Si bien se ha demostrado que la música puede ser medicina, los sonidos que produce la naturaleza pueden llegar a serlo si nos enfocamos en ello. El sonido de la lluvia, de una nevada, el cantar de los pájaros, los hechos incesantes que resuenan en el bosque… Los ecosistemas son espacios sonoros que trascienden los canales multidimensionales del ser humano cuando éste entrega su voluntad a la relajación. 

Es cierto: vivimos atestados de basura visual y sonora, y en numerosas ocasiones ha llegado a desequilibrar nuestros sentidos, emociones, cuerpo y mente. No hace falta que un estudio científico lo pruebe, pues día a día experimentamos los resultados de vivir aceleradamente, y potencialmente fuera de lo que debiera ser la normalidad. 

Pero, para fortuna del ser humano, la naturaleza no solo está ahí, ajena a nuestro universo personal, sino que también es capaz de compartirnos una delicia de beneficios que bien podrían ser no visibles, pero sin duda demuestran efectos en nuestro desarrollo como personas. Es el caso del sonido.  La armonía natural es por sí misma una terapia. Se ha probado y se siguen estudiando sus bondades, principalmente para mitigar el estrés, la depresión, la ansiedad, incitar la relajación e inclusive el sueño lucido. 

Métodos como los empleados en musicoterapia o sonoterapia, que se basan en el principio de resonancia para sanar, advierten que el sonido es vibración para el organismo. En este sentido, resulta interesante notar que ciertos sonidos, por ejemplo, el de los cuencos cantores fabricados desde una aleación de minerales puros, han logrado sanar enfermedades físicas con la vibración, o que la terapia con sonidos bianuales –encontrados potencialmente en la naturaleza–, se vale de sutiles frecuencias que apenas alcanzamos a distinguir, pero que desmantelan efectos, inclusive parecidos a los de una droga. Se trata de sonidos que impactan según el timbre, las frecuencias y las variaciones melódicas, pero que no deja de lado la voluntad de la persona que quiere obtener sus beneficios.

De manera que, hay que ser consientes de las diferencias que como ser humano único hemos de tener, y por ende de los efectos que podemos alcanzar según el sonido y nuestro temple. Pero en lo que tal vez todos estaríamos de acuerdo, es en el hecho de que los sonidos de la naturaleza estimulan, y eso comprueba que también pertenecemos a ella. 

Si con lo anterior no te hemos convencido, prueba con esta deliciosa terapia de relajación, cortesía de una tormenta de nieve: