El riesgo de no tomar ningún riesgo

Jugar a la segura es aburrido. A pesar de la incertidumbre, un poco de riesgo es necesario para disfrutar la vida.

David Spiegelhalter es profesor de algo llamado “Entendimiento Público del Riesgo” en la Universidad de Cambridge. No es broma: su trabajo es medir y promediar los riesgos inherentes a toda clase de actividades cotidianas, para ayudar a la gente a tomar mejores decisiones en un ambiente plagado de peligros e incertidumbres como el mundo moderno.

Cuando uno observa al profesor Spiegelhater no piensa precisamente en un maverick surcando olas de 30 metros en alguna playa de Hawaii, ni en un deportista extremo ni en un junkie ni en ninguno de nuestros estereotipos sociales asociados al peligro. Pero su perspectiva nos ayuda a entender por qué tomar riesgos no sólo es importante sino que es la clave misma, paradójicamente, para evitar otros riesgos –como el riesgo de morir de aburrimiento–.

A principios del siglo XX el físico Werner Heisenberg postuló la relación de indeterminación, conocida popularmente como la teoría de la incertidumbre. Al igual que la teoría de la relatividad general de su colega, Albert Einstein, la teoría de la incertidumbre sentó un importante paradigma en el pensamiento científico y filosófico del siglo. El principio de Heisenberg es sencillo: afirma que en física cuántica, es imposible conocer dos variables relativas a la posición de una partícula simultáneamente como, digamos, su posición en el espacio y su velocidad, es decir, para conocer algo debemos dejar de conocer otra cosa, o dicho de otro modo, que es virtualmente imposible conocer algo por completo, con absoluta certeza.

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Lo cual nos trae de vuelta con el “Profesor del Riesgo”, como le llaman algunos. Al igual que Heisenberg, el profesor Spiegelhalter afirma que en nuestra vida cotidiana debemos realizar una gran cantidad de microdecisiones relativas a nuestra salud, nuestra seguridad, relaciones personales y laborales en un ambiente altamente cambiante y poco predecible. Cada decisión es determinante para el conjunto, pero esto no debe preocuparnos. Un pequeño ejemplo será ilustrativo.

Comer un sándwich de tocino en el desayuno puede estar bien cuando somos jóvenes –pero al llegar a los 55 años, esta dieta aumenta casi un 6% la posibilidad de un hombre (incluso sano) de sufrir un ataque cardíaco–. Sin embargo, como explica Spiegelhalter, este riesgo es demasiado pequeño como para pasarlo por alto: es preferible este riesgo, en su caso, a la alternativa de desayunar una insípida avena que le aporta más nutrientes a su cuerpo, pero que nunca le aportará el mismo placer. 

El filósofo francés Michel de Montaigne recomendaba un sencillo ejercicio para perder el miedo a morir: imaginar todas las maneras en las que la muerte nos acecha silenciosamente justo aquí y ahora, en este lugar. Más que un mórbido ejercicio imaginativo, pensar la muerte como algo cercano y posible nos hace tomar más en cuenta todas las oportunidades y aventuras veladas que pasan frente a nosotros cada día –incluso cuando vienen en la forma de un sándwich de tocino o de un paseo en bicicleta–.

Cuando consideramos todas las maneras en las que podemos morir diariamente parece asombroso que logremos mantenernos con vida hasta llegar a la cama. Sin embargo, el miedo al cambio y a la toma de decisiones nos haría individuos temerosos que nunca saldrían de su cama, que nunca comerían un sándwich de tocino ni se arriesgarían en un negocio atractivo ni tomarían la batuta al hablar con alguien que nos parece atractivo.

La conclusión de Spiegelhalter es sencilla: no tomar ningún riesgo es demasiado riesgoso. Si no lo haces, nunca te ocurrirá nada. Nada en absoluto.

*Ilustraciones gif: Maori Sakai



Es posible: 2 realidades pueden coexistir simultáneamente (filosofando con física cuántica)

La física cuántica está haciendo hallazgos que cambiarán radicalmente tu concepción del mundo.

