Comer bien para evolucionar: sobre cómo las frutas y verduras podrían cambiar nuestro ADN

La oportunidad de hackear nuestro cuerpo (y realidad) se encuentra en tan sólo un bocado. 

Aunque no siempre lo llevamos a la práctica, sabemos bien que consumir productos orgánicos y balanceados tiene múltiples beneficios. Enterarse de cómo funciona esto en nuestro organismo a nivel molecular podría sorprender a cualquiera, y hacerle cuestionar radicalmente su dieta.

Diversos investigadores, como el doctor Milton Mills, así lo aseguran. Una dieta basada en frutas y verduras podría reducir significativamente el riesgo de enfermedades crónicas importantes, mismas que en la mayoría de los casos son hereditarias. Dicho de otra forma, estos alimentos podrían modificar nuestro ADN y darle una mejor calidad a nuestro cuerpo (y descendencia).

 

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La razón es que las verduras y frutas se caracterizan por poseer un alto contenido de fitonutrientes. Éstos son químicos producidos por las mismas plantas y frutas. El desarrollo de esta sustancia ayuda a protegerlas de los rayos UV e insectos. En el caso de los humanos, el consumo de los fitonutrientes es igual de beneficioso, e incluso más. Su ingesta contribuye a aumentar las defensas en las células, lo cual permite que éstas se recuperen de cualquier daño causado por un deterioro genético. De ahí que el doctor Mills afirme que una alimentación balanceada y rica en vegetales y frutas, ayuda a prevenir enfermedades mortales como el cáncer. 

Finalmente, Mills nos recuerda que la investigación científica ha demostrado en numerosas ocasiones que las dietas basadas en alimentos naturales favorecen que el sistema inmunológico funcione notablemente mejor, es decir, permiten a nuestro cuerpo estar más fortalecido frente a cualquier enfermedad.

Muchas veces creemos que estamos sentenciados por la herencia familiar (y la creencia, a veces, es más poderosa que cualquier síntoma), cuando en la mayoría de los casos, es nuestra elección de alimentación (y estilo de vida) lo que más nos afecta. Si el doctor Mills está en lo cierto, la oportunidad de hackear nuestra realidad se encuentra en tan sólo un bocado



¿Por qué esta es la mejor dieta del mundo?

Tal vez ya intuyas cuál es, pero, ¿sabes por qué es la más saludable? Aquí 3 portentosas razones.

Todas las tradiciones culinarias del mundo tienen algo que ofrecer. Ya sea que agasajen el paladar o que potencien nuestra salud. O ambas cosas a la vez, como sucede con la dieta mediterránea: esa que, según muchos expertos nutriólogos, es la mejor dieta del mundo. Pero, ¿por qué? ¿Son los ingredientes? ¿Las combinaciones? O, ¿no será más bien la forma de comer de los europeos?

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Eso no quiere decir que debamos renunciar a una de las ­―pocas― veleidades de la globalización, que es poder probar platillos e ingredientes de casi cualquier región del orbe, ni mucho menos que renunciemos a la dieta de nuestro propio país, que como todas, es un tesoro y parte de nuestra identidad. Más bien, comprobar por qué la dieta mediterránea es la mejor nos puede ayudar a convencernos de agregar sus beneficios a nuestra dieta, sacándoles el mayor provecho ―algo que es bueno hacer con todas las dietas del mundo―.

La razón que diversas investigaciones dan para que la dieta mediterránea sea la mejor es que funciona como una medicina preventiva para un abanico de padecimientos. Además, es capaz de cuidar mejor que otras dietas dos de nuestros órganos más importantes: el corazón y el cerebro. Esto promueve una mejor y más larga vida.

El secreto de la dieta mediterránea

Lo primero que salta a la vista de esta dieta, repleta de vegetales, cereales, pan, semillas y grasas de diversas fuentes, como pescado y aceite de olivo, es que no es precisamente “ligera”. De hecho, los habitantes de los países mediterráneos consumen más grasa que los estadounidenses, según un estudio realizado por el Instituto Nacional de Salud Pública de Estados Unidos. No obstante, dicha ingesta proviene de grasas monoinsaturadas y polinsaturadas, presentes en los hábitos alimenticios que promueven una vida larga y sana.

