Navegando por internet (y por la historia de nuestra adicción a él)

Esta es la (triste) historia de nuestra adicción al internet (y las consecuencias que ha tenido hasta ahora).

La red que hoy conocemos como internet fue creada en 1969 por el ejército de EUA. Algunas décadas después, en 1998, se publicaría el primer estudio sobre lo que se vislumbraba como la próxima gran patología: la adicción al internet. Los científicos le llamaron, como si fuesen videntes, La emergencia de un nuevo desorden clínico.

El problema era que, en ese entonces, la neurociencia era una rama poco explorada, por lo cual el tema de las adicciones seguía sin pertenecer a lo que se clasifica clínicamente como “desorden mental”. Ello hizo a los investigadores asociar la adicción a internet con la compulsión patológica por apostar, pero sin sustentarlo sobre bases neurálgicas. Por eso el estudio se llevó a cabo con métodos de preguntas y respuestas similares a las que se usaban para diagnosticar la adicción al juego.

El estudio concluyó sin obtener grandes resultados, poniendo de manifiesto la necesidad que había de seguir ahondando en más investigaciones. Ahora, casi tres décadas después, la neurociencia ha develado las interacciones de nuestras neuronas y cómo funcionan las adicciones, partiendo del uso de la resonancia magnética en sus estudios.

Se ha probado de esta forma que, tanto las sustancias activas de las drogas como ciertas actividades como el uso de compulsivo de gadgets, pueden estimular el cerebro y hacer que éste segregue más sustancias como la dopamina (que es el neurotransmisor químico asociado con la motivación y la recompensa). Esto explica la similitud que los investigadores del estudio de 1998 vieron entre el internet y las apuestas, pues ambas actividades hacen al cerebro segregar altos niveles de dopamina, lo que a la larga puede conllevar un comportamiento compulsivo.

Navegando la adicción al internet en la actualidad

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La adicción al internet como desorden mental está por ser incluida en la biblia psiquiátrica: el Diagnostic and Statistical Manual for Mental Disorders. Y en países como China, Corea del Sur y Taiwán ya está aceptada a nivel de diagnóstico psicológico, y se han erigido consecuentemente cientos de clínicas para dar tratamiento a los afectados, en su mayoría jóvenes entre 14 y 30 años que pasan más de 31 horas conectados a la semana.

El crecimiento de esta adicción va acorde al crecimiento de la red a nivel mundial: actualmente, más del 40% de la población tiene acceso a internet, lo que en más de cincos países significa que más de la mitad de la población puede navegar, mientras que en otros es una parte considerable de la población la que pasa más de 15 horas a la semana en internet. Es en estos países donde se han presentado los más graves casos de adicción al internet —mismos que derivan en problemas familiares y laborales—, originándose así nuevas patologías que ya han sido clasificadas, tales como el “miedo a quedarse afuera” (por estar desconectado de la red) o la adicción a la pornografía que está en línea.

Si incluso hay quien habla de que el internet podría cobrar conciencia de sí mismo, ¿a qué hemos llegado? El internet ha roto fronteras y se ha convertido en pináculo de la información. Es un avance tecnológico que nos transporta a donde queramos y, sin duda, es la biblioteca más grande que jamás ha existido. Pero la adicción a él hace evidente que debemos encontrar nuevas formas de introducir la tecnología a nuestra vida, pues fácilmente podemos sustituir el amor por unos cuantos “clicks”.

 

*Referencias: Cuándo una persona es adicta a Internet, según la psiquiatría
*Imágenes: 1) Enkel Dika; 2) Sara Andreasson



Un cambio en la cultura juvenil: ¿más celulares y menos drogas?

El uso de ciertas drogas ha disminuido en algunos países, mientras que el tiempo que los jóvenes pasan en sus celulares incrementa vertiginosamente en el mundo.

La tecnología no es una droga –en el sentido tradicional que se asocia a la palabra droga. Pero una relación peculiar está teniendo lugar en la cultura juvenil, donde el uso de ciertas sustancias (incluyendo el alcohol) está disminuyendo, a la par que se incrementa el tiempo que los jóvenes pasan frente a las pantallas de su celular.

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(Foto: Álvaro Domínguez)

Este cambio ha sido paulatino, y los especialistas estiman que tiene diez años generándose. Algunos lo asocian con las campañas educativas sobre el abuso de drogas; otros han planteado una pregunta intrigante: ¿están sustituyendo los jóvenes drogas como la cocaína, la heroína y las metanfetaminas con el entretenimiento que les brinda su celular?

La adicción al internet y los cambios en la química de nuestro cerebro que provocan los gadgets, son temas que han sido ampliamente investigados. La tecnología ha venido a cambiar definitivamente nuestra antigua percepción de lo que son las drogas, pues ésta puede modificar el intercambio de información neuronal en el cerebro y, con ello, la función de la dopamina (el neurotransmisor del placer), tal como lo hace cualquier sustancia. Además, el uso de los celulares y los videojuegos activa el sistema límbico: el mismo que se altera cuando consumimos una droga.

Podría ser que se deba a una simple casualidad, o a un cambio de hábitos en relación a la manera en la que los jóvenes gestionan su tiempo. Pero la directora del National Institute on Drug Abuse, Nora Volkow, cree que es un campo de investigación en el cual es necesario indagar, pues reportes anuales son los que han visto esta paulatina disminución en el uso de drogas entre los jóvenes, por ejemplo en Norteamerica. 

