Explorando la sexualidad con William Burroughs (y su máquina para producir orgasmos)

La importancia que este poeta le daba a la sexualidad lo hizo incursionar en la ciencia orgásmica de una forma poco esperada.

Para nadie es un secreto que el escritor William S. Burroughs estuvo encandilado en una vida que iba y venía entre el sexo, los estimulantes y la literatura. Escribía a raudales: desde novelas hasta ensayos y cartas; y su más famosa novela, Naked Lunch, es una suerte de autobiografía donde la estimulación de experiencias trascendentales, los viajes sin retorno y los placeres sexuales son los hilos conductores.

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Precisamente fue la exploración constante de la sexualidad lo que llevó a Burroughs a experimentar con el orgón (palabra derivada de la misma raíz que “organismo” y “orgasmo”), una especie de energía placentera descubierta por el psicoanalista post-freudiano Wilhelm Reich y puesta en experimento a través de una lúcida máquina de la que Burroughs habría de hacer su propia versión.

Reich llegó a la conclusión de que existe una fuerza vital universal de la vida, la base biológica que explicaba el libido y la intensidad de los orgasmos. El “éter” descubierto por Reich estaba asociado a la idea de Freud de que la salud mental depende de tener un flujo libidinal sin inhibiciones. En su libro, La función del orgasmo, Recih afirma que el orgón es una energía que puede ir desde la vida microscópica a las estructuras macroscópicas, y cuyo balance en los organismos tiene un papel fundamental para la vida.

De ahí que para Reich:

“Tener mejores orgasmos podría curar los padecimientos de la sociedad.”

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Por eso construyó una máquina que pudiese tomar la energía orgón de la atmósfera y hacerla fluir positivamente por el cuerpo, controlando la carga bioenergética de éste. A esta máquila le llamo “orgone accummulator”, o “caja orgásmica”: un complejo dispositivo de forma rectangular que las personas podían usar en el Reich’s Orgone Institute en Nueva York, hasta que la Food and Drug Administration (FDA) los destruyó por considerarlos parte de una ciencia engañosa.

Un poco antes de convertirse en un dispositivo ilegal, William Burroughs construyó el suyo en Texas, en el año de 1949. Estaba seguro de que podía ayudar a curar el cáncer, tanto como aliviar el síndrome de abstención de la heroína, como aseguró en 1977 para la revista Oui.

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Kurt Cobain en una de las cajas de Burroughs

Burroughs construyó más de estos dispositivos y los siguió usando por muchos años. Y aunque la eficacia de la caja orgásmica y la veracidad de las teorías energéticas de Reich siguen siendo discutidas, no deja de ser interesante lo que tanto él como Burroughs intentaban hacer: llevar la idea cultural del sexo a otro nivel, como una práctica fundamental que puede hacernos fluir en otra frecuencia y cuyos beneficios pueden ayudar a las personas contra todo tipo de trastornos físicos y mentales.

Además, para Burroughs el experimentar con la sexualidad era a la vez un acto de liberación, pues antes de la publicación de Naked Lunch se había visto en la necesidad de ocultar su homosexualidad. Sus incursiones en lo que es el sexo para la sociedad destapan posturas interesantes, como la siguiente:

“En el sexo homosexual, sabes exactamente lo que la otra persona está sintiendo, así que estás completamente identificado con ella. En el sexo heterosexual no puedes tener una idea de lo que la otra persona está sintiendo.”

Así que, más allá de echar un vistazo a la experimentación científica de Burroughs como algo irreverente, cabe destacar sus experiencias como detonantes, no sólo de su particular y rebelde estilo literario, sino también de una vía de introversión a la sexualidad, que en la década de los 50 (y tal vez incluso hoy en día), explorar la sexualidad suponía toda una revolución de paradigma.

