La dieta vegana no es necesariamente la más sustentable

Que tu dieta sea o no sustentable depende de qué tanto aprovechas los recursos disponibles en tu entorno

Las dietas también son moda. Pero ni la moda, ni el gusto están aislados de su contexto social, cultural y económico. En ese sentido, podríamos decir que la decisión de seguir una dieta está ligada siempre a las posibilidades que presenta el entorno. La dieta vegana es una dieta muy popular actualmente y se ha legitimado gracias al reconocimiento de médicos, nutriólogos y de muchas celebridades occidentales del cine, la música y la televisión. Aunque no por ser moda hay que descartarla, definitivamente tiene muchas ventajas.

Por otro lado –y aunque pareciera difícil de creer–, todas las dietas y hábitos de consumo alimenticio tienen desventajas. Asumir que sería posible que todos los seres humanos compartiéramos la misma dieta, es implicar que todos necesitamos consumir los mismos nutrientes y en cantidades similares. Pero, ¿cómo saber lo que es más saludable para cada uno?

La forma de comer no puede ser universal

Antes de decidirnos por una dieta específica, hay que revisar muchos asuntos. No dejemos de considerar que cada tipo de dieta implica también un presupuesto económico diferente. En el caso de la dieta vegana, hay que tener mucho cuidado para no dejar de consumir ciertos nutrientes que son fácilmente encontrados en alimentos de origen animal. Eso a veces significa gastar en suplementos alimenticios, cuyos precios no están al alcance de todos. Además se sugiere aumentar el consumo de nueces y semillas que, en algunas partes del mundo, tienen precios muy elevados, en comparación con otros alimentos.

Otra cosa a considerar es que la información que tenemos sobre alimentación saludable es muchísima, cambia todo el tiempo, es controversial y generalmente está ligada a intereses políticos y culturales que poco tienen que ver con nutrición. Mientras que muchas fuentes aseguran la efectividad y beneficios de una dieta vegana, otras dirían todo lo contrario.

La dieta vegana responde a una ideología, no a la naturaleza

De cualquier forma, el discurso a favor de la dieta vegana se ha endurecido y ha crecido mucho en la última década. De hecho, se considera al veganismo como un estilo de vida (no como una dieta) que involucra valores como cuidado del medio ambiente y compasión por todas las formas de vida. Algunas manifestaciones de ese discurso (como algunas de las múltiples cuentas de influencers veganos en Instagram y Youtube) tienen la misión de universalizar su manera de pensar y atacan duramente a quienes no la están siguiendo.

La crueldad hacia los animales ha pasado de ser una denuncia a ser recurso retórico del discurso vegano. Es cierto que gran parte de la industria de alimentos de origen animal mantiene al ganado en pésimas condiciones, pero las definiciones sobre lo que es la crueldad y la violencia pueden mutar de cultura a cultura y de persona a persona. Comer carne en muchos lugares del mundo es tradicional y, como cualquier tradición, puede ser sometida al cuestionamiento, a la revaloración y al cambio; pero eso no significa que la connotación del acto, para quien lo ejecuta, sea negativa.

Argumentos a favor del veganismo

En agosto de 2016, George Monbiot publicó en The Guardian un artículo en el que explica sus razones para haberse convertido en vegano. Mientras que su discurso no es radical o acusatorio, sí plantea la dieta vegana como la opción que todo mundo debería elegir si queremos sobrevivir como especie en este planeta. Su argumento más fuerte es que la crianza de ganados implica una sobreexplotación de la tierra, que amplifica radicalmente la presencia humana, quitando espacio para el desarrollo de la flora y fauna silvestres. Adicionalmente, explica que no tiene sentido invertir terrenos en sembrar granos para alimentar animales que nos vamos a comer, si podrías simplemente comer esos granos y ya no usar espacio para mantener animales. Finalmente, explica que las industrias de los productos de origen animal, no están propiamente reguladas por los gobiernos y están plagadas de corrupción, por lo que él se rehúsa a contribuir con su desarrollo a través del consumo de lo que producen.

La respuesta de Jimmy Smith, director general del Instituto Internacional de Investigaciones Agropecuarias

Para Jimmy Smith, que se dedica a investigar el asunto, el problema no se va a resolver tan fácilmente. En respuesta a Monbiot, Smith publicó también en The Guardian, sus propios argumentos. Empieza por explicarnos que, aunque él apoya cualquier medida que uno tome en cuanto a su dieta para reducir el impacto negativo de su huella ambiental, el veganismo no va a ayudar a cumplir un desarrollo verdaderamente sustentable a nivel global. Su argumento central es que las dietas inclusivas utilizan su entorno de forma más óptima que las restringidas. Por otro lado, por razones ligadas a la geografía, no todas las personas pueden llevar a cabo una dieta basada en vegetales. Smith afirma que “el 60% del África Sub-sahariana está cubierta por tierras secas”, en ellas se mantiene ganado y no se pueden mantener plantíos.