En el caso de América Latina es distinto, pues algunos estiman que se está viviendo un incremento en el uso de algunas drogas, como las anfetaminas. No obstante, Estados Unidos podría ser el espejo en donde ver lo que puede pasarle a los jóvenes latinoamericanos, ya que en el continente también está creciendo el acceso a los celulares y el uso constante de estos, sobre todo entre los mas jóvenes.

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Entre 2010 y 2016, el número de teléfonos inteligentes en la región pasó de 27 millones a 372, suponiendo en la actualidad un 54% de los celulares en circulación. Mientras que en México, 87 de cada 100 personas tienen un celular (inteligente o no), y 88% de los jóvenes usa internet sólo para entrar a redes sociales (que por cierto han probado ser adictivas e incluso nocivas).

Así que la hipótesis de los investigadores norteamericanos podría ser cierta: la tecnología está sustituyendo a las drogas entre los jóvenes. Y se trata de algo que muy probablemente veremos ocurrir en América Latina. Por ahora, de lo que somos espectadores es de un incremento en el uso de drogas, pero también de tecnología: es decir, una suerte de “coctel” de adicciones que es urgente regular de alguna manera, y sobre el cual hay que discutir colectivamente. Incluso, vale reflexionar sobre la necesidad de reeducarnos en el tema de drogas y adicciones, para poder enfrentar los retos por venir en esta materia, sobre todo en lo que concierne al menejo sano y benéfico de la tecnología.

 *También en Ecoosfera: Así modifican los gadgets la química de tu cerebro



Así modifican los gadgets la química de tu cerebro

La tecnología no es una sustancia, pero puede ser igual de adictiva que cualquier droga.

Aunque no parezca, una adicción es una enfermedad cerebral. Contrario a lo que muchos creen, se trata de una alteración química y de funcionamiento del cerebro, que va más allá de la mera fuerza de voluntad del individuo. Este ha sido el caso del uso descomunal de la tecnología, especialmente de los gadgets diseñados para conectarnos a un mundo de fantasía, es decir, la red virtual.

Como se ha comprobado ya, la sustancia activa de una droga se relaciona directamente con partes de nuestro cerebro, pues su estructura química es muy similar a la de los neurotransmisores. Así, al ingresar al cerebro, las drogas obstaculizan su sistema de comunicación e interfieren en el proceso normal de intercambio de información neuronal. Sustancias de esta clase interfieren, sobre todo, en la acción de la dopamina, el neurotransmisor del placer. Sin embargo, hoy en día los celulares y otros gadgets tecnológicos han hecho a la ciencia replantear, una vez más, qué es lo que origina una adicción.

Pero, si estamos hablando de ingerir sustancias, ¿cómo podemos hablar de adicción a un objeto?

 

Un pequeño estudio de la Universidad de Korea en Seúl partió de esa pregunta para descubrir que nuestra relación con la tecnología sí modifica nuestra actividad cerebral y que el uso de ésta puede acarrear desbalances químicos, aunque no se ingiera sustancia alguna.

Los investigadores observaron la actividad cerebral de 38 adolescentes, hombres y mujeres, por medio de imágenes de resonancia magnética. La mitad de los participantes decían sufrir de adicción a su celular y al internet, y los más graves presentaron síntomas de depresión, ansiedad e insomnio. Observaron que, como en toda adicción, los síntomas no son inmediatos, sino que se van desarrollando y empeorando, hasta transformarse en un impulso por el uso del celular y en irritación en caso de no tener acceso a éste.

Pero lo más asombroso fue ver que la composición química del cerebro se ve afectada igual que al ingerir sustancias. A esto los investigadores lo llamaron un “desbalance químico”, pues pudieron observar que cuando los pacientes más dependientes al celular no tienen acceso a éste, forman un neurotransmisor llamado GABA, mismo que suele inhibir el miedo y los impulsos de ansiedad, pero cuyo exceso produce el efecto contrario.

Así quedó claro que el celular puede ser adictivo en términos neurológicos. Las “adicciones sin sustancia” como ésta, se han desarrollado en los últimos años de manera más frecuente. En este sentido, la adicción a la tecnología ha sido catalogada en el mismo rubro que trastornos como el acto compulsivo de comer, donde los mismos mecanismos cerebrales que participan en la adicción a las drogas aparecieron en ambos casos. 

Las conductas adictivas transforman la química cerebral, ocasionando desequilibrios de dopamina o de otros neurotransmisores, sin que necesariamente haya una sustancia de por medio que interfiera con la actividad de los neurotransmisores, sino una modificación en las que el propio cerebro segrega la sustancia detonante.

Aunque el uso del celular no es en sí adictivo, su uso indiscriminado puede llevar a la adicción cuando por medio de éste se busca llegar a altos niveles de dopamina. Por eso, en América Latina 50% de quienes ocupan celulares dicen sentirse dependientes a ellos.

Estos estudios demuestran lo complejo, (y lo delicado), que es el funcionamiento de nuestro cerebro. Y también lo necesario que es replantearnos la forma en la que nos relacionamos con la tecnología que, más allá de mantenernos en constante evolución, ha probado diseñar objetos dedicados a una vida sin actividad, cada vez más lejos de lo que en teoría debería ser vivir en la “normalidad”.