Los orgasmos, más allá de si tenemos una caja orgásmica, son una sensación a la que nadie puede negarse. Se trata de un ejercicio de amor –hacia nosotros– ciertamente orgánico, que tiene múltiples y comprobados beneficios para nuestro cuerpo y nuestra mente, como el de mejorar el desarrollo cognitivo, fungir como antidepresivo natural, ahorrarnos enfermedades físicas ligadas al sistema circulatorio y muchos otros más.



El porno de realidad virtual podría destruir nuestra sexualidad

Estamos en la antesala de una revolución cognitiva de la sexualidad, pero esto podría no ser una buena noticia para las relaciones afectivas.

El porno digital cimbró nuestra realidad. Quiérase o no, no se trata sólo de una millonaria industria, sino de un producto cuyo consumo ha tenido todo tipo de consecuencias; entre otras, desatar adicciones tan poderosas como cualquier droga.

Ahora, el porno de realidad virtual ha creado experiencias mucho más íntimas e inmersivas, que podrían fácilmente generar mayores dependencias. Pero algunos dicen que el porno 3D está haciendo de este producto algo más empático y, por ende, humano: no una situación voyeurista, sino de participación directa, donde no se cosifica al otro.

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Arte: Joe Webb

Según aseguró el administrador del sitio 3DPornReviews, Doug McCort, en una entrevista con Peter Rubin: “la gente está respondiendo a lo que es una suerte de antítesis del porno tradicional“. Es decir, a la idea de poder interactuar, de percibir y sentir al otro en la intimidad, lo cual podría llevar al porno a evolucionar para bien.

Rubin, autor de Future Presence, recogió otras interesantes aproximaciones al porno de realidad virtual. Una historia incluida en su libro es la de “Scott”, un hombre casado que no solía ver porno. Pero en navidad recibió de regalo unas gafas de realidad virtual, y más temprano que tarde descubrió la nueva tendencia 3D del porno. Y se enganchó:

No podía creer el nivel de inmersión que esto proveía.

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Arte: gethinoliver

Pero Scott no se hizo un adicto. De hecho, la experiencia le sirvió para mejorar la intimidad con su esposa, con quien disfrutó la sexualidad tal cual como era con ella: con la persona que lo ama, y no con una simulación. No obstante, cuando Scott le contó sobre el porno de realidad virtual, ella le dijo que era un “simulador de adulterio”. Y quizá tuviera razón: la línea entre la fantasía (sobre todo la fantasía 3D) y la realidad es muy delgada, y el inconsciente puede jugarnos malas pasadas.

Así que Scott dejó el porno de realidad virtual, pues pensaba que podía estar rebobinando su cerebro y prefirió parar ante las fuerzas desconocidas que esta experiencia podía desatar. Pero muchas personas no son capaces de hacer lo mismo que Scott, y más porque –y Freud estaría de acuerdo con nosotros– estamos en una época de graves desórdenes sexuales, algunos provocados por la pornografía y su consumo excesivo.

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Incitados por la industria del sexo, que le ha quitado todo ápice de humanidad a la sexualidad y nos ha llenado de traumas, los desórdenes sexuales se han intensificado, y van desde la disfunción eréctil hasta graves aversiones sexuales. Y pese a la gravedad de tales condiciones, lo cierto es que dichos desórdenes no han sido suficientemente estudiados ni tratados por ninguna rama de la medicina. Así que abordar la sexualidad, y más aún, su industria, es algo todavía muy delicado.

 

Pros y contras del porno de realidad virtual

Por todo lo anterior, cabe reflexionar en torno a las posibilidades del porno de realidad virtual. Bien podría ser un catalizador de relaciones sanas: una vía para experimentar y estimularnos, para reinventar las relaciones y que dejen de ser cerradas en términos nocivos. Usado con moderación, el porno de realidad virtual podría ser un recurso fantasioso tan valido como inmiscuirse en una lectura, y podría mejorar nuestras relaciones en muchos sentidos.

