La neuropsicología de la ayahuasca: ¿cómo funciona esta droga en el cerebro? (VIDEO)

La ayahuasca es la mezcla de dos plantas: las hojas de Psychotria viridis, y las ramas de Banisteriopsis caapi.

Desde hace siglos se ha sabido que la ayahuasca es un poderoso guía espiritual para las personas que lo beben. A través de alucinaciones auditivas y visuales, este alucinógeno se ha convertido en una clave importante para la investigación de tratamientos enfocados en depresión y ansiedad. Sin embargo, ¿qué es realmente la ayahuasca?, ¿cuáles son los efectos que tiene en el cerebro como para hacerla una droga distinta y única a otras como LSD, cannabis, cocaína o alcohol?, ¿por qué es considerada una sustancia sagrada?

Todas estas preguntas han llamado la atención de muchos científicos y estudiosos. Es así que AsapSCIENCE decidió realizar un video explicativo con las respuestas de todas estas preguntas: 

– La ayahuasca es la mezcla de dos plantas: las hojas de Psychotria viridis, y las ramas de Banisteriopsis caapi. Ninguna de las dos tiene propiedades alucinógenas por su cuenta; sin embargo, las hojas contienen DMT, sustancia química que posee estructura similar a la serotonina y al de los hongos alucinógenos. 

– Las enzimas de nuestro estómago tienden a desactivar el DMT con el fin de que no se tenga un fuerte impacto; sin embargo, las ramas de Banisteriopsis caapi inhiben el funcionamiento adecuado de las enzimas y permiten que el DMT entre al flujo sanguíneo hasta llegar al cerebro. 

– Después de consumir la ayahuasca, las alucinaciones alcanzan su máximo después de una hora –y pueden durar hasta seis horas–. Entre los principales efectos son escuchar los ruidos de las cosas que suceden alrededor, una mayor calma de sus pensamientos y aceptación de las situaciones, una reconociliación con experiencias y emociones pasadas con el fin de encontrar paz interior.

Te compartimos el video: 

 

 



Las entrañas de la Tierra esconden un paraíso de diamantes (Estudio)

Un estudio revela que casi el 2% de las rocas más antiguas de la Tierra están hechas de diamantes.

Puede haber más de un billón de toneladas de diamantes escondidos en el interior de la Tierra, según un nuevo estudio del MIT. Sin embargo, estos diamantes no están al alcance del ser humano.

Los científicos estiman que los minerales preciosos están enterrados a más de 150 kilómetros por debajo de la superficie, a mayor profundidad que cualquier expedición de perforación que alguna vez se haya realizado.

“Esto muestra que el diamante no es un mineral exótico, y que en la escala [geológica] de las rocas, es relativamente común”, dice Ulrich Faul, investigador del Departamento de Ciencias Terrestres, Atmosféricas y Planetarias del MIT. “No podemos alcanzarlos, pero aún así, hay mucho más diamantes allí de lo que jamás pensamos”.

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El escondite ultradelgado puede estar disperso dentro de raíces cratónicas, las secciones de roca más antiguas e inamovibles que se encuentran debajo del centro de la mayoría de las placas tectónicas continentales. En forma de montañas invertidas, los cratones pueden extenderse a lo largo de más de 300 kilómetros a través de la corteza terrestre; los geólogos se refieren a sus secciones más profundas como “raíces”.

Los autores del trabajo, entre los que también figuran expertos de la Universidad de California y de Harvard, aseguran que estas secciones del interior de la Tierra podrían contener entre un 1 y un 2 % de diamantes. Teniendo en cuenta el volumen que ocupan las raíces cratónicas, los expertos estiman que podría esconderse allí hasta mil billones de toneladas de diamantes.

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Explorando las entrañas de la Tierra

Los investigadores tropezaron con este hallazgo al analizar una anomalía en los datos sísmicos recogidos durante las últimas décadas por el Servicio Geológico de los Estados Unidos, que sirven para conocer dónde se originan los terremotos o los tsunamis, entre otras aplicaciones.

Los expertos advirtieron que, al atravesar las raíces de los cratones, las ondas sonoras se aceleraban más de lo que deberían hacerlo si sólo se considerara que están atravesando fracciones más frías y menos densas que el manto que los rodea. Ello desconcertó a los investigadores que, a partir de ese momento se obsesionaron en averiguar lo que explicaba tan altas velocidades de propagación en las ondas sísmicas.

¿Será que la ambición humana llegará a las entrañas de la Tierra para obtener más de este mineral codiciado y resistente? 



La luz, el lenguaje de las tinieblas cósmicas y submarinas

Apenas estamos comprendiendo que la luz no es sólo energía. Es una forma de expresión primigenia y universal.

La luz es un haz de partículas itinerantes. Viajan a un ritmo tal que representan el límite de la velocidad: la medida científica para las distancias y los tiempos cósmicos –impensables e intransitables– que se conoce como la velocidad de la luz.

Pero la luz no es sólo tiempo, espacio o energía. Es lenguaje.

Cuando pensamos en formas de expresión nos vienen a la mente palabras o símbolos. Pero existen otras formas de transmitir mensajes; algunas ciertamente inesperadas y luminosas, como lo es la luz: un lenguaje que ostenta gran riqueza gramática y tiene posibilidades más bastas que cualquier otra lengua en la que se quiera pensar.

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La luz, como palabra o energía, recorre la oscuridad del cosmos y centellea en el fondo del océano. Es la lengua de las estrellas, que nos llega millones de años tarde porque se traslada desde grandes distancias. Mensajes, por cierto, algo funestos, que podrían estar siendo recibidos cuando el emisor ya está muerto.

En otro mundo, diametralmente opuesto al cosmos, la luz es el lenguaje de tétricas criaturas, habitantes del océano profundo. En este hábitat indómito, que paradójicamente luce más extra-terrestre que subacuático, la luz emite mensajes de vida, muerte y amor. Se le llama bioluminiscencia: un brillo que no es usado para recorrer las tinieblas del fondo del mar, sino para comunicar mensajes muy concretos. La bioluminiscencia como lenguaje es una asombrosa adaptación química, comparable a la evolución de nuestro aparato fonador, y que hace posible para estas criaturas producir energía con sus cuerpos.

Para que la mágica reacción bioluminiscente ocurra las especies deben albergar la luciferina, una molécula que, al oxidarse, produce luz

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Esta luz, o bioluminiscencia, es el único lenguaje posible en el océano profundo, donde puede simbolizar una calurosa bienvenida o una amenaza mortal. Aparece también en forma de sustancias tóxicas, como la que lanzan algunos camarones para paralizar a sus predadores. O bien puede emitirse durante el cortejo, como hacen algunos crustáceos en época de apareamiento.

La luz es el lenguaje más común: ningún otro es emitido por más criaturas en el mundo, ya que también lo usan criaturas marinas en la superficie: incluida una especie de tortuga.

Así que el lenguaje bioluminiscente es más basto, incluso, que el nuestro. A decir de una apasionada de la bioluminiscencia –y pionera en filmar el centelleante mundo subacuático–, Edith Widder,

hay un lenguaje de luz en el océano profundo, y apenas estamos comenzando a entenderlo.

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Existen cientos de reacciones luminiscentes en las criaturas del océano profundo que aún no entendemos. Pulsos misteriosos, péndulos centelleantes y un cúmulo de mensajes que quizá jamás podremos decodificar, pero que indudablemente nos muestran cuán poco sabemos del lenguaje. Y cuan poco sabemos, por ende, de otros mundos.