En este sentido el ganado es muy importante para la supervivencia de mucha gente en África. Además los alimentos de origen animal son caloricamente densos y tienen nutrientes que muchas personas no pueden conseguir de otras maneras. En zonas muy pobres, poseer animales hace toda la diferencia. Para él tiene más sentido concentrarse en dos cosas. Por un lado, acciones que quienes tienen suficientes recursos pueden realizar (como moderar el consumo de alimentos, que en algunos países es excesivo y reducir el desperdicio de comida que es, según Smith, muy alto) y, por el otro, concentrarse en mejorar las condiciones en las que se hace ganadería y crianza de animales. Lo más sustentable, nos dice, sería hacer el mejor uso posible de todos los recursos disponibles, buscando ampliar sus beneficios, reduciendo el impacto en el medio ambiente.  

Comer de forma sustentable, es comer lo que el entorno ofrece sin sobreexplotarlo

Smith explica, en su respuesta a Monbiot, que el veganismo es evidente como respuesta en una sociedad de mucha abundancia económica, que tiene muchas opciones a su disposición. De alguna forma, ser vegano podría ser considerado sustentable en donde no hay crianza de animales, como en las grandes ciudades occidentales (aunque tampoco hay mucha producción de vegetales). Más allá de Smith, podríamos pensar que tal vez hay pistas, que ya no podemos seguir ignorando, en la forma de comer que corresponde a nuestras dietas tradicionales. Sin irnos tan lejos (como a lo precolonial) los platillos que reconocemos como parte de nuestras gastronomías locales posiblemente están preparados con recursos que se dan naturalmente en nuestras tierras. Como dijimos al principio las dietas no son casualidad, responden a su contexto, pero es posible que al decidir seguir una tendencia estemos ignorando por completo al entorno que nos rodea. 



La atención es nuestro puente con el mundo

La economía de la atención gana millones robando nuestra atención, pero, ¿cómo podemos recuperarla para alcanzar nuestros objetivos?

Nuestras capacidades cognitivas son nuestro puente con el mundo. Son aquella habilidad que nos permite conocerlo, pero también inteligirlo, memorizarlo y nombrarlo. Más aún: son un aspecto esencial de la conciencia humana.

¿Qué tan importantes no serán estas capacidades, que en la actualidad son explotadas por otros?

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La información se ha vuelto una mercancía. Y para poder competir, las grandes industrias de todo tipo –pero sobre todo las industrias techtienen que lograr captar nuestra atención, vendiéndonos cierto tipo de información. Lo único que quieren es que demos click y que nos quedemos viendo un video por más de tres segundos. O en el caso de la publicidad, nos siguen bombardeando con mensajes irrisorios y cacofonías estridentes.

Cada dos días es generada más información de lo que se generó en toda la historia de la humanidad antes de 2003

Lo malo –para las industrias y para nosotros– es que hemos entrado en un circulo vicioso. Mientras más atención nos exigen, menos atención somos capaces de prestar. La demanda por atención nos aletarga, y por eso hoy son usadas insólitas formas para explotar nuestras capacidades cognitivas. Para ello se utilizan todo tipo de recursos: psicológicos, neurológicos, de programación y de diseño.

¿A que grado se está viendo comprometida nuestra atención?

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Tenemos distintas formas de prestar atención. Estas se producen en los dos hemisferios del cerebro: en el hemisferio izquierdo está la atención más analítica, mientras que en el derecho está una atención más enfocada a la exploración sensorial. Estas capacidades se complementan: el hemisferio izquierdo es el que le da una representación a la totalidad captada por el hemisferio derecho.

De alguna manera, la atención del hemisferio derecho, que es la más libre, la que no se “engancha”, sino que se mantiene al tanto de todo, es aquella que se está viendo más comprometida debido a la economía de la atención. Porque la atención que reclama el Internet, las redes sociales y los servicios de entretenimiento, es una atención inmediatista, de gratificaciones al instante. Apaga nuestra modalidad de exploración y nos engancha a una sola cosa: a las pantallas.

¿A qué quieres prestar atención?

