Este fotógrafo captó la contradictoria relación entre el ser humano y la naturaleza (FOTOS)

En esta serie de fotografías se descubre como nunca, la tensión entre el ser humano y su hábitat primigenio.

Podemos desafiar a las leyes humanas, pero no a las de la naturaleza, aseguró Julio Verne. Y es que ésta tiene su propia dinámica y su propio ritmo. Es precisamente dicho ritmo el que todo ser humano ha querido modificar, utilizando a la naturaleza a su conveniencia; dominándola, explotándola e impidiéndole desarrollarse como lo había hecho durante los millones de años antes de que fuésemos lo que somos.

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Eso es lo que el fotógrafo Lucas Foglia busca reflexionar en una cuidada y preciosa serie fotográfica que comenzó en 2006, y cuyo nombre, Human Nature, es ya una antinomia que invita a la reflexión. Y es que pareciera que no hay reconciliación alguna entre esos dos términos, en una época donde la innovación productiva y tecnológica es tan nociva para el medio ambiente y el ser humano se halla cada vez más alejado de la naturaleza, viviendo de manera tan inorgánica que su contacto con lo natural pareciera irreal.

Pero si bien Foglia tiene una crítica a esta situación, también nos demuestra, con sutiles detalles en sus composiciones, cómo reconciliarnos con la naturaleza es posible, si comprendemos lo que ésta tiene de superior a nosotros. La naturaleza se presenta en sus fotografías como una serie de tensiones, de polos opuestos, de depredadores contra predadores, así como de magnetismos en pugna, temperaturas extremas y aguas que bien pueden ser saladas o dulces.

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Son esas fuerzas las cuales nos negamos a aceptar que se encuentran más allá de nuestro dominio; esas contradicciones que queremos modificar y erradicar, las que lucen hermosas en estas composiciones donde el ser humano es sólo otro bello elemento en una serie de paisajes alrededor del mundo.

 

 



Mira las preciosas fotos de pájaros que concursan en el Bird Photographer of the Year

Este concurso premia cada año a profesionales y amateurs que logran captar la majestuosidad de estos seres emplumados.

Las 10 mil especies de pájaros que hay en el mundo tienen particularidades únicas, pero la mayoría comparten algo: son de una belleza y un misticismo inenarrables. Desde su equilibrada anatomía hasta la tersa perfección de sus plumas y sus exóticos colores, los pájaros son seres que nos invitan a la contemplación.

Por eso, año con año se lleva a cabo el Bird Photographer of the Year, un concurso centrado en la pasión por las aves, así como en el interés por captar no sólo su belleza, sino sus curiosos comportamientos. Este concurso se divide en ocho categorías, que incluyen, entre otros, Mejor Retrato, Atención al detalle, Comportamiento de Aves y Aves en Vuelo.

Para todas las categorías se escogen diversas fotografías, mismas que tanto profesionales como amateurs pueden subir en los sitios organizadores, Nature Photographers Ltd y The British Trust for Ornithology. 

El ganador de esta edición (2018) será anunciado el 20 de agosto, pero mientras puedes contemplar la belleza cotidiana de las aves en esta selección de algunas de las fotos que participan en el concurso.

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Kingfisher diving (España), de Mario Cea Sanchez
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Alexandrine parakeet standing on swallows nest (Río Chambal, India), de Georgina Steytler
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Red-billed oxpecker on an impala (Kruger National Park, Sudáfrica), de Edmund Aylmer
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Whooper swans (Janakkala, Finlandia), de Antti Siponen
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Pygmy Cormorant (Hungría), de Bence Mate
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Sanderling wading birds stop during migration (Asturias, España), de Mario Suárez Porras
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Griffon vulture (Alaska), de Pedro Jarque Krebs
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Grey heron (Hungría), de Bence Mate
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Snowy owl (Canadá), de Markus Varesvuo
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Northern gannet with discarded netting in its beak (Heligoland, Alemania), de Petr Bambousek
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Canada Goose (Londres, Inglaterra), de Renato Granieri
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White-backed vulture (Zimanga, Sudáfrica), de Clint Ralph
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Great Grey Owl (Alberta, Canadá), de John Launstein
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Dalmatian pelicans (Lago Kerkini, Grecia), de Johan Siggesson
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Water rail (Salamanca, España), de Mario Cea
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Stellar’s Sea Eagle (Hokkaido, Japón), de Gladys Klip
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Blue Tit On Berries (Helsinki, Finlandia), de Markus Varesvuo



Sans Nom: un pálido recuerdo de la inmensidad

La serie fotográfica de Jean de Pomereu nos muestra cómo la naturaleza, a través de sus símbolos y formas, despierta la sabiduría más esencial: los recuerdos de lo infinito.

En algún momento entre la una y las cuatro de la mañana, cuando no hay viento y el ambiente se llena de una ligera neblina, los espacios captados por Jean de Pomereu en una región cercana a la Bahía Pridz (al este de la Antártida) son un oxímoron hecho paisaje. Es el retrato  de un espacio perfecto y nítido –un lugar que transmite un imponente sentido de pureza–, y a la vez, un lugar aterradoramente vacío, salvaje, inhóspito, un paisaje casi oscuro, a pesar de su blancura.

Jean de Pomereu estudió artes y conoció la Antártida en el 2003. Desde entonces ha vuelto en diferentes expediciones artísticas y científicas. Avalado por el Scott Polar Research Institute, ha trabajado en diversos proyectos editoriales sobre las primeras fotografías tomadas en este continente –que según historiadores fue descubierto por marineros europeos, a finales del siglo XVI, y que hasta hoy es el único que no se ha transformado en un país. 

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La serie Sans Nom, documenta un paisaje casi imaginario, innombrable, donde los contornos que separan a los icebergs del cielo se diluyen. El silencio que reina en el lugar se puede, paradójicamente, escuchar a través de las imágenes. Los icebergs son también monumentos al tiempo, cuerpos en constante transformación, derritiéndose lenta e irreversiblemente, para luego reintegrarse a los mares del sur.

En una segunda vista, estas estructuras podrían remitirnos a las ruinas de una civilización antigua, elegante. Los paisajes de Pomereu nos recuerdan eso que los románticos ingleses advirtieron en sus poemas: la naturaleza es una ventana al infinito y a la sabiduría más profunda, disponible para todos en la inmensidad del cielo, del mar o en la pequeñez de una roca o una flor. Según las palabras del artista, su fijación con la Antártida responde a: “…su capacidad de atraernos, un paso a la vez, hacia lo esencial.”

Y es verdad, a través de los vastos bloques de hielo, de su blancura e imponencia, el ojo humano se enfrenta con aquello que jamás podrá nombrarse. 

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