El peatón es sinónimo de movilidad sustentable, y la movilidad sustentable es ya una necesidad que, además que cuida al medioambiente, nos ayuda a tener una mejor calidad de vida.

Porque hacer a las ciudades más caminables mejora la salud física y emocional. Y no sólo porque una ciudad que camina reduce, por ejemplo, los altos niveles de polución que dañan a nuestros pulmones, sino porque también, a menor uso del automóvil, menos es el estrés que impacta tanto a la persona que maneja como a los agentes externos.

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Así, no hay duda de que los beneficios de la cultura peatonal son inmediatos y de proporciones asombrosas. Por ello es que muchas ciudades son ya ejemplo de la posibilidad de revertir los estragos que hasta ahora ha causado el modelo de urbe caótica diseñada para consumir automóviles.

 

Estos cuatro puntos sintetizan los múltiples beneficios de las ciudades peatonales:

– Hay hasta 40% más de áreas verdes. Un ejemplo es Hamburgo, donde el espacio que se liberó a partir de esta planeación urbana propeatonal permitió una mayor construcción de parques, centros deportivos y hasta huertos urbanos.

– Existe menos contaminación atmosférica. El parque vehicular es el causante de que se disparen los índices de contaminación debido a la emisión de CO2 causada por la combustión de gasolina. Ante eso, las ciudades peatonales imponen una lógica muy básica: a más peatones menos coches o, lo que es lo mismo, un drástico descenso en los niveles de contaminación. Y también esto es igual a menos contaminación sonora, pues la mayoría de ésta proviene de los motores y las bocinas de los coches, afectándonos anímicamente e interrumpiendo nuestro sueño y tranquilidad.

– Mejora la salud. La contaminación atmosférica urbana aumenta el riesgo de padecer enfermedades respiratorias agudas, como la neumonía, y crónicas, como el cáncer de pulmón y enfermedades cardiovasculares. Además, una cultura peatonal incentiva el caminar o el uso de la bicicleta, algo que no sólo previene enfermedades, sino que mejora considerablemente la salud y ayuda con esto a disminuir la tasa de mortandad, pues la inactividad es la cuarta causa de mortalidad en el mundo.

– Engendran mayor convivencia. La cultura individualista del automóvil se impone el salir a la calle, caminar o andar en bicicleta y ver a otras personas. Además, esta planeación propeatonal, apuesta por centros urbanos con más espacios de recreación y locales pequeños donde convivir, como cafeterías y restaurantes, lo que a la postre ayuda a la economía de los pequeños negocios y hace de las ciudades sitios más seguros, como pasó en Houten.

– Incentiva el amor por tu ciudad. Caminándola o rodándola en bicicleta la conoces en todos sus detalles. Porque no se trata de demonizar las ciudades, pues éstas son muy hermosas, pero no cuando sólo las vemos a través de los cristales del automóvil, en momentos de ansiedad y estrés cuando nos trasladamos a toda velocidad o, peor aún, cuando estamos parados en un tráfico brutal.

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Por todo lo anterior, distintas ciudades del mundo han promovido políticas públicas para que más personas se trasladen a pie de forma segura y cómoda. El impacto de estas políticas puede verse, sobre todo, en Europa y en las ciudades estadounidenses de Nueva York y San Francisco; esta última, incluso, ha trabajado de la mano con ONG’s para elaborar estrategias que buscan mejorar la calidad de vida urbana. Entre dichas estrategias están el evitar construir manzanas llenas de edificios, que los espacios públicos tengan equilibrio entre el espacio disponible para que circulen los peatones y el que destinan a los quioscos o tiendas, la construcción de estacionamientos “invisibles” —subterráneos o en la parte trasera de los edificios—, accesos peatonales claros y definidos y, finalmente, algo que en nuestras ciudades latinoamericanas hace mucha falta: construir banquetas grandes.

Según un estudio del Observatorio de Movilidad Urbana para América Latina, hoy en día casi el 80% de la población de la región vive en centros urbanos y esa proporción llegará a cerca del 90% en las próximas décadas. Además, de sus 60 ciudades, cuatro son “megaciudades” con más de 10 millones de habitantes. Este desaforado crecimiento urbano se ha sustentado, en gran parte, en una cultura del automóvil, por lo cual el continente enfrenta problemas como que las banquetas no tienen un ancho estandarizado, que no existe un número adecuado de estacionamientos y no hay árboles o arcadas que protejan de los rayos solares, entre otros que problematizan la movilidad peatonal. 

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Por eso en América Latina se hace urgente tomar medidas. Hace falta una revolución peatonal que resuelva los problemas que conllevan las ciudades caóticamente planeadas y pensadas para automóviles pues, además, el automóvil exige el 85% del espacio de las calles para apenas el 29% de la población, lo que es un absurdo total.

Autonombrarnos peatones y ejercer el acto de caminar diariamente es por donde puede comenzar esta revolución peatonal, que no tiene sino múltiples beneficios y son más que suficientes para optar por este cambio que, con suerte, revierta lo que ya ha ocasionado lo que los geógrafos llaman la “urbanización salvaje”.

 

* Fuente de consulta: Observatorio de Movilidad Urbana para América Latina Información para mejores políticas y mejores ciudades