Los bosques, la clave para ganar tiempo contra el cambio climático

Los bosques del planeta son un factor decisivo en nuestra lucha contra el cambio climático, pero para que éstos puedan cumplir con la función que de ellos demandamos, es determinante reconocer los derechos de sus legítimos propietarios.

Para frenar el cambio climático se requiere abandonar los combustibles fósiles y migrar por completo a energías limpias. El problema es que esta transición no solo es bastante compleja, y costosa, también es lenta. Por eso, mientras completamos dicho proceso necesitamos de algún recurso que nos permita ganar tiempo y así llegar a tiempo a esa cita urgente que tenemos todos con el planeta. 

Dentro del escenario descrito, los bosques adquieren un papel crucial. Su capacidad para retener carbono, y así bajar las emisiones, permitiría desacelerar el calentamiento global y ganar unos años, suficientes para que con políticas energéticas adecuadas, logremos revertir la situación antes de que alcance un punto incontrolable. Para conseguirlo, tal como se advierte en el Acuerdo de Paris, es imprescindible mantener el aumento de la temperatura media por debajo de los 2 °C (e idealmente en un máximo de 1.5 °C).

Considerando lo anterior y según advierte un estudio reciente de Woods Hole Research Center, frenar la deforestación y restaurar los bosques, nos permitiría ganar entre 10 y 15 años en nuestra carrera por migrar a energías renovables. En pocas palabras, y como sentenció David Kaimowitz, Director de Recursos Naturales y Cambio Climático de la Fundación Ford, durante su intervención en el seminario “Bosques y comunidades” del SUSMAI, “los bosques están en el centro de la solución al cambio climático”. 

Los bosques no sólo son un recurso oportuno, sino también efectivo en términos de costo. El manejo sustentable de los bosques provee empleo e ingresos para cientos de millones de personas, además de generar energía renovable y favorecer la producción de alimentos. La tecnología para el manejo sustentable del bosque no es costosa y está ya disponible. No es necesario pagar costosas patentes y desarrollar sofisticados dispositivos.

Pero si bien ya tenemos ese recurso imprescindible para ganar tiempo, ahora el reto está en definir cómo lograr cuidar y restaurar los bosques del planeta. Y aquí la respuesta apunta a las comunidades locales e indígenas que desde hace generaciones habitan áreas forestales y que, además, son propietarios de más del 80% de los bosques en el mundo. El reconocimiento de este derecho a su territorio facilita significativamente que dichos grupos se hagan cargo de la conservación y restauración de estas áreas. 

De acuerdo con un estudio de artículo del World Resources Institute, citado por el propio Kaimowitz en un artículo, en aquellos territorios donde se reconoce el derecho de propiedad y gestión de las comunidades, “las tasas de deforestación son de dos a tres veces más bajas que en bosques similares pero donde las comunidades carecen de títulos”.  

En pocas palabras, los bosques del planeta son un factor decisivo en nuestra lucha contra el cambio climático. Pero para que éstos puedan cumplir con la función que de ellos demandamos, es determinante reconocer los derechos de sus legítimos propietarios, desarrollar los medios legales y técnicos, y destinar los recursos necesarios para promover el manejo sustentable de los bosques por parte de las comunidades.  



Tapar el sol para enfriar el planeta: el plan de Harvard contra el cambio climático

Un arriesgado proyecto de geoingeniería pretende reducir la temperatura del planeta, pero sus consecuencias a largo plazo son imprevisibles.

“No se puede tapar el sol con un dedo”, dice el refrán. Pero tres investigadores de Harvard han pensado en contradecirlo seriamente, tapando literalmente al sol, para conseguir que la temperatura del planeta baje y se reduzcan los efectos del cambio climático.

El plan parece muy sencillo: los geoingenieros Zhen Dai, Frank Keutsch y David Keith proponen en su reciente artículo para la revista Nature rociar un montón de partículas de calcio en la estratósfera y, con ello, enfriar el planeta al reflejar algunos de los rayos del sol de vuelta hacia el espacio exterior.

En realidad, nuestro planeta logra esto de manera natural.

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En 1991, por ejemplo, con la erupción del monte Pinatubo, en Filipinas, aproximadamente 20 millones de toneladas de dióxido de azufre fueron lanzadas a la estratósfera (la capa atmosférica que se extiende de 10 a 50 kilómetros sobre la superficie de la Tierra) y con ello se creó una neblina de partículas de sulfato que enfriaron el planeta alrededor de 0,5°C, lo que significó que durante 18 meses, la temperatura promedio de la Tierra volvió a ser la que era antes de la llegada de la máquina de vapor.

El Experimento de Perturbación Controlada de la Estratósfera (SCoPEx, por su nombre en inglés) consiste en lanzar dos globos orientables sobre el suroeste de Estados Unidos, los cuales rociarán carbonato de calcio en la estratósfera. Luego, el globo debe cambiar de rumbo para observar lo que sucede con las partículas. Y aunque todo ello suena bastante sencillo, realmente no lo es.