Desde diversas disciplinas se ha intentado indagar en aquello que hemos dado por sentado desde hace décadas. Por ejemplo, que la realidad existe, y que es material y objetiva. Pero cada vez hay más pruebas de que lo que concebimos como realidad podría ser algo muy diferente.

Asimismo, las concepciones científicas sobre lo que es el espacio-tiempo están cambiando. Antes podríamos haber asegurado que el espacio que habitamos es tridimensional, mientras que el tiempo avanza linealmente. No obstante, semejantes aseveraciones parecen ahora, a la luz de la física cuántica y otros avances científicos, demasiado deterministas

 

Dos realidades caben en el mismo espacio-tiempo

Una investigación reciente de la Universidad Cornell pudo comprobar un experimento mental llamado “el amigo de Wigner” y que fue propuesto por primera vez en 1961 por el Nobel Eugene Wigner.

Este experimento parte de un sistema cuántico que tiene dos estados en superposición. Dado que en la física cuántica la realidad depende del observador, el sistema cuántico seguirá teniendo dos estados –dos realidades– hasta el momento en que sea medido. Según la paradoja mental de Wigner, la polarización de un fotón (es decir, el eje sobre el que gira) será el que genere dos realidades simultáneas, ya que dicho eje será al mismo tiempo horizontal y vertical.

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Los dos observadores propuestos en este experimento son Wigner y su amigo, mientras que el espacio clave es el laboratorio. Mientras que el amigo de Wigner está en el laboratorio realizando el experimento para medir la polarización del fotón –lo que hará que el fotón se fije en uno de los dos estados–, Wigner está afuera. Wigner no puede observar el fotón, pero sí a su amigo. Así, aunque el amigo observe el fotón y determine sobre qué eje gira, para Wigner el fotón seguirá en superposición.

Así, las dos realidades coexistirán en el mismo espacio-tiempo.

 

Pero, ¿por qué no se había podido hacer este experimento?

Los científicos que elaboraron este experimento tuvieron que construir las condiciones para reproducir a la perfección las leyes de la mecánica cuántica. Este sistema consta de cuatro observadores enlazados –inteligencia artificial– y seis fotones con tecnología de punta, lo cual demostró que, si bien una parte del sistema produjo una medición, para la otra la medición no se realizó. Lo que era la realidad para unos, no existía para los otros.

Esto abre una pregunta:
¿Qué grandes cambios filosóficos no traerá consigo la física cuántica?

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En términos sociales, el pensar en realidades simultáneas podría contribuir a nuestra evolución. Porque de esta forma podríamos construir un mundo más allá de verdades monolíticas, sustituyéndolo con la riqueza de la diversidad y pluralidad que caracteriza a la vida en general. En este sentido es curioso pensar que no todas las culturas han concebido de la misma manera algo tan complejo como la realidad, ni tampoco el espacio-tiempo donde ésta se sucede.

Para los pueblos originarios, por ejemplo, el tiempo no es lineal, sino cíclico, como lo son también los cultivos. Esto los hace organizarse colectivamente de maneras muy distintas a la nuestra, así como generar un pensamiento único en el cual rara vez se presentan perspectivas deterministas o reduccionistas. De esta rica cosmovisión surge un principio que rige su existencia: el buen vivir.

En vista de todo esto, habrá que seguir indagando en el mundo nanométrico y nanotemporal. No sólo con afanes científicos, sino incluso filosóficos y hasta pragmáticos, que nos puedan ayudar a repensar el mundo y las formas como lo habitamos.

 

* Imágenes: 1 y 3) ) Mariano Peccinetti 2) MIT



La realidad no existe a nivel cuántico (¿alguna duda de que todo es una creación colectiva?)

En una investigación reciente se comprobó que no hay tal cosa como “hechos objetivos”, ni en la ciencia ni en la vida.

Hace no mucho tiempo, una adolescente llamada Hillary Diane Andales ganó un premio por la manera en la que explicó, en una cátedra virtual de sólo 3 minutos, la teoría de la relatividad. La cuestión no sólo sorprende porque una joven sea capaz de entender y dar a entender a otros algo tan complejo, sino porque su explicación parte de algo muy sencillo: la empatía.