Pero si la industria del sexo no cambia, es poco probable que el porno de realidad virtual nos sirva para evolucionar. Más bien, podría provocar mayores adicciones y, por ende, elevar el número de afectados por desordenes sexuales, ya que la experiencia que genera bien podría suplantar a cualquier contacto humano.

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El correlato de esto sería, sin duda, una vida cada vez más aislada y una frialdad tajante entre los individuos. El porno 3D podría ser la antesala de relaciones afectivas cada vez más mecanizadas, incluso más de lo que ya lo están.

Así que no hay que dejar de ser críticos ante el porno: seamos o no usuarios, sea tradicional o 3D, es un producto que no podemos consumir como si nada.

¿Tú qué opinas?

 

* Imágenes: Stuntkid



¿Por qué es probable que no existan personas 100% heterosexuales?

Freud lo dijo hace poco menos de un siglo y hoy, las investigaciones sustentadas en la tecnología vienen a comprobarlo: no somos 100% heterosexuales

Las más rígidas concepciones respecto a la sexualidad son las que, por siglos, han hecho que las mujeres y los hombres se junten. En el fondo no están sólo las razones reproductivas y evolutivas, sino pactos sociales que son cerrados mediante el compromiso entre ambos sexos: esto no es una reminisencia antropológica, sino que sigue siendo un elemento clave de las sociedades modernas.

 

Pero, ¿cuál es realmente la naturaleza de la preferencia sexual?

Durante años, Sigmund Freud insistió en la primigenia condición hermafrodita de los seres humanos, lo que nos haría ser bisexuales de manera innata. Después, los conflictos familiares (complejo de Edipo y de Electra) son los que serían analizados por la psicología como antecedentes directos del desarrollo de la sexualidad en las personas, perspectiva que intenta explicarla a partir de las reacciones de la psique al entorno familiar. Lo que surge entonces son… más preguntas. Por eso, la ciencia moderna ha estado indagando en el tema, con resultados por demás interesantes.

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¿Somos bisexuales de manera innata?

Un estudio publicado en Journal of Personality and Social Psychology viene a comprobar que la sexualidad no está definida: es decir, poco más o menos lo que Freud dijo hace casi 1 siglo. Somos bisexuales de nacimiento.

La investigación se llevó a cabo con un grupo de hombres y mujeres a quienes se les mostraba material pornográfico y erótico, mientras se registraba con tecnología diversa sus reacciones físicas y cerebrales.

Se pudo observar, entre otras cosas, que los ojos de las mujeres se dilataban cuando veían a un hombre y a una mujer en la intimidad, y también cuando veían a dos mujeres. En cuanto a esto último, ya otros estudios han comprobado la inexistencia de una heterosexualidad absoluta. Pero lo interesante fue ver la reacción de los hombres, ya que (todos lo sabemos) los patrones patriarcales de comportamiento son más difíciles de desmontar.

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En el experimento se les mostró a los hombres una foto de otro hombre masturbándose: las respuestas físicas fueron las mismas que al ver a una mujer en la misma situación. Es decir que, a juzgar por las reacciones de quienes se sometieron al estudio, podría determinarse (por lo menos neurológicamente) que la bisexualidad sí es innata. Esto incluso en los hombres, quienes al ser heterosexuales declarados, son más renuentes a admitir cualquier deseo hacia su mismo sexo.

No obstante, si nos apegamos a lo mucho que nuestro cerebro determina lo que somos, no cabe duda de que estamos ante un hallazgo importante, que podría ayudarnos a entender también la homosexualidad que está presente en la naturaleza.

Pero más allá de investigaciones y de reminiscencias freudianas, la única manera de desmontar mitos y emancipar nuestra sexualidad es entenderla como un espacio de libertad. Mientras se realice con responsabilidad, no hay necesidad de seguir indagando en teorías sobre la sexualidad: a fin de cuentas, no es necesaria justificación alguna para lo que no es sino un acto, insistimos, de libertad y, muchas veces, también de amor.