Biofertilizante para maíz blanco podría convertirse en arma contra EE.UU.

En palabras de Echaide Aquino, “la idea era crear un biofertilizante a base de bacterias con la capacidad de aumentar la asimilación de principales nutrientes hacia la planta, en este caso el maíz blanco.”

Nació como una alternativa a la fertilización química y una medida para reducir el impacto económico, ecológico y salubridad, el biofertilizante para maíz blanco se presentó como un proyecto dedicado a cuidar a las tierras mexicanas.

Para su inventor, Jesús Francisco Echaide Aquino de la Universidad Autónoma de Guadalajara –UAG–, se trata principalmente de un proyecto para reducir el uso de los productos comerciales que tienden a generar contaminación en el cultivo y toxicidad en las tierras fértiles. Mediante el uso de ocho bacterias endófitas –aquellas que habitan en tejidos de las plantas–, el biofertilizante se encarga de aumentar la asimilación de los principales nutrientes del maíz blanco y de regular los químicos que pueden afectar el suelo.

En palabras de Echaide Aquino, “la idea era crear un biofertilizante a base de bacterias con la capacidad de aumentar la asimilación de principales nutrientes hacia la planta, en este caso el maíz blanco.” De modo que al ser orgánico y específico con el cultivo, “esas bacterias por lo regular son propias de la planta, no estamos echando nada extraño.”

Según las pruebas, la calidad del biofertilizante es superior a la del fertilizante tradicional, “pues tenían más vigor y un color más uniforme.” Además que se evidenció una disminución significativa de la plaga del huitlacoche y roya, funcionando como fungicida o biocontrol: “Notamos más salud en nuestro cultivo y el tamaño de las mazorcas era comparable al del fertilizante químico” importados de países como EE.UU. y Europa

Este proyecto ganó el Premio Estatal de Ciencia y Tecnología 2016 en la categoría de Investigación Temprana.



El universo es una gran orquesta (y según pensaba Johannes Kepler, cada planeta tiene una voz)

Quizá esta hipótesis es imposible de sostener ahora, pero su belleza metafórica es invaluable.

La música siempre ha tenido un affaire con la matemática, la geometría y la aritmética. Aunque también podría decirse lo contrario. Por eso, el gran científico Johannes Kepler hablaba de la música con tanta pasión como hablaba de la astronomía, y escribía con tanta soltura sobre armonía como cuando realizaba fórmulas matemáticas.

Pero él no fue el único. Ya desde la antigüedad, el fecundo pensamiento griego consideraba que la música representaba la unión entre el mundo inmaterial y el mundo material. La música era aprehendida cognitivamente y despertaba todo tipo de emociones, pese a ser el resultado de la matemática pura, esto es: de la proporción conservada entre números naturales. Así, la perfección en música fue considerada la perfección de los números y viceversa, lo que fue ampliamente difundido por la escuela pitagórica, que planteó por primera vez la existencia de una hipotética “música de las esferas” producida en el cosmos.

No sorprende por ello que, en la búsqueda de la armonía del cosmos, astrónomos como Kepler teorizaran sobre cómo sonaría el sistema solar. Por supuesto, tanto en la antigüedad clásica como durante la revolución científica se seguía pensando que el universo tenía que ser necesariamente armonioso. No se sabía, y ni siquiera se sospechaba, que ni la mejor orquesta sonaría bien en el espacio. Y es que su sonido no podría trasladarse por el vacío del cosmos. Tampoco se habían sentado las bases físicas para pensar al universo más bien como un caos que como un espacio de gloriosa armonía.

La voz de los planetas

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Aún así, es exquisito saber que en algún momento el pensamiento humano prescindía de todas las dicotomías que hoy lo caracterizan, y que la música podía ser el complemento de la astronomía. Fue así que Kepler escribió su tratado Harmonices mundi, en el cual describía las leyes astronómicas que lo hicieron famoso, como el porqué de las órbitas elípticas. Pero en dicho tratado también asignó notas musicales a cada planeta en función a su velocidad angular. Así, para Kepler, cada planeta tenía un tipo de voz en la gran orquesta que, se imaginaba, sonaba en el universo.

Según Kepler, los planetas con una órbita más excéntrica abarcan un mayor rango sonoro, mientras que aquellos cuya órbita traza un semi-círculo, como Venus, sólo llegan a una misma nota. En el esquema del astrónomo, Mercurio era soprano, por ser el planeta más cercano al sol, mientras que Marte era un tenor y los bajos eran cantados por Júpiter y Saturno. Por supuesto, la Tierra era parte de esta cósmica orquesta: su voz, según Kepler, correspondía al contralto, que llegaba a las notas Mi y Fa.

La belleza en la disonancia

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Sin embargo, Kepler se dio cuenta de que, según las leyes que rigen a la armonía musical, los planetas producirían un sonido disonante. Pero el astrónomo pensaba que, quizá según determinadas alineaciones o fenómenos orbitales, los planetas producirían sonidos armónicos en algún momento. Y como según él  –y en eso tenía razón– el universo es infinito, también pensó que el secreto de la armonía debía estar en algún lado. No podía ser de otra forma, pues la belleza del cosmos sólo podía entenderse como una excelsa armonía: como una sinfonía que, aunque jugara con la disonancia, siempre se resolviera en consonancias.

No obstante, la belleza no necesariamente depende de la perfección o la armonía. La música contemporánea –e incluso mucho de la música de un Beethoven o un Bach– tiene sus juegos con la disonancia. El compositor Arnold Schönberg llevó esto a convertirse en una total rebelión estética cuando reconoció a su trabajo como una “emancipación de la disonancia”. Su visión de la música rompió así con las viejas ideas de que toda pieza musical debía gravitar en torno a la tonalidad. Es decir que ya no se buscaría la perfección en la armonía. 