Para entender la teoría de la relatividad, así como la mecánica cuántica, quizá no haya nada más eficaz que ser empático y saber ver a través de la mirada ajena. Eso es lo que hace Andales cuando muestra cómo un 6 puede ser un 9 visto desde otra perspectiva. Pero si siguiéramos estrictamente esta línea, entonces la conclusión inevitable sería que la ciencia no descansa tanto sobre hechos irrefutables como sobre diversas alternativas.

Así, podríamos pensar que un científico jamás puede comprobar un hecho objetivo en la soledad de su laboratorio. Más bien, la ciencia es una creación colectiva –en el más amplio sentido en que podamos concebir tal aseveración–, porque la realidad es un complejo sistema del que todo observador es parte.

…Y cada observador tendrá una visión diferente de aquello que percibe.

Entonces, ¿todos somos científicos? No exactamente. La cuestión está en que nadie –ni siquiera un científico– puede ostentar la verdad absoluta sobre ningún “hecho objetivo”, porque esa realidad que los científicos estudian es una creación colectiva que todos percibimos y modificamos constantemente. Esto ocurre también a nivel cuántico, lo que ha hecho que los físicos cuestionen la realidad en todos sus niveles.

También en Ecoosfera: Científicos y filósofos están de acuerdo en algo: la conciencia humana es una alucinación colectiva

 

Los hechos alternativos de la física cuántica

Físicos de la Universidad Heriot-Watt realizaron un estudio a nivel cuántico para demostrar que en la cuántica no hay hechos objetivos. Utilizando cuatro máquinas con sofisticadas habilidades de interpretación, así como partículas cuánticas de luz –fotones–, demostraron que la realidad no existe como tal, y que la forma que adopta depende de cómo son percibidos los hechos por cada observador.

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La prueba consistió en que dos de las máquinas, llamadas Alice y Bob, recibían un fotón desde una central externa. Después debían interpretar el mensaje y enviar un fotón idéntico a las otras dos máquinas, Amy y Brian. Lo sorprendente fue que estos últimos interpretaron el fotón de manera distinta que Alice y Bob, incluso pese a ser máquinas con un alto grado de precisión. A este estudio se suman otros, que han demostrado que los átomos sólo cumplen su conducta al ser observados. Así que esto va más allá de nosotros y de las máquinas: es una cuestión nanométrica que no puede sino llevarnos a cuestionar la realidad.

 

Pero entonces, ¿vivimos un mundo irreal y de posverdades?

Algunos neurocientíficos coinciden en que la realidad es una construcción de nuestro cerebro, es decir, de nuestra percepción y nuestras capacidades cognitivas que modelan el mundo. Pero ciertos filósofos contemporáneos han cuestionado tales aseveraciones, ya que esto nos llevaría a basar nuestra existencia en una vieja –y ya superada– premisa cartesiana, la de “Pienso luego existo”. El filósofo Alva Noë, por ejemplo, cree más bien que la percepción es una dialéctica entre nuestro cerebro y nuestro entorno: una relación que transforma aquello que concebimos como real.

Quizá la cuántica se vea también regida por esta dialéctica, en cuyo caso no estaríamos atrapados en las “posverdades” contemporáneas, sino que estaríamos pensando el mundo –y la ciencia– desde un principio de empatía: de intersecciones, intercalaciones e imbricaciones invisibles, presentes en cada nanométrico movimiento vital tanto como en nuestra realidad aparente. Un mundo construido por cada visión y cada acción, pero sí regido por algunas leyes –aunque jamás absolutas–. 

Que la realidad no existiese podría convertirse en una verdad universal, aunque tan frágil como cualquier hecho objetivo puede llegar a serlo en un mundo de múltiples verdades, donde los hechos no pueden disociarse de los procesos individuales y colectivos (o visibles y cuánticos).

 

* Imágenes: James R. Eads