Esta es una de las cosas que hacen a la dieta mediterránea la mejor, y más en estos tiempos donde mucha de la comida procesada está repleta de grasas saturadas que, en exceso, producen problemas cardiovasculares y hasta cognitivos. Esto ha provocado que muchos le teman a cualquier tipo de grasa y quieran omitirla por completo en su alimentación. No obstante, lo que hay que hacer es incluir grasas buenas, como las presentes en la dieta mediterránea.

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Beneficios para el corazón y el cerebro

Según contó la dietista Victoria Taylor, de la British Heart Foundation, para la BBC, existe una gran cantidad de investigación hecha sobre la dieta mediterránea que ha demostrado que ésta previene todo tipo de condiciones: desde diabetes tipo 2, hasta presión arterial alta y colesterol alto. Todos estos son factores de riesgo para el corazón, así que sin duda, una dieta mediterránea ayuda a evolucionar este órgano vital.

A medida que avanza la investigación sobre los beneficios de este tipo de dieta, es posible que se devele cada vez más que ciertos alimentos tienen mayor importancia para la salud. Por ahora, sin embargo, parece que es el enfoque de la dieta general y la combinación de alimentos, en lugar de los “superalimentos” por sí solos, lo que hace que esta sea una forma saludable de comer.

No obstante, esta especialista resalta que es bueno agregar elementos de la dieta mediterránea a nuestros hábitos alimenticios. Tan sólo hacer la transición de grasas saturadas a grasas mono y polinsaturadas ya es bastante benéfico, aunque nuestra dieta no sea completamente mediterránea. Así que agregar pescado, nueces y aceite de olivo a tus platillos es algo que puedes probar poco a poco para fortalecer el corazón… y también el cerebro.

Como comprobó un grupo de investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México, si bien las grasas saturadas son adictivas y pueden llegar a interferir con el funcionamiento de la corteza prefrontal, las grasas buenas, presentes en los alimentos mencionados, ayudan a prevenir el deterioro de las funciones cognitivas e incluso pueden reducir el riesgo de padecer Alzheimer.

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Añade estos ingredientes a tu rutina alimenticia:

  • Almendras
  • Aceite de olivo
  • Ajo
  • Bayas
  • Pan artesanal (o de mesa)
  • Salmón
  • Pescado azul
  • Quinoa
  • Y muchas verduras (pero muchas)

Ahora sabes por qué la dieta mediterránea es la mejor. ¿Qué otra cuida del corazón, el cerebro, y aumenta tu calidad de vida mientras la alarga?

 

*Imagen pricipal: Aysha Zack



¿Por qué deberías elegir las frutas y hortalizas de aspecto poco atractivo?

Los defectos morfológicos o fisiológicos no afectan en absoluto su calidad interna ni sabor.

Imagen: https://merveonur.files.wordpress.com

En los últimos años se ha evidenciado la poderosa influencia del cuerpo sobre la mente –y viceversa–; como por ejemplo, el impacto de nuestra dieta cotidiana en la calidad de sueño, estado de ánimo, autoconcepto y más. De hecho, científicamente se ha demostrado que una alimentación basada en azúcares, carbohidratos refinados o harina, resulta en ocasiones en trastornos emocionales como ansiedad, ataques de pánico o insomnio; mientras que una alimentación balanceada entre alimentos naturales, proteínas y nutrientes, reestablece el vínculo con la naturaleza y brinda una sensación de bienestar, plenitud y energía. Por ello se incita a vivir una dieta basada en productos más naturales; sin embargo, ¿cómo escoger las frutas, verduras y hortalizas de mejor calidad?