Quizá esto no habría agradado mucho a Kepler. O quizá habría encontrado que tanto la música como el cosmos se pueden apreciar en toda su belleza, más allá de las certezas de la matemática.

*Imágenes: 1) Emblyne; 2) Open Culture; 3) Shuterstock



¿Por qué los hijos de la élite de Silicon Valley estudian en colegios sin pantallas?

Los contratos de las niñeras suelen incluir cláusulas que les impiden revisar sus propios teléfonos durante las horas de trabajo.

Silicon Valley es una zona al sur de la Bahía de San Francisco, en Palo Alto, California, Estados Unidos. Su nombre se asocia comúnmente con los gigantes de la tecnología digital: compañías como Google, Apple y Microsoft tienen sus oficinas ahí, y la vida del lugar está sumamente relacionada con la tecnología. Aunque de una forma muy inesperada.

Y es que mientras sus padres y madres crean la vanguardia de aplicaciones y dispositivos que el resto del mundo usa diariamente, los hijos e hijas asisten a colegios sin pantallas. No hay computadoras ni tablets ni teléfonos móviles hasta la secundaria. Vaya, no hay ni siquiera calculadoras, sino sencillos ábacos de madera.

El periodista Pablo Guimón ha explorado muy de cerca esta tendencia en la crianza de los “gurús digitales” en colegios como el Waldorf of Peninsula, cuya matrícula anual asciende a $30 mil dólares. En instituciones privadas como esta, el comité de padres de familia suele estar integrado por ingenieros o programadores que son sumamente estrictos sobre el tiempo de pantalla de sus hijos. 

Pierre Laurent es ingeniero informático y padre de tres hijos, además de presidente del patronato del Waldorf. En sus propias palabras, “Lo que detona el aprendizaje es la emoción, y son los humanos los que producen esa emoción, no las máquinas.”

Según su razonamiento, los niños deben aprender a dibujar un círculo a mano antes de utilizar un programa que lo haga por ellos. Nada de talleres de programación y robótica para estos niños, sino huertos, carpintería y actividades manuales estrictamente análogas.

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Otros pioneros informáticos como Bill Gates o Steve Jobs no permitían pantallas en la mesa, y sus hijos recibieron dispositivos electrónicos hasta cumplir los 14 años.

¿Pero por qué los adultos que crean la tecnología de punta quieren a sus hijos alejados de ella?

Probablemente sea hipócrita, pero también tiene mucho sentido: las apps y dispositivos no están diseñados para promover la educación y el conocimiento, sino para darle al usuario motivos para permanecer mirando la pantalla el mayor tiempo posible. Facebook y Google no cobran a los usuarios por sus servicios, pero no quiere decir que no ganen dinero por el uso que les damos.

Muchas métricas relacionadas a la publicidad y el marketingdigital están asociadas al tiempo de permanencia del usuario en determinada página: ese es el tiempo en el cual se pueden recoger datos personales, ofrecerles anuncios y convertirlos en información.

En otras palabras, como reza un adagio digital, “cuando un producto es gratis, el producto eres tú.”

A decir de Laurent, “el objetivo hoy es que el usuario pase más tiempo en la aplicación, para poder recoger más datos o poner más anuncios. Es decir, la razón de ser de la aplicación es que el usuario pase el mayor tiempo posible ante la pantalla. Están diseñadas para eso.”

Curiosamente, los niños de las clases económicamente privilegiadas son quienes menos tiempo pasan frente a pantallas: una media de casi dos horas (en 2017), comparado con las cuatro horas que los niños de clase baja pasan online. En países como Estados Unidos, son las poblaciones afroamericanas y latinas quienes pasan más tiempo en línea.

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¿Creatividad y privacidad para niños ricos, robots y vigilancia para niños pobres? (Imagen: El País)

Existen estudios que relacionan el acceso temprano a dispositivos digitales con dificultades de atención y aprendizaje. La Academia de Pediatras de Estados Unidos recomendó en 2016 evitar que los menores de dos años usen pantallas, además de supervisar y limitar los contenidos que ven los niños a partir de entonces, sin exceder nunca las dos horas diarias de “contenidos educativos y de calidad”.

¿Dónde están las fronteras digitales?

Los padres y madres pueden limitar el acceso a la tecnología con la que sus hijos interactúan, ¿pero tienen el derecho de limitar el de la gente que trabaja con ellos? Syma Latif, directora de una agencia de niñeras que atiende a familias “de alto perfil” en la zona de Silicon Valley, afirma que son comunes los contratos que especifican que las niñeras no pueden mirar sus propios celulares mientras están con los niños.

Latif puede comprender ambas posturas: por un lado, los padres necesitan confiar en que la niñera no va a descuidar a los niños por estar en el celular; por otro, ¿qué pasa si la niñera tiene una emergencia con su propia familia, un familiar enfermo, o simplemente el derecho al ocio en sus ratos libres? 

Aunque ejecutivos como Laurent entienden bien que los resultados de estas experiencias de crianza no serán visibles sino hasta dentro de algunos años, resulta interesante conocer hasta qué punto la gente que diseña los dispositivos de vigilancia que minan nuestra privacidad están, a su vez, muy preocupados por que sus hijos no sean víctimas de ella.

Un antiguo adagio del poeta Juvenal puede resumir esta contradicción propia de la era digital:

“¿Quién vigila a los vigilantes?”