¿Por qué deberías elegir las frutas y hortalizas de aspecto poco atractivo?

Los defectos morfológicos o fisiológicos no afectan en absoluto su calidad interna ni sabor.

Imagen: https://merveonur.files.wordpress.com

En los últimos años se ha evidenciado la poderosa influencia del cuerpo sobre la mente –y viceversa–; como por ejemplo, el impacto de nuestra dieta cotidiana en la calidad de sueño, estado de ánimo, autoconcepto y más. De hecho, científicamente se ha demostrado que una alimentación basada en azúcares, carbohidratos refinados o harina, resulta en ocasiones en trastornos emocionales como ansiedad, ataques de pánico o insomnio; mientras que una alimentación balanceada entre alimentos naturales, proteínas y nutrientes, reestablece el vínculo con la naturaleza y brinda una sensación de bienestar, plenitud y energía. Por ello se incita a vivir una dieta basada en productos más naturales; sin embargo, ¿cómo escoger las frutas, verduras y hortalizas de mejor calidad?

De acuerdo con la Food & Alimentation Organization –FAO–, los perfiles de consumo son diferentes según el país o región, el sexo, edad, nivel educativo y nivel socioeconómico; sin embargo, existen tendencias mundiales de expectativas más comunes del consumidor promedio. Como el aspecto externo –presentación, apariencia, uniformidad, madurez, frescura–; a diferencia, por ejemplo, de la calidad interna –sabor, aroma, textura, valor nutritivo, ausencia de contaminantes bióticos y abióticos–, la cual está más vinculada con aspectos generalmente no perceptibles. A continuación te compartimos las características con mayor predominancia a la hora de escoger frutas, verduras y hortalizas: 

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Si bien la calidad es una percepción compleja que depende de una visión subjetiva, en el momento en que escogemos la fruta elegimos la que inmediatamente se asocia –o compara– con experiencias pasadas, texturas, aromas y sabores almacenados en la memoria. Parece que con tan sólo mirar el color, el consumidor puede saber si un fruto está inmaduro o que no posee un buen sabor, textura o aroma; con tocar, se mide la firmeza u otras características perceptibles. No obstante, hay ocasiones en que la apariencia no es forzosamente sinónimo de componente de calidad: “La apariencia es uno de los subcomponentes más fácilmente perceptibles, aunque en general, no es un carácter decisivo de la calidad, a no ser que se trate de deformaciones o de defectos morfológicos. En algunos casos la forma es un indicador de la madurez y por lo tanto de su sabor.”

En muchos casos, los defectos no afectan realmente sus cualidades comestibles. De hecho, los defectos morfológicos o fisiologicos pueden resultar de diversas causas, como el clima, riego, suelo, variedad o fertilización, durante la etapa de crecimiento; los cuales no afectan en absoluto su calidad interna ni sabor. Por otro lado, cuando los defectos físicos se originan durante o posteriormente a la preparación para la comercialización y se manifiestan en los lugares de venta; tales como los daños mecánicos, lesiones o laceraciones debido al manipuleo del producto. Este último tipo de mallugaduras es la puerta a la mayor parte de los patógenos causantes de podredumbres durante la postcosecha: “El daño por frío y efecto del etileno en las especies sensibles así como la brotación y enraizamiento en bulbos y raíces, son respuestas fisiológicas a condiciones de conservación inadecuadas.”

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En palabras de la FAO: “Pruebe algunas frutas y verduras de aspecto poco atractivo y haga uso de alimentos que de otro modo podrían desperdiciarse. Las frutas o verduras de aspecto extraño a menudo se desechan porque no cumplen con los estándares estéticos. Pero, de hecho, su sabor es el mismo, si no mejor.”

¿Cómo elegir las frutas, verduras y hortalizas según su calidad interna? 

La FAO comparte las variantes que querrás tomar en consideración a la hora de elegir la fruta, verdura y hortalizas en el mercado: 

– La frescura. Es la condición de estar lo más próximo a la cosecha; es decir, cuando tiene una mayor turgencia, color, sabor y crocantez. 

– La madurez. Se refiere cuando la fruta está al punto de máxima calidad comestible, pero que en muchos casos se alcanza a nivel de puesto de venta o de consumo en la mayor parte de las operaciones comerciales. Las frutas almacenadas en atmósferas controladas alcanzan su calidad comestible al salir de la cámara, muchos meses después de haber sido cosechadas.

– El color. Es un indicador de madurez, aunque en algunos casos no hay cambios substanciales luego de ser cosechados; como en los cítricos, pimiento, berenjenas y cucurbitáceas. En los frutos que sufren cambios, el color indica el grado de madurez; como el jitomate, pera o plátano. 

– Brillo. Se encarga de realzar el color de la mayor parte de las frutas y verduras; tales como manzana, pimiento, berenjena, jitomate, uvas, ciruelas, cervezas. Mientras que en las hortalizas, el brillo está asociado con la turgencia: un verde brillante, como en berenjena, pepino y otros. 

–  Textura. Diversas sensaciones se perciben con las manos, tales como la firmeza, el tipo de superficie – pilosa, cerosa, lisa, rugosa, etcétera–. Por ejemplo, el jitomate sobremaduro es rechazado por su pérdida de firmeza y no por cambios importantes en el sabor o aroma. Aunque cada producto es valorado diferencialmente; ya sea por su firmeza –jitomate o pimiento–, ausencia de fibrosidades –espárrago, alcuacil–, su blandura –plátano–, jugosidad –ciruelas, peras, cítricos–, crocantez –apio, zanahoria, manzana–, terneza –arvejas–. 