De acuerdo con la Food & Alimentation Organization –FAO–, los perfiles de consumo son diferentes según el país o región, el sexo, edad, nivel educativo y nivel socioeconómico; sin embargo, existen tendencias mundiales de expectativas más comunes del consumidor promedio. Como el aspecto externo –presentación, apariencia, uniformidad, madurez, frescura–; a diferencia, por ejemplo, de la calidad interna –sabor, aroma, textura, valor nutritivo, ausencia de contaminantes bióticos y abióticos–, la cual está más vinculada con aspectos generalmente no perceptibles. A continuación te compartimos las características con mayor predominancia a la hora de escoger frutas, verduras y hortalizas: 

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Si bien la calidad es una percepción compleja que depende de una visión subjetiva, en el momento en que escogemos la fruta elegimos la que inmediatamente se asocia –o compara– con experiencias pasadas, texturas, aromas y sabores almacenados en la memoria. Parece que con tan sólo mirar el color, el consumidor puede saber si un fruto está inmaduro o que no posee un buen sabor, textura o aroma; con tocar, se mide la firmeza u otras características perceptibles. No obstante, hay ocasiones en que la apariencia no es forzosamente sinónimo de componente de calidad: “La apariencia es uno de los subcomponentes más fácilmente perceptibles, aunque en general, no es un carácter decisivo de la calidad, a no ser que se trate de deformaciones o de defectos morfológicos. En algunos casos la forma es un indicador de la madurez y por lo tanto de su sabor.”

En muchos casos, los defectos no afectan realmente sus cualidades comestibles. De hecho, los defectos morfológicos o fisiologicos pueden resultar de diversas causas, como el clima, riego, suelo, variedad o fertilización, durante la etapa de crecimiento; los cuales no afectan en absoluto su calidad interna ni sabor. Por otro lado, cuando los defectos físicos se originan durante o posteriormente a la preparación para la comercialización y se manifiestan en los lugares de venta; tales como los daños mecánicos, lesiones o laceraciones debido al manipuleo del producto. Este último tipo de mallugaduras es la puerta a la mayor parte de los patógenos causantes de podredumbres durante la postcosecha: “El daño por frío y efecto del etileno en las especies sensibles así como la brotación y enraizamiento en bulbos y raíces, son respuestas fisiológicas a condiciones de conservación inadecuadas.”

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En palabras de la FAO: “Pruebe algunas frutas y verduras de aspecto poco atractivo y haga uso de alimentos que de otro modo podrían desperdiciarse. Las frutas o verduras de aspecto extraño a menudo se desechan porque no cumplen con los estándares estéticos. Pero, de hecho, su sabor es el mismo, si no mejor.”

¿Cómo elegir las frutas, verduras y hortalizas según su calidad interna? 

La FAO comparte las variantes que querrás tomar en consideración a la hora de elegir la fruta, verdura y hortalizas en el mercado: 

– La frescura. Es la condición de estar lo más próximo a la cosecha; es decir, cuando tiene una mayor turgencia, color, sabor y crocantez. 

– La madurez. Se refiere cuando la fruta está al punto de máxima calidad comestible, pero que en muchos casos se alcanza a nivel de puesto de venta o de consumo en la mayor parte de las operaciones comerciales. Las frutas almacenadas en atmósferas controladas alcanzan su calidad comestible al salir de la cámara, muchos meses después de haber sido cosechadas.

– El color. Es un indicador de madurez, aunque en algunos casos no hay cambios substanciales luego de ser cosechados; como en los cítricos, pimiento, berenjenas y cucurbitáceas. En los frutos que sufren cambios, el color indica el grado de madurez; como el jitomate, pera o plátano. 

– Brillo. Se encarga de realzar el color de la mayor parte de las frutas y verduras; tales como manzana, pimiento, berenjena, jitomate, uvas, ciruelas, cervezas. Mientras que en las hortalizas, el brillo está asociado con la turgencia: un verde brillante, como en berenjena, pepino y otros. 

–  Textura. Diversas sensaciones se perciben con las manos, tales como la firmeza, el tipo de superficie – pilosa, cerosa, lisa, rugosa, etcétera–. Por ejemplo, el jitomate sobremaduro es rechazado por su pérdida de firmeza y no por cambios importantes en el sabor o aroma. Aunque cada producto es valorado diferencialmente; ya sea por su firmeza –jitomate o pimiento–, ausencia de fibrosidades –espárrago, alcuacil–, su blandura –plátano–, jugosidad –ciruelas, peras, cítricos–, crocantez –apio, zanahoria, manzana–, terneza –arvejas–. 

– Firmeza. Es uno de los principales parámetros para estimar el grado de madurez de un fruto. A medida que este proceso continúa, se produce la sobremaduración, la última instancia de los tejidos y descomposición del producto. 

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