son “guardianes de la paz interna”, lo opuesto a la tradicional idea de “guardianes de la paz global” de los ejércitos del mundo.

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Los Yoga Joe Actúan como símbolos de calma y concentración para todo el que lo necesite en su día a día.

Lo malo es que por ahora ya están agotados en la tienda de My Modern Met. Pero puedes pedir que te envíen un correo cuando salgan más figuras a la venta.

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