– Firmeza. Es uno de los principales parámetros para estimar el grado de madurez de un fruto. A medida que este proceso continúa, se produce la sobremaduración, la última instancia de los tejidos y descomposición del producto. 

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Comer bien para evolucionar: sobre cómo las frutas y verduras podrían cambiar nuestro ADN

La oportunidad de hackear nuestro cuerpo (y realidad) se encuentra en tan sólo un bocado. 

Aunque no siempre lo llevamos a la práctica, sabemos bien que consumir productos orgánicos y balanceados tiene múltiples beneficios. Enterarse de cómo funciona esto en nuestro organismo a nivel molecular podría sorprender a cualquiera, y hacerle cuestionar radicalmente su dieta.

Diversos investigadores, como el doctor Milton Mills, así lo aseguran. Una dieta basada en frutas y verduras podría reducir significativamente el riesgo de enfermedades crónicas importantes, mismas que en la mayoría de los casos son hereditarias. Dicho de otra forma, estos alimentos podrían modificar nuestro ADN y darle una mejor calidad a nuestro cuerpo (y descendencia).

 

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La razón es que las verduras y frutas se caracterizan por poseer un alto contenido de fitonutrientes. Éstos son químicos producidos por las mismas plantas y frutas. El desarrollo de esta sustancia ayuda a protegerlas de los rayos UV e insectos. En el caso de los humanos, el consumo de los fitonutrientes es igual de beneficioso, e incluso más. Su ingesta contribuye a aumentar las defensas en las células, lo cual permite que éstas se recuperen de cualquier daño causado por un deterioro genético. De ahí que el doctor Mills afirme que una alimentación balanceada y rica en vegetales y frutas, ayuda a prevenir enfermedades mortales como el cáncer. 

Finalmente, Mills nos recuerda que la investigación científica ha demostrado en numerosas ocasiones que las dietas basadas en alimentos naturales favorecen que el sistema inmunológico funcione notablemente mejor, es decir, permiten a nuestro cuerpo estar más fortalecido frente a cualquier enfermedad.

Muchas veces creemos que estamos sentenciados por la herencia familiar (y la creencia, a veces, es más poderosa que cualquier síntoma), cuando en la mayoría de los casos, es nuestra elección de alimentación (y estilo de vida) lo que más nos afecta. Si el doctor Mills está en lo cierto, la oportunidad de hackear nuestra realidad se encuentra en tan sólo un bocado



17 proteínas vegetales que necesitas añadir a tu dieta diaria

Si dejamos de consumir carne, fuente principal de proteínas, estaremos dejando de nutrientes indispensables al cuerpo, por lo que necesitamos conseguir proteínas de otras fuentes.

Antes de comenzar a cambiar nuestra dieta carnívora a una vegetariana –o vegana–, es importante hacerlo de manera consciente e informada. Este switch tiene un impacto importante en nuestro cuerpo, pues no sólo la alimentación funge como energía para el óptimo funcionamiento del cuerpo, también de nuestros estados de ánimo, mente y espíritu. Por ello, ¿qué tipos de alimentos son los que necesitas considerar como indispensables en la dieta libre de carne? 

La carne es una fuente de proteínas, sin embargo no es el único alimento que provee estos nutrientes. Las proteínas, que significan “de primera importancia” en griego, son moléculas que constituyen aproximadamente el 50 por ciento del peso seco de las células; es decir, se encargan de mantener la integridad de las células, y así que puedan defenderse de agentes externos, reparar daños, controlar y regular funciones corporales –como, por ejemplo, facilitar el transporte de la sangre y neurotransmisores, regulan la expresión de los genes, proveen colágeno en los tejidos fibrosos, elastina en los tejidos elásticos y queratina en la epidermis–. 

Si dejamos de consumir carne, fuente principal de proteínas, estaremos dejando de nutrientes indispensables al cuerpo, por lo que necesitamos conseguir proteínas de otras fuentes. En este caso, de proteínas vegetales. Estas tienen numerosos beneficios, tales como: 

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– Son menos acidificantes en nuestra sangre, pues poseen mayor cantidad de minerales; 

– contienen menos purinas, eliminando mejor las toxinas; 

– se fermentan en los intestinos, reduciendo el riesgo de pudrirse como la carne; 

– poseen menos grasas saturadas, por lo que son más beneficiosas para la salud; 

– no tienen colesterol; 

– contienen mucha fibra; 

– no sobrecargan al hígado ni a los riñones; 

– son más fáciles de digerir;  

– son más baratas tanto para la cartera como para el planeta. 

Los alimentos y las fuentes principales de proteínas vegetales son

– Soja (y sus derivados)

– Tofu

– Tempeh

– Miso

– Germinados de soja

– Seitán

– Legumbres (lentejas, garbanzos, chícharos)

– Frutos secos (cacahuates, nueces, almendras, nueces de la India, semillas de calabaza o de girasol)

– Algas marinas

– Levadura de cerveza

– Maíz tierno

– Brócoli y coles de Bruselas

– Coliflor

– Alcachofas

– Espárragos

– Cereales integrales

– Berro

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