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Explicación del proyecto/Revista Nature

 

¿Jugar a las apuestas con el clima?

Este experimento ha causado una enorme controversia entre la comunidad científica, pues se teme que al manipular el complejo equilibrio natural de la Tierra, aparezcan consecuencias imprevisibles o efectos contraproducentes, en parte porque el calcio no es un elemento que se encuentra naturalmente en la estratósfera.

Algunos de estos efectos podrían ser que al atenuar el sol se vean perjudicadas algunas áreas del mundo, al impedir que la luz solar llegue a los cultivos como normalmente lo hace, o incluso que haya algún efecto que modifique los patrones de lluvia.

Por otro lado, a los grupos ambientalistas les preocupa que, de hecho, se esté tapando el sol con un dedo y que las soluciones climáticas de la geoingeniería sean una distracción peligrosa para abordar la única respuesta permanente al cambio climático: reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a través de un consumo más inteligente y sostenible.

The bad news on human nature, in 10 findings from psychology Christian Jarrett is a cognitive neuroscientist turned science writer, whose work has appeared in New Scientist, The Guardian and Psychology Today, among others. He is editor of the Research Digest blog published by the British Psychological Society, and presents their PsychCrunch podcast. His latest book is Personology: Using the Science of Personality Change to Your Advantage (forthcoming). He lives in England

Aunque la geoingeniería pueda ser una alternativa para atender las urgencias ambientales de nuestro planeta, Janos Pasztor, de la Iniciativa de Gobernanza de la Geoingeniería del Clima de Carnegie, advierte que es necesario que los gobiernos se involucren y participen de estos temas, pues sin entender completamente los riesgos que estos experimentos involucran, no serán capaces de tomar las decisiones más atinadas.

Lo cierto es que, de llevarse a cabo, SCoPEx sería el primer experimento en geoingeniería que saliera de la experimentación meramente informática y pasará a una completamente activa, razón por la cual es necesario que todos los que habitamos este planeta nos sintamos interpelados y mantengamos una mirada de atento escrutinio sobre él.



Groenlandia se derrite a una velocidad impensable (¿qué está pasando?)

Esto podría provocar el mayor aumento del nivel del mar hasta ahora.

El cambio climático es el tema del siglo XXI. Mientras algunos científicos aseguran que tenemos sólo hasta el año 2030 para frenar sus efectos acelerados, otros resumen con datos prácticos (y escalofriantes) lo que le estamos haciendo al ambiente, es decir, al lugar en el que coexistes y te desarrollas junto a tu familia, tus amigos, la sociedad, las demás especies.

Desde siglos pasados, y con la industrialización de la realidad, el planeta y su temperatura han presentado cambios dramáticos, principalmente por el volumen de gases de efecto invernadero que fabricamos todos los días. Ahora, un reciente estudio confronta lo inevitable: la capa de hielo de Groenlandia, que se ha deshielado desde el siglo XVIII, presenta un derretimiento insuperable. 

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Daniel Beltrá

El informe compartido por un grupo de investigadores en la revista Nature presenta un gráfico del derretimiento del hielo en los últimos 350 años y explica, a grandes rasgos, cómo la capa se derrite un 50% más rápido que en la era preindustrial y un 33% más velozmente que en el siglo pasado. Sugiere que, debido a este derretimiento de la superficie y al aumento de la temperatura del aire en el verano, el calentamiento atmosférico provocará incrementos rápidos en la escorrentía de la nieve derretida y el hielo glacial, y contribuirá a elevar el nivel del mar en formas nunca antes vistas.

Además, el agua derretida que ingrese al océano podría acelerar aún más el ritmo de deshielo y el incremento del nivel del mar en los próximos veranos, es decir, hablamos de que la misma temperatura puede contribuir a que el derretimiento sea doble. 

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Wikimedia

La capa de hielo de Groenlandia es la que más contribuye al aumento del nivel del mar en el mundo. El glaciólogo y líder de la investigación, Luke Trusel, explica que con los pronunciados cambios en el hielo marino y escorrentía:

en lugar de aumentar de manera constante a medida que el clima se calienta, Groenlandia se derretirá cada vez más por cada grado de calentamiento. El derretimiento y el incremento del nivel del mar que ya hemos observado se verán empañados por lo que se puede esperar en el futuro a medida que el clima continúe calentándose.

Groenlandia, la isla más grande del mundo, posee una cobertura gélida del 80% de su territorio. Si el hielo de esta región desapareciera en su totalidad, el nivel del mar subiría en promedio unos 7 metros. Las cuentas, explica Hubbard, otro de los investigadores a cargo, implicarían “un desastre terrible para la humanidad, especialmente en las regiones costeras del planeta”, es decir, algunos de los lugares en desarrollo más vulnerables.

 

* Imagen principal: Kevin O’Leary