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Pero la atención en realidad es una experiencia, no sólo un recurso. Y es una capacidad que nos permite encontrar nuestros intereses y llevar a cabo nuestros propios objetivos. Por eso es urgente que dejemos las pantallas y volvamos a explorar al mundo y a nosotros mismos con él. Quizá la pregunta más pertinente sea: a qué queremos prestarle atención… ¿Lo habías pensado?

Si quieres dejar de ser explotado por la economía de la atención, ya existen algunas propuestas, como el minimalismo digital, que sirven como modelos para tener una vida menos tecnológica y más orgánica. A esto se suman prácticas que podemos adoptar, como la meditación mindfulness, el hacer de la comida un ritual de principio a fin –y dejar de comer frente a las pantallas comida rápida–, o incluso prácticas sin una finalidad aparente, como salir a dar una caminata.

Así podremos conquistar nuevamente nuestra atención consciente y enfocarla en lo que verdaderamente importa.

Imágenes: Piero Fornasetti



Una pequeña variación en este número podría revolucionar la física (y la realidad) como la conocemos

Una constante con la que los científicos se han topado a lo largo de la historia podría demostrar que la naturaleza también evoluciona a través del tiempo.

Para las ciencias exactas, las constantes representan valores confiables para entender el mundo a nuestro alrededor. La velocidad de la luz, la aceleración con la que la gravedad terrestre atrae los cuerpos en caída libre y muchos otros aspectos de la naturaleza se consideran invariables a través del tiempo.

¿Pero cómo podemos estar seguros de que la naturaleza no cambia? O dicho de otra manera, ¿cómo sabemos que una constante no evoluciona a través del tiempo?

Una de las constantes más misteriosas de la ciencia aparece en los cálculos astronómicos, en el funcionamiento de la química e incluso en la manera en que los átomos se forman. Es un número con el que científicos de diversas disciplinas se topan una y otra vez a lo largo de la historia: 1/137. Descrito por el radical físico Richard Feynman como “uno de los misterios malditos más grandes de la física: un número mágico que aparece sin que podamos entenderlo”, este número aparece en áreas como la relatividad, el electromagnetismo y la mecánica cuántica.

La Constante de Estructura Fina del Universo, también conocida como constante de Sommerfeld, es una constante que caracteriza la interacción electromagnética entre las partículas elementales cargadas. La importancia de esta constante, representada por la letra griega “alpha” (α), es que dependiendo de su valor es posible descartar o no la existencia de una estructura interna del electrón. Se compone de tres constantes: la velocidad de la luz, la carga electromagnética de un electrón y la constante de Planck. 

Por ejemplo, durante mucho tiempo se creyó que los neutrones, protones y electrones eran las partículas elementales de la materia. Pero tiempo después se descubrió que los protones y neutrones aún pueden descomponerse en elementos más pequeños, llamados quarks.

Actualmente los científicos creen que los electrones sí son partículas elementales y en esa suposición se basa el Modelo Estándar de la física de partículas elementales, la física mediante la que nos explicamos la mayor parte de los fenómenos macroscópicos a nuestro alrededor. Pero si la constante alpha presentara variaciones, significaría que la física tal y como la conocemos podría dar un giro inesperado.

El pasado 13 de abril, se realizó la medición más precisa de esta constante por científicos de la Universidad de Berkeley, California. Por primera vez se utilizaron pulsos láser en lugar de cálculos indirectos para llevarla a cabo. Los resultados confirmaron que partículas hipotéticas que habían sido nombradas como “fotones oscuros” en realidad no existen.

Si la medición hubiera revelado la existencia de los fotones oscuros, el electrón hubiera dejado de considerarse una partícula elemental, revolucionando por completo la física. Debido a la importancia de esta constante, los científicos no han dejado de realizar pruebas para encontrar variantes en su comportamiento.

Este mismo año entró en operaciones ESPRESSO (por sus siglas en inglés Echelle Spectrograph for Rocky Exoplanet and Stable Spectroscopic Observations), un instrumento instalado en el Observatorio Astronómico de Paranal con la capacidad de medir velocidades radiales con una precisión de 10 cm/s.

ESPRESSO también es capaz de medir variaciones en escalas de giga años (una unidad de tiempo equivalente a mil millones de años) de algunas constantes físicas, como la Constante de Estructura fina del Universo o la relación de masas entre el protón y el electrón.

Los encargados del programa esperan que para 2019, ESPRESSO revele información inesperada que podría revolucionar toda nuestra concepción del universo.

Imagen principal: Richard Feynman en acción